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Mentiras ¿Piadosas o no?
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¿Cree usted que las mentiras piadosas se justifican?

Texto: Sheyla Mosquera de Calderón

Es preferible decir la verdad a tener que engañar distorsionando la realidad. Aunque hay quienes la justifican por una causa benevolente.

Si hay personas que se dedican a mentir serían aquellas que divagan en las ideas fantasiosas y construyen sueños, ya que ese mundo es irreal. Pero en la vida cotidiana, la mayoría de hombres y mujeres miente, hace omisiones o le da un matiz diferente a la realidad. El propósito es protegerse y proteger, halagar y ser aceptado, entre tantas excusas que encuentran para no encarar la verdad por más cruda y dolorosa que parezca. Incluso se dice filosóficamente que “solo la verdad nos hará libre”, pero solo se queda en una expresión, ya que la verdad de uno no es vista como la verdad de los demás.

También existen quienes engañan como una forma de sobrevivir, estos son los cuenteros o seudoprofesiones que requiere que se den explicaciones alterando un poco el significado de la realidad. Hay además otros que caen en el campo de las enfermedades como son los mitómanos (mentirosos compulsivos) y depende de los sistemas sociales establecer reglas para su tratamiento psicológico, biológico o social.

Pero ¿existe la mentira piadosa? Según Jorge Luis Escobar Tobar, psicólogo clínico y presidente de la Asociación Ecuatoriana de Psicólogos, cuando algo nos produce culpa es más fácil justificarnos diciendo una mentira que reconocernos como responsables y aceptar la sanción del daño o dolor que podría provocar el enfrentar la verdad. Se parte desde el supuesto que “es mejor no saber para no tener que sufrir”, así se crea el gran justificativo de las mentiras piadosas o blancas (usadas para no herir susceptibilidades), las mentirillas o las picardías.

Las dicen cuando alguien tiene un familiar con una enfermedad maligna y prefieren no decirle la verdad. Pero es un error porque le están negando la posibilidad de desarrollar sus habilidades internas para afrontar la situación que le aqueja o agrede. También se equivocan cuando no le dicen a la persona que aman que tiene un defecto sin hacérselo notar, porque piensan que así se mantiene la dosis de amor o afecto. Pero tarde o temprano esta la conoce y el daño afectivo que provoca es intenso en la persona y la relación se afecta.

Además, dice Escobar, muchas veces se provocan situaciones irreales para cubrirnos o no dañar a otros. Y si lo que buscamos es culpar o sentirnos culpables al no reconocer o aceptar las realidades ajenas o propias, tendemos a disfrazarlas. Es más bien un supuesto acto de protección el que en la mayoría de los casos hace que distorsionemos lo que decimos y lo que pensamos y así construimos lo que la sociedad llama y castiga como mentira.

Daño irreversible
La persona mentirosa tiene baja autoestima y de ahí surgen las mentiras, que en definitiva son inútiles porque la verdad siempre se filtra por algún lado, dicen los profesionales en psicología. Entonces, a mayor desarrollo de autoestima, menor nivel de autoengaño. Además se dice que mientras más nos amamos sin prejuicios, ni poses, ni máscaras, las relaciones interpersonales se desarrollan más honestamente.

En la construcción social (familias, parejas, amigos) se dice que no nos gusta que nos engañen, pero al no desarrollar conciencia total cuando mentimos de manera “bondadosa” o “piadosa”, pretendiendo evitar algún dolor, lo estamos aceptando, pensando desde el supuesto de que si fuera a nosotros nos gustaría que no nos dijeran la verdad o nos la disfracen para así no sufrir.

Pero cuando nos mienten nos molestamos o sancionamos severamente a quien lo ha hecho así sea en nuestro favor, porque no lo vemos desde una conciencia colectiva, sea familiar, social o laboral, sino desde nuestro ego que se considera afectado y no involucrado.

“Hay situaciones que al ser distorsionadas pueden comprometer la vida de personas y ocasionar daños irreversibles. Por eso las personas deben concienciar que el mal que provoca la mentira no solo es para el que lo recibe sino para quien la emite, es como un bumerán”, dice el psicólogo.

Aprenden a mentir
El mal ejemplo de los padres al mentir es una de las causas para que los hijos desde niños aprendan a hacerlo, según Toyi de Jácome, psicóloga y orientadora familiar. Incluso cuando los progenitores no han abierto espacios de comunicación y confianza entre ellos, hace que se dé un gran puente de distanciamiento.

Esta separación conlleva a que usen la mentira como una forma de escapar o evadir una realidad. Los niños empiezan a usar la mentira a partir de los 6 años, ya que a esta edad son más conscientes de lo que hacen. Por ejemplo, la niña que dice no tener tareas, cuando sí las tiene, engaña porque no quiere realizarlas, quizá porque le resulte complicado hacerlo o por temor a enfrentarse a unos padres que siempre le están gritando al momento de explicar dicha tarea.

Por eso es importante enseñar valores a los hijos y concienciar que el acto de mentir se puede convertir de muy inofensivo a muy peligroso. Si a la niña de 6 años que dijo no tener tareas se le deja pasar dicha mentira, cuando tenga 14 se estará enfrentando a una más grande que la ponga en riesgo.

Para Jácome, la mentira es mentira y no existen las consideradas piadosas, más aún si estamos enseñando a nuestros hijos el valor de la honestidad, que tiene que ser vista en todos los ámbitos, si no lo que estaremos provocando es la confusión en cuanto a nuestro lenguaje verbal con el corporal. “Hay que ser honestos en todo, no para unas cosas sí y para otras no”, dice.

Cuando los padres no conocen bien a los hijos es más fácil caer en sus mentiras, y una forma de descubrirlas es propiciando espacios de comunicación abierta y espontánea, creándoles un ambiente de confianza y seguridad, donde no son necesarias las amenazas para lograr de ellos la verdad.

Por ejemplo, si su hijo de 15 años le pide permiso para ir a una fiesta, y sus padres siempre se le están diciendo no, él buscará la forma de ingeniarse para salirse con la suya, e inventará cualquier motivo para asistir. Es mejor entonces negociar con él y conceder el permiso tomando en cuenta las reglas de la casa, como son la hora de llegada y quién lo traerá de regreso. Así evitará el engaño.


Lo que me preocupa no es que me hayas mentido, sino que, de ahora en adelante, ya no podré creer en ti”.
Friedrich Nietzsche (1844-1900),
filósofo alemán.


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