Wilson y Giselle tienen un perro color azul de bellos ojos ceniza. No se conocieron en sueños ni ella tuvo que escribir en las paredes “Ojos de perro azul” para encontrarlo, pero sus vidas se unieron en la realidad para disfrutar el realismo mágico de su bar.
Un hombre que bordea los 70 años llega en un taxi a un bar de estilo rústico elegante. Encontró un mueble adecuado para su columna y cantó lo que sus pulmones le permitieron. No bailó porque en su farra anterior sufrió un accidente.
Una pareja de alrededor de 30 años se sienta en un rincón del salón, ella muestra enojo, él articula con las manos como quien da muchas explicaciones. La música pone de su parte y suena una canción que cambia el semblante de la dama. Las sillas se acercan y las sonrisas llegan.
Un grupo de amigos, hombres y mujeres de entre 20 y 35 años, en el día son serios ejecutivos de bancos o empresas, que generalmente tienen su ceño fruncido durante ocho horas diarias, olvidan sus poses después de las diez de la noche. Se quitan la corbata, levantan sus codos repetidas veces y son expertos catadores de cocteles, whiskys y vinos.
Estas y varias historias más están presentes en la vida nocturna de Wilson Velalcázar y Giselle Hidalgo, propietarios, administradores, relacionistas públicos, bartenders y animadores del místico bar Ojos de Perro Azul.
Sin espejos de por medio y a plena luz del día, Wilson y Giselle se conocieron en su adolescencia, mientras estudiaban en el colegio Jefferson. Él es dos promociones mayor, así que los encuentros fueron esporádicos. Wilson, entretenido en los deportes, y Giselle, entretenida con su guitarra.
Durante el transcurso de los siguientes quince años, después de la graduación de Wilson, no supieron nada el uno del otro. Giselle se convirtió en periodista de prensa escrita y de forma paralela se dedicó a la música como solista. Wilson se graduó de ingeniero comercial, laboró para varias empresas, logró tener su propio taller de automotores y luego un gimnasio de box. Aquí, en este escenario, estos amigos de secundaria se reencontraron. “Verlo entrenar en el saco fue lo más sexy que le vi”, dice Giselle. Él no se sonroja, pero sonríe. Está acostumbrado a su sinceridad, y no se queda atrás. “Ella me gustaba desde el colegio y volverla a ver fue recordar lo que nunca cambió de su forma de ser: amena, chistosa, descomplicada...”, explica Wilson. Ambos coinciden en que fue la madurez que encontraron mutuamente lo que los cautivó para llevar un romance que duraría siete meses hasta consolidar la relación.
En medio de esta etapa Giselle invitó a Wilson a escucharla en un show de bossa y jazz latino que ella realizó, le dedicó el tema The look of love (La mirada del amor), de Burt Bacharach, interpretada también por Diana Krall, porque sintetiza sus sentimientos hacia él. Wilson es parco frente a la explosiva personalidad de Giselle. “Él es un hombre de acciones y no de palabras, y aunque puede ser serio en su forma de hablar y expresarse, sabe llevar la vida en paz, nunca se molesta y es muy gracioso. Creo que en la vida real y de pareja yo soy la seria y él, el divertido”.
Para Wilson, un farrero empedernido que nunca se fijó en los integrantes de una banda, Giselle fue la persona que le enseñó a apreciar la música en todo su esplendor. “Gracias a ella aprendí a apreciar la cultura musical, el trabajo y sacrificio que significa para los músicos complacer y entretener al público en general. Ella me llevó a diversos shows en los que se presentaban grupos de jazz, de rock, de baladas románticas, entre otros, incluso donde ella cantaba”.
Una de sus presentaciones fue en Ojos de Perro Azul; antes de que lo adquirieran, Wilo, como lo llaman sus amigos, se convenció de que para Giselle la música era su vida. “Durante el show, recuerdo que me acerqué al bartender y le dije: Voy a comprarle el bar a Giselle, así siempre cantará, para mí y para su público que la admira tanto”.
Lo hizo, lo hicieron. Hace un año son los dueños de este lugar especial en la Zona Rosa. Empezaron una nueva etapa en la relación, se comprometieron, decidieron ir a vivir juntos y ‘adoptaron’ al bar como a un hijo.
La parte empresarial fue asunto del ingeniero comercial y la cantante y periodista, de los shows y la promoción. Wilson está completamente integrado a la música, cada día escucha grupos diferentes, su objetivo es tener de miércoles a sábado un show en vivo. “Son los músicos quienes ganan con esto. Yo no me lucro de la música, yo disfruto de ella y ofrezco mi bar como medio para que estas bandas se desarrollen, prosperen y obtengan el éxito que merecen”, asegura.
“Para nosotros es como vivir en una farra eterna”, su día laboral es largo, en la mañana tienen que surtir el bar, encargarse de los pagos, preparar los shows... Todo debe estar listo a las siete de la noche y su labor termina cuando el último visitante se haya marchado. “No estudio sociología, pero la vivo cada día”, dice Giselle con una sonrisa de satisfacción en el rostro. Se confiesa conocedora de muchas historias ocultas en su bar, pero no revela detalles ni nombres.
Es que “el Perro”, como también lo conocen, esconde secretos. Su nombre, idéntico al libro Ojos de Perro Azul (1974), de Gabriel García Márquez, evoca una magia parecida a la que el autor revela en su cuento. Para Gabo, este fue como su ‘patadita’ de la buena suerte, el cuento que lo envió al mundo donde convergen la fantasía y el realismo. Una mujer y un hombre que solo se encuentran en los sueños. Él le dice Ojos de Perro Azul, pero no lo recuerda al despertar; ella sí y anda por el mundo escribiendo en las paredes, los pisos y los vidrios Ojos de Perro Azul, para encontrarlo.
Wilson y Giselle dan cabida a grupos nacionales como Los Pacos, con su líder Pete Castillo; Midnight y su música disco; Bajo Tierra, con Jairo Vargas y el rock clásico y ochentero; Soloy con su new age; Moon Flower, con su líder Silvia Flores y su maravillosa voz; grupo La Fábrika, de Manolo Castro, quien hace flamenco, y los jazzistas del bar Raúl Rueda y su Cuarteto Jazz y Roberto Bolaños Jr. y su banda JAZZ 0. Por supuesto no puede faltar la voz de Giselle Hidalgo Villagómez.
La pareja tienen varios proyectos en mente, franquiciar su bar, crear otros bar concerts en la ciudad y fuera de ella y vivir su mágica realidad fantasiosa. Con ideas claras, esfuerzo y sacrificio cuidan de su pequeño hijo azul y ojos color ceniza Ojos de Perro Azul.