Los monos siempre sufrimos pensando si habrá o no habrá neblina. Básicamente, la neblina era como el cuco de la carretera. Mi papá decía que era buena suerte porque era la única posibilidad que teníamos de tocar las nubes, era casi como estar en el cielo. A mi hermano, en cambio, le daba un mareo espantoso por tanta curva y horas de encierro en el carro. Con los sándwiches de atún y Coca Cola se mareaba y le daba náusea. Mi mamá curaba al enfermo haciéndolo oler limón. ¡Vaya grupete!
Yo pensaba que mi familia era básicamente comparable solo con la de Chevy Chase con tanto folclore, ahora de grande entiendo que es un asunto que compartimos los monos. Así como los serranos se ponen chapudos, chapudos cuando llegan a la Costa y gritan de la emoción cuando ven el mar y se apanan en la arena, de la misma forma todos los costeños nos sentimos así al hacer el intento de conquistar los Andes.
Lo cierto es que varios años han pasado y eso se mantiene. Hoy en día los carros tienen GPS, luces contra neblina y todo lo imaginable; sin embargo, esos viajes siguen llenos de peripecias ya que todavía no logramos infraestructura básica.
Tener baños decentes en las carreteras, por ejemplo. No pido que sean divinos, ¡pero es que ni a elementales llegan! Hay que viajar siempre con el clásico rollo de papel y no tomar nada desde la noche anterior. El único baño digno es el del KFC que queda en Santo Domingo. ¡Y dicen que los yanquis no nos colaboran a los del Sur!
Ahora hablemos de señalética. Mientras vamos por el Guayas vamos bien, apenas salimos tenemos que confiar o mejor dicho agradecer a almacenes Tía y al Banco de Guayaquil que saludan al viajero en cada pueblo con una valla, esa es la única forma de saber por dónde vamos. De Guayaquil a Quito hay unos cinco o seis momentos que la carretera presenta una ‘Y’ y uno tiene que adivinar o preguntarle a un fulano. El punto es que se tiene que confiar en que el transeúnte sea amable y que conozca algo.
El último tema, los peajes. Terrible me pareció que todos los peajes costaran un dólar, y algunos 1,50. Si consideramos que son carreteras de solo dos carriles, viene siendo como un atraco. Aquí en el Guayas seguimos en 25 centavos contra viento y marea.
Independientemente de que ahora hay iPod para acompañarlo a uno, creo que a nuestro país no le ha pasado un año. Ahí están las cascaditas, las indiecitas, los ochorrocientos miles de bananos, los gigantescos moteles fuera de Santo Domingo, el licor de colores en los pueblos, la melcocha mosqueada pero deliciosa, las decenas de preguntas de los menores de... ¿a qué hora llegamos?, la foto en el Panecillo, en la Mitad del Mundo, el empacho con fritada. Uno se vuelve a sentir niño. Más que un viaje a la capital es como un viaje al pasado.