viernes 05 junio Columnistas

Fernando Balseca fbalseca59@hotmail.com

Visas discriminatorias

Falsamente nos han vendido el cuento de que la movilidad por el mundo es la insignia de la globalización. Nos han dicho que ahora todos podemos movernos para aprender de otras culturas, para estudiar, por negocios, para hallar el amor verdadero… Pero frecuentemente se oyen testimonios acerca de la tortura psicológica y tramitológica en que se convierte la solicitación de una visa en delegaciones como las de Estados Unidos de América, Francia, España, México, entre otros. Según los frustrados viajeros, si es que han conseguido arrancarle una mínima explicación al cónsul que niega el visado, la justificación es que el solicitante no demuestra solvencia económica y, por tanto, se infiere que está fingiendo irse de paseo para quedarse de ilegal. Tal parece que hay que ser rico para que los dioses consulares otorguen el maná de la visa.

De esta manera, la no concesión de las visas para muchos ecuatorianos revela un trato discriminatorio porque hay que estar en posesión de auténticas fortunas para poder viajar, lo cual es un despropósito en un tiempo en que supuestamente las diferencias culturales internacionales deberían acortarse antes que ensancharse. Muchos turistas europeos, norteamericanos y latinoamericanos nos han enseñado a desplazarnos con bajos presupuestos, y en las guías de viaje  Lonely Planet  o  Rough  –producidas en el Primer Mundo– se pueden hallar en todos los destinos hoteles y hostales que no pasan de 10 dólares por noche. Es evidente, pues, que para disfrutar de otro país no es imprescindible ser millonario. Conocer el mundo en las sociedades transnacionales de hoy es un derecho de nuestros jóvenes; derecho conculcado por la irracionalidad consular.

¿Qué procedimiento se puede adoptar para demostrar que, sin necesidad de cuentas corrientes abultadas, esos jóvenes regresarán a casa porque siguen una carrera universitaria y tienen lazos familiares estables? ¿Nos pondrán un  chip  para confirmar el retorno? De una parte, animamos a los jóvenes para que crezcan con una visión amplia del mundo pero resulta que la visa no es concedida a pesar de que ambos padres son profesionales, tienen vehículo y casa propia, pero, evidentemente, no poseen en las cuentas saldos promedio exorbitantes. Así, mientras los intelectuales afirman que el orbe de hoy es culturalmente nómada, los consulados nos descalifican como ciudadanos del mundo globalizado; es más, nos degradan con cada negativa. Hacen sentir a nuestros jóvenes que ser ecuatoriano es una inmensa desventaja.

El asunto del visado es más dramático si recordamos que los ciudadanos de Chile, Argentina o Uruguay no necesitan de ese sello para ir a los Estados Unidos o a la Comunidad Europea. ¿Acaso esos países sudamericanos no tienen problemas sociales y no exhiben pobreza, al igual que Ecuador? ¿Será que gozan de ese privilegio porque racialmente ellos han recibido todo el empuje de la migración europea y son más blanquitos y de mayor estatura que nosotros? El antropólogo Víctor Turner ha señalado la importancia del viaje como una experiencia que crea significados. Muchos jóvenes ecuatorianos, que anhelan viajes de aprendizaje, tendrán que ir a buscar sentidos por otros suelos. Nuestro país ha hecho bien en no exigir visa a nadie, pero, mientras los del Primer Mundo andan sin restricciones, a nosotros nos mantienen inmovilizados.

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