La madrugada del 30 de abril trajo una bendición especial. Se trata de una suave llovizna que sorprendió a las 05:30 el despertar de Cristian González, agricultor que a sus 28 años, casi por reflejo, se prepara a esa hora para salir de su humilde vivienda en el recinto Magro, en el kilómetro 21 de la vía a Daule, y así contemplar el amanecer mientras camina aproximadamente un kilómetro hacia el terreno fangoso junto a la carretera donde se dedicará a plantar las pequeñas matas de semillero de la siembra “veranera”, es decir, aquella que durante tres meses y medio crecerá para estar lista a mediados de agosto, en pleno verano, para luego convertirse en el grano tibio y blanco que se asoma en los platos ecuatorianos y que se traduce en un consumo mensual de un millón de quintales de arroz pilado.
El agua marca las bendiciones de los pequeños agricultores arroceros, que componen una parte de los productores de la gramínea en el país, así que cuando el cielo riega las plantas es buena noticia para ellos, porque el terreno donde siembran debería permanecer como una laguna de 5 a 6 centímetros de profundidad por unos 90 días.
Con los pies dentro del barro fértil que acoge sus plantas, González indica que ha sido un buen año para producir arroz, porque la lluvia ha cubierto la tierra con fuerza y delicadeza, dejando que los arroceros de esta zona aspiren a cumplir tres cosechas en este año, pero para ello deben controlar la ‘marea’ con bombas de agua y canales de riego. “En otras zonas las tierras se han ido a pique (inundado) con las lluvias”. Pero es una minoría, aclara.
Por un precio más digno
La suerte de los agricultores puede ser distinta en cada cantón arrocero de las provincias de Guayas, Los Ríos, Manabí y El Oro, las más productivas de la gramínea. Todos dependen del líquido. El agricultor José Romero Ronquillo (23) cultiva cinco hectáreas en el cercano recinto Petrillo (Guayas). La leve llovizna ya se había detenido cuando él esperaba en la piladora Cristo del Consuelo para cobrar $ 500 como parte del pago por las 250 sacas de arroz de 240 libras que dejó allí hace tres semanas por un valor de $ 33 cada una. “Nos pagan en partes porque está difícil la venta para las piladoras, así que uno deja el arroz y cobra a medida que ellos lo venden ya pilado”, indica Romero, quien solo le falta recibir $ 150 más para cerrar la deuda con esa piladora, a la cual agradece porque la considera una aliada honesta.
Sin embargo, las cuentas no animan a Romero: de los $ 8.250 de esa venta, la ganancia que le queda es de $ 700 por los cuatro meses de trabajo en sus cinco hectáreas de tierra. Allí ya restó los diez sacos por hectárea que debe entregar como pago al dueño del terreno. “Está difícil vivir con el precio bajo. Los agricultores pensábamos que este año las piladoras pagarían $ 40 por saca, pero el precio se quedó en $ 33”, dice este campesino que mantiene a su esposa y tres hijos.
“Trabajamos casi a pérdida. Los insumos están carísimos”, expresa Wilson Herrera, agricultor y amigo de Romero. “Debemos invertir entre $ 1.000 y $ 1.200 por hectárea en productos como matamontes, urea, insecticidas y hormonas para que el arroz se desarrolle. A nosotros no nos ha llegado la ayuda del Gobierno. En todo el año anterior solo recibí dos sacos de urea subsidiada ($ 10 el saco) para mis cinco hectáreas. Esa urea (que le proporciona nitrógeno a la tierra) se queda en otras manos que la revenden a los campesinos (hasta en $ 20), o es necesario hacer inmensas colas, tener contactos y cumplir muchos requisitos para conseguirla”, afirma con cierta resignación.
Excedente de producción
El negocio también está difícil para las piladoras. Cinthia Herrera, propietaria de la cercana piladora Nueva Cristo del Consuelo, indica que hay demasiada oferta por parte de los productores y no existen suficientes compradores de arroz pilado. Por eso se debe guardar el producto hasta que se venda.
