El conocido crítico británico Terry Eagleton se pregunta en el último capítulo de su reciente libro Reason, Faith and Revolution (Yale University Press, 2009): “Por qué están las personas menos imaginables, incluyéndome a mí mismo, de repente hablando de Dios?”.
Según él, y lo dice con un dejo de frustración y malhumor, es que los otros candidatos que existen para guiarnos, como son la ciencia, la razón, el liberalismo o el capitalismo, simplemente no nos dan lo suficiente. Eagleton se pregunta: ¿Qué otra forma simbólica ha logrado forjar vínculos tan directos entre las más universales y absolutas verdades, con las prácticas cotidianas de millones de mujeres y hombres?”.
Aunque Eagleton admite que estos lazos no siempre son benignos –después de todo horrendas cosas se han hecho en nombre de la religión–, al menos la religión está tratando de ir más allá de simples aspiraciones inmediatas a partir del momento que su centro de preocupación es nada menos que “la naturaleza y destino de la humanidad misma, en relación con lo que considera es el origen trascendental de la vida”.
Probablemente sea semejante propósito lo que produce un cambio tan radical en lo que decimos y hacemos.
Inquietudes similares a las de Eagleton son las que atormentaron al gran poeta latino Ovidio en los años que pasó desterrado en el país de los dacios, la actual Rumania, en los confines del Imperio Romano, por orden de Augusto bajo la acusación de corromper a la juventud romana. O al menos así nos lo cuenta el Ovidio de Vintila Horia (1915-1992) en su inmortal novela Dios ha nacido en el exilio, ganadora del Premio Goncourt en 1960 y que, afortunadamente, ha sido reeditada el año pasado por la editorial Ciudadela del Libro de Madrid.
Para los romanos no había peor castigo que el destierro. Este implicaba necesariamente vivir fuera de los límites del Imperio, generalmente en una comarca de bárbaros. Tan grande era la ignominia que muchos terminaban suicidándose. En la novela Horia evoca la figura de este ilustre desterrado, marcada por el dolor y la soledad, pero sobre todo por la nostalgia. Nostalgia por esa Roma que tanto lo había celebrado, y que lentamente vamos descubriéndola como esa otra nostalgia que todos llevamos dentro.
La obra se desenvuelve en forma de un diario en el que supuestamente Ovidio va registrando sus experiencias. En su inicio el rencor consume al poeta. ”Cierro los ojos para vivir. También para matar. En esto soy el más fuerte, pues él [se refiere a Augusto] solo cierra los ojos para dormir y ni siquiera el sueño le reporta consuelo alguno. Sus tinieblas están pobladas de muertos, de crueldades que le obsesionan. Sé que rehuye el reposo como todos los grandes de la tierra. El reposo lo deja solo con su conciencia y sus remordimientos... Lo adoran como un dios, pero nadie lo quiere. Porque si es el autor de la Paz en general... También es autor del Miedo en particular, del miedo de los demás y de su propio miedo”.
Al correr el tiempo, sin embargo, Ovidio conoce el alma sencilla y religiosa de los dacios, y la suya se abre a un horizonte de infinitas verdades y preguntas. El rencor y la nostalgia van quedando atrás por el amor y la esperanza. Por un Dios que ha nacido desde la soledad y que ha vencido todo escepticismo.
Horia es autor de varias novelas, ensayos y estudios de crítica literaria. Nacido en Rumania fue internado por los nazis en un campo de concentración, luego hubo de vivir en Buenos Aires, Roma y Madrid.