El Malecón Simón Bolívar, la obra emblemática de la regeneración sobre el río Guayas, parece haberse extendido. Ya no termina en la calle Olmedo. Al menos no para Bolívar Rosero Andrade, quien mediante un convenio con el Municipio de Guayaquil concretó la incorporación del antiguo centro comercial Multicomercio al malecón. Ahora este llega hasta la calle Cuenca, donde el rehabilitado centro comercial planea abrir 400 locales comerciales, un área para bodegas y parqueos.
El propósito es levantar turísticamente esta zona y que se convierta en un sitio de esparcimiento para la gente. “Ahora lo que nos falta dentro del convenio es que se retiren las rejas y se incorpore al malecón”, dice él.
La apertura hacia el lado del malecón se dará en las próximas semanas, indica Rosero, mientras que la concesión de los locales se concretará en 90 días.
El Multicomercio estuvo abandonado luego de que pasó al banco La Previsora y Filanbanco. Rosero lo adquirió y empezó las adecuaciones en el interior.
Tiene experiencia en hacer de espacios abandonados áreas comerciales de éxito. Lo hizo cuando se le ocurrió crear Bahía Mall 1, 2, 3 y 4; Plaza Vernaza, una zona comercial en el antiguo edificio de La Previsora y en edificios de la av. Olmedo, que incorporaron locales en su planta baja.
Este ingeniero civil, que empezó trabajando como ayudante de albañil, cree que la clave para su crecimiento ha sido ver más allá de lo que tiene enfrente. “Ahí es donde realmente están las oportunidades. Imagínese esto de aquí que nadie le daba bola y estaba cruzando la calle al malecón”, dice sentado desde su sillón en la oficina del Multicomercio, con vista al río Guayas y a la isla Santay.
Por la necesidad de mantener a su familia, Rosero comenzó a trabajar cuando aún era estudiante de colegio. Cargaba ladrillos, piedra y cemento en las construcciones.
Un día salía de su jornada y pasó por el almacén de telas San Agustín, en el centro de la ciudad. Vio cómo de un camión se descargaban los rollos de tela y bultos y pensó que si él se echaba hasta dos sacos de cemento podía también con ese peso.
Entró y como estaban solicitando personal, le tomaron unas pruebas y se quedó. Era 1973. Él tenía 18 años. Comenzó barriendo, limpiando pisos y perchas, cargando y arreglando mercadería. “Ese era mi trabajo y ahí logré avanzar, luego me pusieron a la venta al público, a la venta al por mayor hasta que llegué a ser gerente de ventas”. Hizo contactos, buenos amigos y actuó con seriedad y responsabilidad, dos premisas que –asegura– deben ser básicas en la vida.
Tras quince años en el almacén que le abrió las puertas, lo dejó en 1988 para probar suerte con su propio local. “Yo logré generar confianza, hacer amigos y decidí independizarme”.
Alquiló un espacio en Sucre 416 entre Chimborazo y Chile y nació Distelar, su primer negocio. Vendía telas, que era de lo que sabía. Como trabajó en el área de mayoristas tenía contactos con textileras y consiguió que le dieran crédito.
Fueron tiempos difíciles. Era el cargador, el gerente, el dependiente del local. Hubo épocas en que las cuentas estuvieron en rojo y pensó en devolver mercadería, pero empezó a despegar cuando consolidó ventas al por mayor. Luego incursionó en la confección de tejidos para empresas y hospitales.
En 1991, con el negocio más establecido compró un local y se trasladó con Distelar a García Avilés y Aguirre, donde permanece hasta ahora.
“Yo digo que ese fue el negocio principal porque fue el que me permitió tener ganancias y de ahí irlas invirtiendo en propiedades”.
Con las primeras ganancias surgió la oportunidad de comprar un edificio a la vuelta del local. Hizo un préstamo, lo adquirió y lo vendió como propiedad horizontal. Luego compró otro en Olmedo entre Chile y Eloy Alfaro para el mismo fin, pero a este le adecuó locales en la planta baja porque era una zona de bahía.
Siguió creciendo en ese sector. En la avenida Olmedo adquirió otro inmueble que pertenecía a la Junta de Beneficencia y estaba destinado a bodegas, también lo adecuó.
Con experiencia en el manejo de espacios comerciales y el apoyo bancario, en 1998 decidió comprar los predios en los que funcionaba el hospital Alejandro Mann, que se trasladaba al norte de la ciudad.
Le plantearon al entonces alcalde León Febres-Cordero crear un área comercial complementaria a la obra del malecón. La idea era albergar a los comerciantes informales y facilitar parqueo. “Queríamos sacar unos 3.000 locales comerciales, porque el proyecto inicial nacía en la calle Colón y avanzaba hasta la Febres Cordero. Pero por cuestiones de orden político eso no se dio, pero hizo Bahía Mall en el antiguo Alejandro Mann”.
El centro comercial tiene 105 locales, 28 bodegas y siguió en crecimiento. Compraron los terrenos donde funcionaba una antigua gasolinera en Olmedo y Eloy Alfaro e hicieron Bahía Mall 2, luego el Bahía Mall 3 en unos terrenos abandonados junto a la iglesia San Alejo y después el 4.
Rosero, de 53 años, recuerda que el espacio tuvo acogida inmediata de los comerciantes que habían estado en la informalidad. “La ventaja nuestra es que hacemos un contrato con dos meses de depósito y arriendo. Tuvimos la suerte de que en ese tiempo vinieron muchos chinos, coreanos y japoneses que pagaban un año adelantado de arriendo y eso nos daba liquidez inmediata”.
Pese al crecimiento de negocios de asiáticos en esa zona, sus principales clientes –asegura– siguen siendo los comerciantes porteños.
También compró un predio frente a la iglesia de La Merced (en Pedro Carbo entre Víctor Manuel Rendón y Junín) y se aprovechó el paso de la Metrovía para crear más comercios. Recientemente adquirieron los predios del banco La Previsora patrimonial, en Nueve de Octubre y Pichincha, donde cadenas como RM, Optimoda y Dipiur se muestran en vitrina.
Bolívar Rosero es representante de las compañías Yontuzu, Distelar, Golfie y Tarcom, que manejan negocios de parqueos (Centropark y Bancopark), inmobiliarios, de alquiler de locales comerciales, telas, entre otros. Ese ha sido otro de sus secretos: diversificar las inversiones, aunque la mayoría se ubica en el centro de Guayaquil.
Cree que todavía se puede seguir creciendo. Y de hecho tiene otros dos proyectos en la mira. Está buscando financiamiento para otra área de locales comerciales y parqueos y aún no descarta la idea de hacer del antiguo hospital Alejandro Mann un Chinatown.
Sus dos hijos mayores, Geovany y José Luis, están tomando la posta de sus negocios. Y él ya les ha dado parte de la receta. “Hay que ser persistente e insistente, no dejarse vencer fácilmente, así se logra en la vida todo. Si a la primera le dicen que no, tiene que regresar hasta que alguien lo escucha (...). Eso nos ha permitido seguir adelante, ver un poco más allá de lo que otros no han podido ver”. (K.V.)