Por la ineficacia demostrada por el Consejo Nacional Electoral (me apena por Carlos Cortez, a quien considero un ciudadano capaz y bienintencionado), no hay posibilidad de hacer ningún análisis serio de los resultados globales de los últimos comicios, aunque desde que estos se realizaron han transcurrido ya doce días. Con la sola excepción de la elección presidencial, no existen datos oficiales completos para ninguna dignidad en ninguna provincia. Simplemente desastroso. (Hasta ayer, según el portal web del CNE, habían sido escrutados solo el 78% de los votos para asambleístas nacionales y provinciales, 84% para prefectos, 79% para alcaldes y 46% para concejales urbanos).
Y ante la imposibilidad de hacer una interpretación de ese tema, comento el comportamiento curioso del electorado o las impredecibles variaciones que tiene la política ecuatoriana. Sabemos de sobra, pues han sido ampliamente comentadas, las ventajas que tenía Rafael Correa sobre sus adversarios en la carrera electoral al ejercer simultáneamente la doble condición de Presidente y candidato, pero no ha sido suficientemente analizado el hecho de que el electorado, después de cuatro años, vuelve a traer a primer plano a Lucio Gutiérrez a pesar de las barbaridades que hizo durante su mandato, entre las que destaca la ruptura del Estado de Derecho al apadrinar la defenestración de la Corte Suprema de Justicia, el nombramiento inconstitucional de una Corte de reemplazo unida a la materialización de acuerdos político/judiciales impresentables, para terminar destituyendo a los mismos ilegales magistrados que él contribuyó a nombrar. No hay mucha diferencia entre el menosprecio que demostró Gutiérrez al régimen jurídico, y lo que está pasando en el país desde hace dos años. Una interpretación podría ser –terrible por cierto para la democracia– que a la gente no le importa que sus mandatarios se salten las normas, pues hemos soportado con frecuencia y con diferentes matices, regímenes autoritarios.
Las recientes elecciones, la ineficiencia de los aparatos creados, la intolerancia que sigue su marcha, la inadmisión de un pluralismo que demuestre civilización y cultura, parecería indicar que el país está en el parvulario de su andar democrático, que nunca llegó ni siquiera al jardín de infantes o que si llegó, ha vuelto ahora a las aulas que los inventos pedagógicos ligados al dinero llaman “maternales” (ideadas para complacer a las madres jóvenes que quieren desprenderse del cuidado total de sus pequeños críos aunque sea por algunas horas). Así está la cultura política del país: en una edad en la que ni siquiera es capaz de controlar sus esfínteres.
A esa conclusión llegué al escuchar a un señor bastante mayor que intervenía en una radioemisora –de aquellas que tienen programas en vivo con micrófono abierto para que el público opine– cuando recriminaba en muy duros términos a Rafael Correa y a Lucio Gutiérrez por ofenderse recíprocamente con palabras ultrajantes para sus correspondientes familias, a pesar de que deberían ser ejemplos de pluralismo y tolerancia. Hay verbos que ambos, Correa y Gutiérrez, no aprendieron nunca a conjugar y por lo tanto ignoran su significado y contenido, como por ejemplo concertar.
La primera prioridad debería ser, desde el Presidente hacia abajo, asistir a un curso intensivo de educación para la ciudadanía, y aprender sus lecciones. A los ecuatorianos no nos va a matar el virus de ninguna gripe, llámese como se llame, sino el virus de la pobreza y el desempleo que continúa diezmando a la población mientras los políticos siguen, también desde el Presidente hacia abajo, preocupados intensamente en lanzarse estiércol a la cara, cuando lo sensato es consensuar. La revolución ciudadana –tal como sus ideólogos la han conducido hasta ahora– no requiere de contrarrevolucionarios para desaparecer.