Desde la pantalla, desde los filmes, y no desde la literatura o desde otras artes (que, aunque las hubo con gran presencia, eran para una élite porque no tenían la capacidad de ser masivas), creó, o tal vez expuso, un sentido de mexicanidad, una forma de ser, querer y vivir. Una religiosidad. Una filosofía de los desposeídos. Mostró la vida rural, los avatares del traslado del campo a la ciudad. O la vida urbana. Y popularizó aun más a artistas como Pedro Infante y Jorge Negrete, que eran los cantantes de entonces; María Félix y Dolores del Río, las indiscutibles divas, y otros.
El cine que se hacía en México, a decir de Carlos Monsiváis, estudioso de la cultura popular, fue una especie de espejo para la sociedad y en eso se diferenciaba del hollywoodense: en que les devolvía a los mexicanos su propia imagen. Era como si les dijera: “Mírense, así son. Así somos”. Y el público se enganchó y veneró esas películas, esas historias, esos protagonistas. Era el imaginario respecto de lo mexicano, que pervive, de alguna forma, hasta la actualidad.
Monsiváis reflexiona a profundidad sobre este tema en su libro Pedro Infante, las leyes del querer, una obra que publicó en octubre pasado. Tiene como hilo conductor la figura de Pedro Infante, el popular cantante y actor que falleció en 1957, en un accidente de aviación, a los 40 años de edad, en el apogeo de su carrera, pero abarca toda una etapa: la conocida como la Época de Oro.
Antes que un libro sobre cine, que analice el aporte fílmico de las películas (a muchas no les halla valor artístico. Las califica incluso de desastrosas), es un estudio sociológico, un acercamiento a la idiosincrasia del México de entonces, o a lo que sus cineastas, actores y guionistas edificaron y elevaron a categoría de “esto es ser mexicano”. Monsiváis estudia a la sociedad y a su época a través de la filmografía, de los argumentos y de las letras de las canciones, puesto que casi no había película en la que no se incluyeran canciones.
El libro contiene 278 páginas y está estructurado en 23 capítulos, que el autor separa, o une, con una página de epígrafes. Son versos de canciones, o refranes a través de los cuales Monsiváis teje este ensayo-crónica que comienza el día del accidente de Pedro Infante. Narra cómo este hecho conmocionó a México, y luego se adentra en la figura del artista y trata de indagar o explicar qué elementos convirtieron en ídolo a este hombre.
Pobre, pueblerino que llegó a la gran ciudad solo con lo que llevaba puesto, que apenas estudió hasta cuarto grado de primaria y trabajó en los más diversos oficios, desde mensajero hasta ebanista, Infante se convirtió en un ícono para el público.
Según Monsiváis, Infante no actuaba, sino que siempre se representaba a sí mismo. Era un actor natural que exponía lo que era: esa mezcla de rural y citadino, devoto, mujeriego, enamoradizo, solidario, a veces tímido pero lanzado. Y estaban también a su favor su apostura, su cuerpo bien trabajado, su voz, su audacia interpretativa. La mezcla de todos esos elementos lo convirtieron en el gran Pedro Infante. En Pedrito, como le decían sus fans (que a mediados del siglo XX no eran fans, sino fanáticos simplemente, dice Monsiváis con sorna).
Para escribir este libro, el autor ha recurrido a entrevistas de la época a Pedro Infante, algunas de las cuales reproduce, o a los testimonios de las mujeres del artista, contenidos en periódicos o en libros: María Luisa León, que fue su primera esposa; e Irma Dorantes y Lupita Torrentera; o a las voces de su hermano y de sus amigos. O a anécdotas que se cuentan de él y que hablan de su infinita generosidad o de su eterna pertenencia a la clase pobre, por más dinero que haya ganado en vida y fuera venerado por todos. Es que “así era Pedrito”.
La exposición de Monsiváis es clara y sencilla. Jamás recurre al metalenguaje. Él sabe que el objetivo es comunicar. Reflexionar sobre un tema mexicano, que aunque parezca local, no nos es ajeno en otros países, puesto que México, con su cultura popular, ha influido a gran parte de América Latina.
En Ecuador, por ejemplo, hasta hace poco la televisión proyectaba películas de la Época de Oro. Nuestros padres admiraron a Infante y a Negrete, a María Félix y a Dolores del Río. Y los de mi generación sabemos perfectamente quién era La Doña. Y hemos reído a mares con Cantinflas o el Chavo del Ocho. O hemos llorado con las telenovelas. Y hemos tarareado las canciones que han popularizado los intérpretes mexicanos, desde Pedro Infante hasta Lucerito. Desde Lola Beltrán hasta Maná. O admiramos a Gael García Bernal o a muchos artistas de hoy.
A México le debemos también su literatura, su pintura, pero, obviamente, el libro de Monsiváis solo abarca el cine y la cultura popular y a ello nos referimos. Vale recordar todo esto ahora, cuando a causa de la gripe porcina, el ser mexicano se ha convertido casi en un estigma.