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Edición del DOMINGO 7 de Junio del 2009 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Destino 
San Francisco, paraiso, libertad y pordioseros
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Puente Golden Gate.
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Texto: Ruth del Salto, especial para La Revista

Es una ciudad de contrastes, de elegancia, de vida nocturna y donde la comunidad gay tiene su espacio.

No me tomó mucho tiempo escoger las palabras que representen mejor a San Francisco en California: La ciudad de las colinas junto al mar. Lo primero que pensé es que quienes la recorren a pie deben tener los pulmones entrenados, buenas pantorrillas y duros glúteos. San Francisco tiene calles empinadas y con curvas sobre 43 colinas.

Estudié inglés en esta ciudad,  disfrutando mucho de lo que ofrece. Mi escuela estaba ubicada muy cerca del Fisherman’s Warf, un muelle precioso para recorrer que solo necesita el sol como compañía; desde ese sitio me desplazaba a otros lugares que guardan interesantes historias. La ciudad es una delicia para los ojos y un nuevo concepto para los “de mente cuadrada”.

Llegué al barrio de fachadas multicolores, el Haight Ashbury, que es la capital del movimiento hippie. Aquí se percibe un ambiente bohemio, alegre, colorido con figuras de marihuana por doquier, pero donde se anuncia con esmero que no es sitio de comercio, solo de consumo. Al principio lo relacioné con Montañita, en Santa Elena, por la cantidad de tiendas dedicadas a la venta de pulseras, vestidos ligeros para usar con sandalias y collares de mostacillas, que se lucen junto a otros elementos de la new age. Sitio donde uno se contagia de la tranquilidad de algunos hippies que están tocando la armónica, tomando sol en las veredas y entre humo “buscando su yo interior”.

Caminaba mucho y tomaba buses, no era difícil en esta ciudad. Un día me monté en uno de línea 49, me sentía a bordo del mismísimo México. Todos los pasajeros contestaban sus celulares: “Que onda, güey”, “órale”, bueno, pues, resulta que este transporte pasaba por Mission District, donde habita una maravillosa mezcolanza cultural formada por latinos (la mayoría mexicanos), caucásicos y asiáticos. A lo largo de la avenida no era raro ver los mejores lugares de venta de aguas frescas, burritos y chaulafán.

Contaba a mis amigos los sitios que he visitado y todos esperaban con ansias que hablara de uno en particular. Siendo San Francisco la capital mundial de la comunidad gay, no es para menos que deje de mencionar a Castro District, de donde cada año parte la populosa marcha del orgullo gay que es noticia fija en los medios de comunicación; el 15% de los residentes son homosexuales y lesbianas. Banderas con los colores del arco iris te hacen saber que estás en territorio de tolerancia y respeto hacia cualquier tendencia sexual. Este barrio tiene la segunda concentración más alta de parejas del mismo sexo en EE.UU. Pero más allá de todo lo típicamente gay del barrio se encuentran los mejores lugares de vida nocturna, y el Castro Theatre es para los cinéfilos el sitio obligado para disfrutar de las mejores películas y festivales de todos los géneros.

A eso de las cinco de la tarde, y como era primavera, el día estaba con sol radiante, faltaban cuatro horas para que oscureciera, así que después de clases acostumbraba ir al downtown a tomar un café. El sonido de una campana me distraía. Se trataba de un tranvía conocido como Cable Car, el símbolo de la ciudad. El conductor tocaba la campana de bronce en cada esquina, al mismo tiempo liberaba artesanalmente el enganche de la polea para poder doblar. A bordo todos iban contentos, disfrutando del vértigo provocado en cada bajada, casi “un trencito de la alegría”. Lo tomé e iba  agarrada de una mano y con medio cuerpo afuera, no había riesgo, lo peligroso era no sentirse relajado. Llegué a la Powell y Market, punto central de la ciudad. Aquí no es raro ver a los que se ganan la vida tocando el violín, bailando, o a los que no se la ganan solo la piden. Hablo de los “homeless”, algunos enfermos mentales, otros adictos a la droga. Son pordioseros en su mayoría inofensivos.

Debo confesar que me preocupa que siendo esta una ciudad tan hermosa para visitar a largo plazo se vea afectada por tanto, tanto mendigo. Según el último censo, hay cerca de 7 mil personas indigentes, más de la mitad puede acudir a un albergue a dormir o bañarse, tal cual vimos en la película En busca de la felicidad, de Will Smith. Aquí los pordioseros van desde jóvenes de 18 años, que con un poco de empuje y un buen baño podrían ganar millones de dólares posando para la portada de una revista, hasta amables ancianos que con un cartel en mano dicen: “Please, give me money. I want a beer”... No aguanté y una noche pregunté a Kevin, un apuesto joven que pone un sombrero junto a su rottweiler en la turística calle Powell: ¿Por qué pides dinero?, y con una sencilla y escueta respuesta me hizo conocer que él sentía que era un derecho hasta que pudiera encontrar un trabajo.

Bueno, tenía la necesidad de contar esto, pero mejor sigo con mi recorrido.

En San Francisco se descubren también barrios como Pacific Heights, una zona elegante sobre una loma; se divisan viviendas que parecen casitas de muñecas en tamaño real, de estilo victoriano. Tienen más de 100 años de construcción y parece que ayer terminaron de ponerles color.

Sin duda, San Francisco no pasa de moda. Desde que llegaron los misioneros franciscanos españoles en 1700, aquí no paran de afincarse chinos, magnates, japoneses, poetas, artistas y cazadores de oro. San Francisco tiene la puerta de oro o Golden Gate, majestuoso de principio a fin. Esta es la ciudad alternativa, verde, marina, ventosa, parece haber sido diseñada por un “no cuerdo”. Concuerdo que es de locos no enamorarse de ella.


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