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Edición del DOMINGO 24 de Mayo del 2009 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Visiones de Cuba, Oscuras grietas en los sueños
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El fin del final de la revolución: reportaje en el magazine dominical del diario The New York Times.
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Carlos A. Ycaza | cicaza@eluniverso.com

Documentar o dramatizar las realidades en la isla de Castro es una tarea extremadamente compleja. Aquí unos ejemplos recientes.

Para alguien que nunca ha estado allí, los fuertes vientos caribeños que mueven las olas que se estrellan eternamente contra el malecón de La Habana tienen el poder de los recuerdos de una gesta política sin parangón en la historia de América Latina. La revolución cubana está metida en nuestro oxígeno y es imposible desconocer sus implicaciones en el presente y el futuro del continente. The New York Times Magazine le dio la portada en diciembre, con un titular de rompe y raja: ‘El fin del final de la revolución’, vastísimo y profundo reportaje digno de un Pulitzer del periodista Roger Cohen. Finalmente, uno se infiltraba por las oscuras grietas de los sueños cubanos. Y el Fidelísimo comandante no solamente es todavía primera plana en cualquiera de sus declaraciones, sino que su decrépita y fantasmagórica figura entre el humo del habano que nunca abandona es imposible de ser desligada de la tierra que él convirtió en un símbolo de la revolución que cumplió medio siglo de vida este año.

Esto alborotó la creatividad de algunos realizadores cinematográficos, especialmente porque las ideologías impregnadas en las gestas revolucionarias son también como las mareas que ocasionan tsunamis, cobrando nueva vida en oportunistas fiebres políticas que cíclicamente trastornan a media humanidad. O desapareciendo cuando se derrumban muros berlineses con aparatoso estruendo, hechos inconcebibles pocos años antes.           

La motivación de la realizadora ecuatoriana Yanara Guayasamín en su reciente documental El valor de una utopía es, obviamente, celebrar lo que anuncia el título de su película. No lo hace con mucha fanfarria, porque lo que vemos en sus bellas y nostálgicas imágenes –¿cómo no podemos sentirnos así en las perpetuas ruinas de La Habana?– es un extenuante esfuerzo de capturar los resultados de la revolución a través de entrevistas con los testigos, hombres y mujeres ya viejos que estuvieron en el conflicto décadas antes, un tanto melancólicos pero al parecer todavía motivados por sus vivencias y recuerdos. Yanara tiene acceso al Fidelísimo, quien con sus declaraciones reenforza la lírica visión de la directora.

A ella tampoco parecen interesarle los aspectos más criticados del proceso: la disidencia, la represión, el silencioso y abnegado malestar de un pueblo donde el progreso material es un sueño cada vez más lejano. De eso nada vemos, esta es una seducción manipulativa y frontal. Según la introducción, El valor de una utopía es la primera parte de un tríptico en el que vendrán otros enfoques. Ojalá. Uno se queda aquí con el sinsabor de una golosina añeja que nos deja con un virus amodorrante y desolador.

Aparte de Castro, ningún otro líder encarnó la revolución cubana igual que Che Guevara. El director Steven Soderbergh lo entendió perfectamente y es eso y nada más lo que intentó plasmar en Che, su polémica mirada a la personalidad del revolucionario, interpretado espléndidamente por el puertorriqueño Benicio del Toro. Quizás esta obsesión biográfica del director es el problema central de la primera parte, concentrada en los años previos a la lucha armada en Cuba y saltando –en blanco y negro– a la visita a las Naciones Unidas que el Che hace años después a Nueva York como principal vocero del nuevo gobierno revolucionario.

Soderbergh deja a un lado al pueblo cubano que solamente es visto en escenas de noticiarios y en dramatizaciones de los conflictos bélicos. Aquí solo interesan los guerrilleros. “Para mí, lo fascinante del Che –y los líderes como él– es el increíble poder de convencimiento que acarrean”, decía Soderbergh a la prensa en el Festival de Cine de Nueva York, en octubre pasado. La ironía es que al dramatizar la vida de su héroe nos desligamos radicalmente del conflicto social que motiva la lucha de Che y solo debemos aferrarnos a sus discursos. De la verdadera Cuba hay muy poco aquí. “Yo nunca podría vivir bajo un régimen comunista”, dijo el director de Che.

Mucho más conectada y vital es la visión del alemán Christian Liffers en Las dos patrias: Cuba y la noche, exhibida en el EDOC el jueves. Desde su inicio estamos frente a otra clase de protagonistas: un grupo de homosexuales que realizan varias ocupaciones en la ciudad. Uno de ellos nos lee algunas palabras de Reynaldo Arenas, poeta y novelista cubano que motivó Antes que anochezca, la gran película del neoyorquino Julian Schnabel basada en su autobiografía, que lanzó al estrellato mundial a Javier Bardem. Lo más triste para algunos de estos hijos de la revolución es su alienación de una sociedad donde no existe algún futuro desligado de su condición sexual. “Permanecemos inmunes a la realidad”, decía Arenas. Para ellos no hay un cambio.

En un paneo lento y extenso, la cámara registra en el malecón nocturno de La Habana imágenes que recuerdan al Satiricón de Fellini. Liffers nunca transmite una sensibilidad mórbida en este tratamiento. Su película nos revela seres humanos arrastrados en la marea de la historia de Cuba, con sus intimidades sórdidas y solitarias. Pero hay sonrisas en sus rostros. Miran a la cámara con valentía, con la sensual desinhibición que nunca advertimos en los héroes de las “utopías” y donde Ahmed 'Isabel' Espinosa –un travesti– nos dice: “Aquí están las almas sueltas y también los sueños y la maldad y el amor... y todos estamos juntos”. La documentada y alternativa visión de Liffers parece salir de las poéticas reflexiones de Arenas. Y sentimos que esa noche sí estamos en la Cuba que otras películas ignoran.


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