Las revoluciones del planeta Tierra sobre su eje son constantes y aparentemente imparables. Todas las mañanas nos despertamos con la impresión de que las cosas siguen el mismo curso que el del día anterior, pero en realidad no es así: los efectos terriblemente cambiantes y devastadores de la presencia humana en la Tierra son impactantes. Basta navegar en la página www.poodwaddle.com para ver en vivo lo que en este preciso momento los hombres le estamos haciendo al planeta. En el “Reloj de la Tierra” se puede observar cómo las cifras aumentan rapidísimamente en varios índices: población mundial; incidencia de desnutrición, sida y cáncer; temperatura global; emisiones de dióxido de carbono; especies vivientes que se extinguen; tala de bosques y hectáreas desertificadas; producción mundial de basura…
Los relatos de terror ya no provienen de la ficción literaria y cinematográfica sino que los hemos instalado en nuestra propia casa ya que la vida está perdiendo la batalla contra la muerte. Y no se trata de las necesarias y trascendentes muertes individuales de todos nosotros sino del hecho no comprendido de que la Tierra será pronto un verdadero infierno inhabitable. Recientemente el biólogo Edward O. Wilson, nacido en 1929, publicó uno de los libros más bellamente estremecedores para advertir a la humanidad acerca del modo como hollamos el suelo que nos cobija. El libro La creación: salvemos la vida en la Tierra es un potente compromiso para defender la vida en lo que parece ser nuestra única morada. Todavía estamos a tiempo de emprender acciones positivas.
Según Wilson, la defensa de la naturaleza es un valor universal que no está marcado por ningún dogma ideológico, religioso o científico, pues es tarea de cada uno salvar la naturaleza viviente –la Creación– que se halla en riesgo. Con sabiduría demuestra que cada especie es una obra maestra de la biología que vale la pena conservar. Nos recuerda que las civilizaciones se desmoronan cuando el medio ambiente que las rodea las degrada. Nos propone hacer las paces con el planeta a partir de una mayor armonía entre los humanos y una mejora en la calidad de la vida social y familiar. Nos desafía para que modifiquemos ciertas costumbres depredadoras en la perspectiva de hacer durar al planeta de manera más cordial para que también lo disfruten los hijos de nuestros hijos y sus nietos.
Por primera vez la humanidad se ha convertido en una inmensa fuerza geográfica capaz de alterar la atmósfera y el clima de la Tierra: “Hemos diseminado miles de sustancias químicas tóxicas en todo el mundo; nos hemos apropiado del 40% de la energía solar disponible para la fotosíntesis y hemos aprovechado casi la totalidad de las tierras cultivables; hemos construido presas en buena parte de los ríos, elevado el nivel de los mares y, en este momento, estamos a punto de quedarnos sin agua potable”. Una tarea imprescindible de hoy es concertar modos más solidarios y equitativos del llamado buen vivir que se concreten a diario en favor del medio ambiente, en la práctica del reciclaje, en alternativas ingeniosas frente al consumismo y desperdicio infames... Las luchas políticas que tenemos que encarar van más allá de las disputas partidarias pues está amenazada la preservación de la vida misma.