viernes 05 junio Columnistas

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Guayaquil, Bolívar y la Historia

Por: Carlos Burgos Jara

Varios problemas presenta el polémico libro Historia de Guayaquil, de Efrén Avilés y Melvin Hoyos. El tono exaltado y la analogía exagerada, elementos nada recomendables para una obra histórica, dominan todo el texto. Según los autores, ya los primeros habitantes del Guayas habrían encontrado en estas tierras “un nuevo Edén, en nada distinto del bíblico”. A partir de ahí, se dan unas curiosas analogías entre el Tigris y el Daule, el Babahoyo y el Éufrates, Mesopotamia y la cuenca del Guayas.

Avilés y Hoyos parten de una imagen idealizada de Guayaquil. Más que problematizarla o abordarla críticamente, lo que buscan es reforzar esa idealización dibujando un arco que va desde las culturas prehispánicas hasta la regeneración urbana. Dicho sea de paso, hay que mencionar lo inconveniente que resulta que el Alcalde financie y distribuya en las escuelas públicas una obra histórica donde se rescata su propia labor y la de sus coidearios, por más aceptación que esta labor tenga entre los guayaquileños.

Las reacciones que el libro ha provocado, por otra parte, no han sido más afortunadas. Tal vez el punto más polémico de todos se ha dado en torno a la figura de Bolívar. Al historiador quiteño Juan Paz y Miño pareció molestarle bastante que se mancille la “magna figura” del Libertador por parte de dos historiadores que “no le llegan ni a los talones” al militar venezolano.

La actitud de Bolívar hacia Guayaquil puede verificarse con facilidad en cartas y documentos de la época. Hay que recordar, sin desmerecer los eventos de agosto de 1809, que Guayaquil fue el primer territorio independiente de los que hoy componen el Ecuador. Una vez alcanzada esa independencia, Bolívar intentó por todos los medios anexarla a Colombia. La Junta que gobernaba la ciudad, en una carta fechada el 17 de marzo de 1821, expresó a Bolívar la firmeza de “sostener su propósito de ser libre”. Bolívar contestó afirmando que “una ciudad y un río no podían formar una nación” (enero de 1822), y anexó la ciudad a Colombia sin mayores contemplaciones (es verdad que había un grupo a favor de esta anexión, pero era muy minoritario).

Aunque el término “usurpador” que usan Hoyos y Avilés puede resultar incómodo e inexacto, el autoritarismo de Bolívar es muy conocido y ha sido abordado con frecuencia desde la historia y la literatura (pienso en Madariaga o en García Márquez, por citar dos nombres). Resulta extraño que algunos lo tomen como una afrenta. O peor aún, como leí hace poco en una entrevista a un historiador, relacionar la crítica a Bolívar con la “derecha elitista guayaquileña” (la cual dudo mucho que tenga una postura oficial sobre el asunto). Hubo hasta quien igualó a Bolívar con el bolivarianismo chavista. Criticar al primero implica, en opinión de algunos, atacar lo segundo.

Lo preocupante de los términos con que se ha manejado este debate es, me parece, la ingenua visión de la historia que todavía manejan algunos de nuestros historiadores: llena de idealizaciones e íconos que no pueden ser revisados críticamente, repleta de sesgos ideológicos y regionalistas sumamente marcados. Las idealizaciones bolivarianistas y guayaquileñistas son en realidad las dos caras de una misma moneda: la de un discurso histórico poco crítico que tiene que renovarse urgentemente.

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