miércoles 27 mayo Columnistas

Nelsa Curbelo nelsa@telconet.net

Lastre y alas

En la casa hay pericos australianos.  En el hueco de  un mate,  una pareja –verde él, celeste ella– formó su nido. Con simpatía y regocijo seguíamos el proceso. Cuando nacieron los pichones, los dos se afanaban en la tarea de alimentar a hijos tan hambrientos y demandantes.  Los oíamos  piar y luego vimos  asomar sus cabezas –tres– por el hueco del nido, miraban y no se atrevían a volar. Hasta que el más osado aterrizó en el piso de la gran jaula. Era blanco con pinceladas celestes.  Me llamó la atención que a pesar de estar  totalmente emplumado no volara. Descubrimos que tenía en  sus patas comida y materia fecal endurecida,  pegada como si fueran botas de cemento. Le pusimos en agua tibia y llevó más de una hora quitarle tan engorrosa plomada. Lo devolvimos al nido y al otro día estaba nuevamente fuera, ahora sí estrenando sus alas con  alegría. 

Recuerdo esto cada vez que pienso en la educación escolar.

Las escuelas fiscales han sido en muchos casos arregladas, mejoradas,  son espacios más dignos y alegres. Sin embargo, en la mayoría de ellas,  cuando se entra en una clase,  encontramos más de 50 niños apiñados en bancos  y luego salen al recreo, corren y juegan bajo un sol abrasador en patios sin árboles. Entonces  se comienza a comprender. Aprender inglés en esas condiciones es simplemente un deseo sin eco, menos aprender computación dibujando computadoras de diferentes colores en un papel, porque no cuentan con los equipos necesarios.

Pero si se leen los deberes que mandan hacer en la casa entonces se acaba de desvelar el misterio…

En tercero de básica, por ejemplo, para niños de 7 años: responder 6 páginas de un libro, 4 de otro, hacer ejercicios sobre los seres bióticos y abióticos, poner 20 palabras sinónimas y hacer 20 oraciones con ellas, hacer una copia sobre el 24 de Mayo… Hay que considerar el aprendizaje una tortura cuando se lo debe realizar en   sectores populares, rodeados de ruido y polvo. Y allí los profesores son en general las mamás o las abuelas… Más las abuelas que las mamás, porque casi todas trabajan o no están. ¿Qué son los sinónimos?, le preguntaba a una de ellas, creo  que el abecedario me contestó.

Si los profesores no quieren ser evaluados, ¿qué pasa con las verdaderas profesoras de la mayor parte de los niños que estudian en escuelas fiscales?  ¿Quién  las ha capacitado para enseñar a sus nietos/as aquello que deberían  aprender y que la cantidad de alumnos por clase impide realizar?

En el aula forman a los niños para,   a ritmo militar, adquirir  las destrezas que le ayudarán en la vida  y la harán más fácil.  Con el tiempo escribirán sin pensar en el abecedario y multiplicarán sin pensar en las tablas y eso está bien. Pero, ¿quién les ayudará a sacar las pesadas botas que les impiden volar con  sus propias alas? Porque hay una cantidad de conocimiento inútil, que no logra integrarse con la vida, un conocimiento lastre como las botas de los pichones,  ese que revela lo absurdo de memorizar todo lo que nos legó el pasado, que solo mide lo que enseña  el maestro –y las abuelas…– y que no logra descubrir las herramientas para enseñarles a pensar por sí mismo, sin miedos al vértigo indecible de ser creativos.

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