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Edición del DOMINGO 17 de Mayo del 2009 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Arte 
Picasso dio todo de sí justo al final
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Texto: Roberta Smith, The New York Times

En general, el artista solo mejoró. Ese es el mensaje de la asombrosa exhibición Picasso: Mosqueteros, de las últimas pinturas y grabados del pintor en Nueva York.

Una de las mejores exposiciones vistas en Nueva York desde el inicio del siglo prueba que, contrario a décadas de opinión recibida, Picasso no se deslizó irreparablemente a un abismo de kitsch, incoherencia o irrelevancia después de este o aquel momento culminante. Para algunos, su declinación empezó desde 1914, cuando él y Braque tomaron sus caminos separados después de inventar el cubismo.

Otros la difirieron hasta la llegada de la burguesa Olga Koklova en 1917, o la maleable Marie-Therese Walter en 1927, o el fin de la Segunda Guerra Mundial. Pero la época de mediados de los años 50 generalmente ha sido aceptada como el punto de no retorno.

Esa postura se ha erosionado constantemente en los últimos 25 años, y debería finalmente encontrar su final aquí. Las 50 pinturas y 49 grabados en exhibición demuestran que en la década que precedió a su muerte en 1973, a los 91 años, Picasso pintó, como era común, por su vida. Pero su vida se acercaba al final, y la presión crecía. La desvió hacia pinturas cuya crudeza emocional, inmediatez física y a menudo felicidad pictórica malévola no se parecían mucho a lo que había hecho antes. Quizá no hayan cambiado el rumbo del arte, pero démosles tiempo. Primero merecen que seamos justos con ellos.

Esta no es la primera gran exposición del difunto Picasso. Pero podría darse en un momento inusual y receptivo, cuando el arte está tan abierto, y la comprensión de lo que se necesita para ser un artista se ha vuelto un poco confusa en los bordes. O quizá esta exposición representa una muestra rigurosamente inusual de la última década, habiendo sido elegida por John Richardson, el formidable biógrafo de Picasso, y soberbiamente instalada por él en las elegantes, austeras e iluminadas galerías en el espacio de Gagosian en West 21st Street en Chelsea.

“Picasso: Mosqueteros”, debería hacer que cualquier museo se ponga verde de envidia. Y luce mejor de lo que cualquier museo pudiera imaginar. Libre de textos en las paredes y libre de cobro, supone que el público sabe cómo contemplar el arte y mantiene las distracciones al mínimo.

Como indica su título, en la selección abundan pinturas de mosqueteros y matadores de grandes cabezas. Con atuendos y bigotes extravagantes presentan una oportunidad para denunciar el autorretrato disfrazado como caricatura, al tiempo que también entra en duelo con maestros del pasado como Velázquez, Manet y Rembrandt.

Hay personajes de miembros gruesos de todo tipo: amantes entrelazados, cuyas bocas en ocasiones surgen en besos desesperados; desnudos femeninos plegados de una u otra forma, con pies rectangulares y dedos redondos como guijarros; y algunos desnudos masculinos que recuerdan el bañista de Cézanne en el Museo de Arte Moderno o las estatuas kouroi de la Grecia arcaica, vistas aquí bajo una luz dorada que alcanza el tono de un chillante amarillo yema de huevo.

En esta exposición, las últimas pinturas a menudo tienen una urgencia intensa y traviesa que recuerda “Les Démoiselles dAvignon”. Su escala y superficies pueden ser discordantes, demasiado cercanas para que se sientan cómodas desde cualquier distancia.

Las figuras tienen prominentes ojos negros que recuerdan los de Les Démoiselles, así como los del propio Picasso (como señaló Richardson en un reciente artículo periodístico). Pero este estilo tardío es más suave y más fluido, una combinación de pintura, dibujo y caligrafía que raya en el automatismo.

Tiene tanto sentido llamarle deconstruccionista que expresionista. Las imágenes se desintegran y recombinan a medida que uno las ve, conservando cada partícula de pintura y cada pizca de gesto a la vista, mientras a menudo se vuelven cómicas. En una de las imágenes más evocadoras de la exhibición, el aterrorizado y al parecer desollado rostro de un matador es presentado en ligeras manchas de lavanda. El torero quizá esté mirando a la muerte; la superficie ríe en su rostro.

En su ensayo para el catálogo, Richardson escribe que Picasso dijo que las técnicas eran importantes, “a condición de que uno tenga tantas que completamente dejan de existir”. Pero según una breve película que se pasa en un lado de la galería, Picasso también dijo que “a menos que tu dibujo salga mal, no será bueno”.

La galería de grabados compensa perfectamente las pinturas. Muestran a Picasso llevando este medio alquímico a sus cimientos, a menudo introduciendo una crayola de litografía, mientras se registra la historia aún más activamente. Los frecuentemente picarescos dramas de disfraces o escenas de estudio (o ambos) que resultan se presentan en una manera que puede ser tan exquisita y refinada como no lo son las pinturas.

En La Celestina, un mosaico gráfico de 66 pequeñas impresiones sobre una sola gran hoja de papel, Picasso ofrece un sondeo al parecer enciclopédico de elaboración de marcas y técnicas de impresión. No pasemos por alto el hombre bajito -desnudo, calvo y bastante picassiano- que nos mira desde la atestada escena en el centro de la fila inferior.

Picasso trabajó en relativo aislamiento durante su última década, pero es difícil creer que un veterano competitivo como él no se mantuviera al día en cierta medida. Debe haber conocido las figuras de grandes cabezas de Dubuffet, vigorosamente garabateadas en pintura, de finales de los años 40; las coloridas travesuras figurativas del grupo CoBrA de los 50; o incluso las últimas obras casi figurativas de Jackson Pollock.

Más cerca de casa, el activo involucramiento de Picasso con la cerámica en los 50 podía haber contribuido a la velocidad taquigráfica de estas pinturas. Hasta 1953 también tuvo contacto directo con el arte hecho por Claude y Paloma, sus hijos con Francoise Gilot. Y las pinturas de ellos, como las de los años 30 de Maya, su hija con Marie-Therese Walter, tienden a tener superficies abiertas y al parecer inconclusas y una escala monstruosa que señala hacia los mosqueteros.

Esta exhibición debería mitigar las dudas sobre el papel esencial de las galerías comerciales en una escena artística vital. Todo en esta exposición inolvidable está destinado a nutrir a cualquiera que la ve, pero esencialmente a los artistas, sin importar sus afiliaciones de estilo o técnica. Revela a uno de sus más grandes exponentes en toda su expresión, ofreciendo un asombroso recordatorio de que el arte puede ser cualquier cosa que un artista quiera que sea, en tanto esté impulsado por su necesidad interna, su auto-escrutinio implacable y una determinación de hacer todo intento por no repetir el pasado.

Al final, esas inoculaciones son la única protección real contra las vicisitudes de opinión. El arte que exitosamente las incluya, con toda probabilidad llegará a ser visto como parte de su propia época y retendrá el vigor que sea capaz de inspirar al arte del futuro. Esa es la hazaña de las extraordinarias ofrendas finales de Picasso.


Picasso: Mosqueteros permanecerá en exhibición hasta el
6 de junio en la Gagosian Gallery, 522 West 21st Street, Chelsea; www.gagosian.com.


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