“Yo trato de recibir la mayor cantidad que pueda, de ayudar a los campesinos, pero la venta está difícil. ¿Y qué me hago yo con tanto arroz en bodega?”, se pregunta. Ella recibe el arroz por volquetadas o en sacas. De estas hay de dos tipos: aquellas en bruto, o sea, sin pesar, las cuales contienen como 240 libras de arroz en cáscara, y los sacos de 205 libras debidamente pesados. “Algunos agricultores prefieren entregar sus sacos en bruto porque la pesada les cuesta dinero ($ 0,10 cada uno)”, explica. De cada saca de 205 libras se obtiene aproximadamente un quintal (100 libras) de arroz pilado, es decir, sin cáscara y listo para el consumo.
El proceso de la piladora es el siguiente: el arroz en cáscara llega con 20% de humedad, por lo que la piladora lo seca con máquinas especiales. Luego lo pasa a una gran maquinaria que, a través del proceso en línea, toma el grano para descascararlo, blanquearlo a presión separando el polvillo, el arrocillo (granos partidos), y finalmente, lo pone en sacos de un quintal.
Detenidos por agua y precio
En este tiempo de cosecha invernera, las piladoras de la vía a Daule trabajan regularmente. Sin embargo, en las piladoras de Samborondón, otra zona arrocera importante de la provincia, las máquinas están casi detenidas.
Las tierras de esta zona tienen generalmente una sola cosecha al año, la cual concluyó en noviembre. Así lo explica Patricia Carrión, administradora de una piladora local. “Las tierras bajas que tenemos la mayoría hacen que la lluvia nos llene de agua, por eso muchos productores no pueden sembrar la ‘vuelta’ (segunda cosecha). Así que solo cultivan de agosto a noviembre”, indica Carrión, quien habla por experiencia propia: en años anteriores, ella intentó hacer dos siembras al año en sus tierras, pero las lluvias le hicieron perder esas producciones.
“Como solo podemos tener una siembra al año, aprovechamos para cultivar el tipo de arroz más apreciado, el de grano largo”, al cual a veces le dedican cinco meses desde que lo siembran hasta que lo cosechan. De esas producciones obtienen entre 52 y 54 sacas por hectárea.
El poco control de las aguas provoca que solo unos pocos productores se atrevan a sembrar en época de lluvias. Vicente Hernández, por ejemplo, en estos meses debe abandonar las diez hectáreas que ha cultivado desde niño junto con su padre para dedicarse a la albañilería en la vía a Samborondón, especialmente en la parroquia La Puntilla. Así mantiene a su esposa y cuatro hijos.
Levantar muros, cerramientos o cavar piscinas son algunas de las actividades a las que deben dedicarse los agricultores, quienes tienen que convertirse en albañiles, aunque hay otros que laboran en la carpintería o sencillamente emigran a la ciudad para laborar en lo que encuentren, indica.
Pero peor es cuando el agricultor trabaja la tierra y no encuentra quién le compre el producto a buen precio. Los pequeños agricultores de Los Ríos denunciaron ese problema el fin de semana anterior, porque el costo de la gramínea en cáscara bajó de $ 28 a $ 23 el saco de 210 libras. ¡Ese precio no cubre ni los costos de producción!, dicen sobre este hecho, que se debió a la poca demanda de arroz pilado en el país, y en Colombia y Venezuela.
En plena temporada de la cosecha invernera, los afectados se quejan de que los comerciantes intermediarios solo reciben el arroz de los agricultores que ellos han apoyado, y las grandes piladoras ya no reciben el producto porque tienen demasiado y no se vende. Wilman García, arrocero tecnificado del sector de Ventanas, dice que el Gobierno debe intervenir para que el precio no se desplome, ya que no han funcionado las medidas implementadas hasta ahora, como comprar grandes cantidades de arroz y almacenarlo.
