Estaba por unos pocos días en mi natal Montevideo, no sé cuantos años hace, quizás unos 10. Era una tarde con un tímido sol, el viento que venía desde el río sacudía los árboles de la avenida 18 de julio y sembraba de hojas las veredas. Sentado como pidiéndose permiso, solo en el banco de la Plaza Libertad estaba Mario Benedetti. Su rostro reflejaba una inmensa ternura, miraba mirando y por momentos, en la pequeña libreta que tenía en la mano, escribía algo. Luego seguía en su contemplación con una sonrisa esbozada en la cara. Me quedé parada a unos cuantos metros observándolo. Me costaba creer que era él, tan presente y tan ausente. Al cabo de un rato, sin decir nada me fui. No quería interrumpir su recogimiento. Hasta ahora guardo en mi interior la dulzura de su mirada y la luz de su rostro. El escribiría, “yo soy una ganapán de las ciudades. Con sus glorias y sus congojas las calles me reciben sin ninguna exigencia… Camino despacito, reconociendo lo desconocido y juego con los rostros, que por supuesto son ciudadanos. El intercambio es recíproco, y yo recibo y doy”.
Sus palabras eran precisas y claras, las sopesaba, las pulía, las usaba, nada de más, nada de menos. Tenían música propia. Sonaban como un vals, como una milonga o como un tango. “Si uno por el lenguaje se encuentra con otro es como un milagro… y si en respuesta el lenguaje del otro se encuentra con uno entonces es una maravilla” (si no es textual es casi).
Según los contextos, algunas frases de sus poemas, de sus relatos, golpean con fuerza distintas realidades. “La transparencia no siempre es una ventaja. Hay hechos que al volverse transparentes descubren su intención primaria y esta puede ser salvaje, despiadada”. Ese texto me tomó por asalto cuando conocía sobre los monitoreos que realiza la Secretaría de Transparencia de Gestión a los diferentes medios de comunicación, clasificándolos en: a favor, en contra o neutros en relación al Gobierno… La transparencia no siempre es una ventaja, puede dejar al descubierto su intención primaria…
O cuando con humor dice que el signo ortográfico de la corrupción es el punto y coima, pienso en el caso Filanbanco.
A la muerte la esquivó y la amansó:
“De la nada a la nada pasa una historia efímera, esa imitación del algo que se llama vida, un lapso en el que amamos, respiramos, creemos y descreemos, repartimos semillas en los surcos que esperan y asumimos proyectos a largo o a larguísimo plazo. Lo cierto es que no somos dueños de este cuerpo, tan solo lo alquilamos, hasta que llegue el óbito y nos da desalojo y entonces ser nadie es bastante menos que ser poco”.
“Cuando éramos niños, los viejos tenían como treinta, un charco era un océano, la muerte lisa y llana no existía. Luego cuando muchachos los viejos eran gente de cuarenta, un estanque un océano, la muerte solamente una palabra. Ya cuando nos casamos, los ancianos estaban en cincuenta, un lago era un océano, la muerte era la muerte de los otros. Ahora veteranos ya le dimos alcance a la verdad, el océano es por fin el océano pero la muerte empieza a ser la nuestra”.
“La muerte es la cumbre de la sencillez”.