Arduo es comprender el comportamiento humano. Tenemos ansias de sentirnos rodeados, amados, luego repentinos deseos de abandonar el barco, enclaustrados en soledad, varados en isla desierta, renegando de los seres a los que queremos, volviéndonos indiferentes al mundo que nos rodea. Es particularmente flagrante cuando fallece la persona a la que más estuvimos unidos. Acumulamos recuerdos, rendimos culto más allá de la muerte, nace una especie de religión cuya diosa o dios es el ser desaparecido. Todo placer fugaz, todo romance de temporada está destinado al fracaso, solo podrían rescatarnos la ternura permanente, paciente, tenaz, la presencia delicada de un ser de absoluta madurez afectiva y total disponibilidad, afinidad cultural. El amor puede ser eterno pero no lo somos nosotros; por lógica deducción solo podemos entregar lo que poseemos, aquel bien frágil al que llamamos vida. Amar es mirar, abrazar, tocar, soñar, fusionar, aterrizar, nunca puede ser la quimera congelada en la ausencia. El amor es presencia constante del ser amado al lado nuestro. No se puede amar a quien se halla siempre fuera de nuestro alcance físico. El amor platónico es amor mutilado.
Somos culpables de no estar cuando nuestros amigos cruzan un tramo difícil, si no brindamos en su tiempo el respaldo que necesitan los hijos. La vida corre, cinta de grabadora enloquecida. Despertamos conscientes de haber fallado, no haber sido tan buenos enamorados, padres, hijos, nietos, amantes, esposos. ¿Por qué acecha tan súbitamente aquella necesidad de meternos en una burbuja a la que nadie tenga acceso? El estrés tiene buena parte de la culpa. Nuestro cerebro, frágil computadora, no logra procesar la cantidad insensata de datos que proporciona la vida: duelos, muertes, enfermedades, traiciones, peleas, desacuerdos, odios, desprecios.
Necesitamos concertar nuevas citas con la ternura, rectificar errores, enfrentar la vida tal como se presenta, no ponernos de hocico cuando sale mal casi todo.
Nos retiramos dentro de nuestro carapacho, sacamos la escalera para que nadie pueda llegar, ponemos candados al corazón, blindamos el alma, terminamos viviendo solamente para nosotros mismos. Es trampa abierta, cómoda, pero es también rechazo a todo lo que la existencia nos puede traer. Exijo el amor inextinguible pero no puedo alcanzarlo siendo mortal.
Quiero la inmortalidad o nada. No me conformo con los cuarenta años que pude robarle a la muerte mientras estuve casado. Y si volviera a contraer compromiso, quisiera que fuera para siempre, dure lo que dure mi vida hasta que exhale el último suspiro susurrando el nombre del ser amado como lo hice una vez.
Creo todavía que las mujeres pueden ser princesas en un mundo deshumanizado. También quiero dar felicidad a los hijos míos a quienes tanto descuidé a veces por comodidad, otras por egoísmo. No es suficiente amar a cuentagotas, hay que demostrarlo con hechos. Nunca es tarde para empezar. No juzguemos a nadie. Intentemos construir incesantemente lo que no hemos logrado levantar. Perdonemos todo, no hay otra forma de sobrevivir. Y recordemos que amar no es facilitar cosas materiales sino lo más profundo que guardamos en el alma. Contesto con ello las inquietudes de Heidy, Antonieta, Vinicio, pero también las de Bernard.