Mejor semilla
Los agricultores de la zona del Plan América, en Daule, también aspiran a lograr un mejor precio de su producción, la cual tiene una ventaja importante: un sistema de riego que durante todo el año les brinda agua controlada a los sembríos. Fue una gran obra del Gobierno a mediados de los años noventa, señala Henry Morán, ingeniero agrónomo que siembra arroz en esa zona con un propósito especial: ofrecer semillas certificadas para venderlas entre los agricultores.
Este tipo de semilla puede ayudar al agricultor a ganar más por su trabajo, ya que es multiplicada y tratada científicamente para asegurar una mayor y mejor producción. “Sin embargo, el 90% de los pequeños agricultores utiliza como semillas los granos de sus propias plantaciones, por eso no superan el rendimiento y calidad de su producto”, dice Morán, quien puede producir 800 quintales de semilla por día gracias a que hace año y medio adquirió máquinas secadoras automáticas de origen taiwanés pero con moderna tecnología japonesa.
La masificación de las semillas certificadas ayudaría a elevar la producción de los agricultores ecuatorianos, así lograrían ser más eficientes, porque una hectárea sembrada con semilla certificada puede producir unos 70 sacos de arroz, mientras que la semilla convencional produce unos 50 sacos.
Los productores deberían trabajar más con esa clase de semilla e implementar otras acciones para aumentar su producción, señala José Franco Barzola (43 años), ingeniero agrónomo que reside en el recinto Pechichal, en Daule. La baja productividad es una de las grandes debilidades del sector arrocero nacional, cuyo promedio de rendimiento es de 3,7 toneladas por hectárea (unos 74 quintales), mientras países como Colombia y Perú producen entre 6 y 8 toneladas por hectárea.
Su padre concuerda con él. Don José Franco Romero se ha dedicado a trabajar con el arroz 40 de sus 69 años de vida. Él recuerda cómo Daule comenzó a convertirse en una zona arrocera. “Fue hace unos 40 años cuando los agricultores se organizaron en cooperativas para conseguir que el Gobierno les entregue las tierras donde trabajaban a través de la Reforma Agraria. Fue una transición conflictiva, ya que esas tierras eran de los ganaderos”, recuerda, y agrega que en esos tiempos eran comunes los asesinatos entre familias que se disputaban la tierra, tanto así que siguen las rencillas entre propietarios ya que “alguien mató al papá, al abuelo o al hijo de otra persona. Son odios que perduran”.
Su carácter calmado luce optimista cuando menciona que desde este año podrá intentar dos cosechas año, ya que los cincuenta miembros de la Asociación Cocal y Pechichal, a la cual pertenece, están invirtiendo unos $ 8.000 para comprar una bomba que les lleve agua a través de un nuevo canal que ha construido el Gobierno.
“Será la primera vez. Ahora podremos tener el agua durante todo el año”, dice Franco Romero, quien nunca ha perdido la fe en que el negocio arrocero crecerá en su zona y en todo el país. Por eso cada día se levanta a las 05:00 para supervisar el ordeño de sus vacas y, luego, trabajar con sus tres empleados en sus 14 hectáreas de arroz, algunas de las cuales ya lucen ‘preñadas’, es decir, a punto de producir las espigas. Luego aspira a vender su producto a $ 29 el saco de 205 libras, con lo cual ganaría $ 622,40 por cada cuadra sembrada (7.000 m²) en cuatro meses de trabajo; sin embargo, considera que $ 30 sería un precio más justo para el agricultor.
Pero por ahora disfruta ver el desarrollo de sus sembríos. “Mis plantas necesitaban agua en estos días. Y dije: ‘Señor, yo no voy a regar estos días, así que, por favor, envíanos la lluvia’. Soy un hombre de fe. Y gracias a Dios ha estado lloviendo”, indica este hombre que en días pasados, a pesar de las dificultades que debe enfrentar un productor de arroz, ha agradecido al Creador por el agua bendita que ha bañado su rostro y llenado de vida esos campos que luego alimentarán a todo el país.