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Edición del DOMINGO 14 de Junio del 2009 EL UNIVERSO inicio e-mail
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La acción en ‘Tere’
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Hay mesas para cuatro y seis personas, pero las familias grandes arman su espacio.
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Son más de 50 manos que trabajan en El Café de Tere. La música de fondo la proveen los cientos de cubiertos, tazas y platos que se utilizan para atender a los más de 1.000 clientes que llegan el domingo.

Desayunar en el Café de Tere, más conocido como ‘El bolón de Tere’, a las 10:00 es un trabajo para realizar en equipo. El auto ingresa al local, en la ciudadela La Garzota, dos personas se bajan, una va a tomar un turno en la fila y la otra ubica una mesa, mientras el conductor busca estacionamiento.

El local está al tope, familias  que llegan en furgonetas, grupos de amigos, parejas de novios, esposos, hermanas, personas solas, algunos niños y hasta viajeros de paso que llegan ahí por recomendación.

Pero la actividad empieza con  anterioridad. El local está abierto al público desde las 06:00, trabajadores de la cocina, del mostrador, de la limpieza llegan una hora antes para prepararlo todo. A las 7:00 ya están  llenas 10 de las  casi 60 mesas que ocupan el amplio local sin paredes, perfecto para el clima guayaquileño, son clientes madrugadores, los que prefieren levantarse temprano para desayunar con mayor tranquilidad.  A las 07:30 ya hay filas, varios automóviles en el estacionamiento y las   mesas para cuatro personas abarcan a seis.

En la fila, un colaborador toma el pedido, cuando llega a la caja lo cancela y le entregan un dispositivo electrónico que vibra y brilla cuando la orden está lista. Los niños son los más entusiasmados, lo miran constantemente, le dicen: “Billa, billa, billa...”, y caminan tambaleantes alrededor de la silla. Cuando el dispositivo emite su señal, hay que acercarse  a la caja para guiar a la persona que llevará el pedido hasta la mesa.

El menú es tradicional: tigrillo, bolón de queso, de chicharrón o mixto, muchines, café, jugos naturales... Para algunos es difícil elegir, pero otros ya probaron todo y se decidieron. Jorge Cedeño es manabita residente en Guayaquil por varios años, visita el Café de Tere desde que este solo tenía el local de la ciudadela Alborada, donde también habitaba. Ahora vive en la urbanización Molare, en la vía a Daule, pero no le importa manejar de 20 a 40 minutos cada domingo para comer un bolón de Tere.

María Coloma Pazmiño llega con su camiseta de la Selección, es domingo y la Tricolor se enfrenta a Perú en un partido de eliminatorias, ella está lista desde las 08:30 para gritar los goles que más tarde realizaría el equipo ecuatoriano. Comenta que los precios se incrementaron y el tamaño de los vasos de  jugo se han reducido,  pero el sabor se conserva y eso la mantiene fiel al sitio.

María Jaramillo va al lugar con su esposo y su hija de 2 años dos domingos al mes. “Vengo desde hace tres años, me gusta la higiene  y aunque los precios han aumentado, creo que uno trabaja para darse sus gustos y este es uno de ellos”, dice.

Pero el Café de Tere no es solo para familias, llegan personas solas que disfrutan de la lectura del periódico, realizan algún trabajo en su laptop o revisan su celular. De las vitrinas hacia afuera el sitio inspira tranquilidad, pero dentro de la cocina la historia es otra. Personas de aquí para allá al ritmo de los cubiertos, los pedidos para servirse y los que son para llevar...

Es un espiral que a medida que pasa el tiempo gira más y más rápido... hasta las 13:30, cuando el movimiento baja su intensidad y solo quedan pequeños grupos conversando. Los colaboradores terminan para empezar. Todo debe quedar en orden, listo para el siguiente día. Teresa Castro Mendoza, dueña del lugar, está en todas partes: en la cocina, sirviendo las mesas, tomando los pedidos... los clientes la identifican y reconocen que es el cuidado que tiene en la atención aquello que los hace volver. (G.J.)

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