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Edición del DOMINGO 3 de Mayo del 2009 EL UNIVERSO inicio e-mail
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¿Políticamente comercial? La televisión cuenta la historia
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Frank Langella (i) es Richard Nixon. El único presidente destituido en los EE.UU. Michael Sheen es David Frost, animador-conductor de televisión a la caza de la primicia de su vida.
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Carlos A. Ycaza | cicaza@eluniverso.com

El desafío Frost/Nixon es un magnífico y muy actual cine de tesis sobre la turbulenta relación de la televisión y la política.

Hay sorpresas para todos en la película Frost/Nixon del realizador Ron Howard. La primera debería ser la acertada dirección actoral y escénica del realizador, un ejecutor ecléctico de impactos taquilleros más o menos aceptables (uno de ellos: A beautiful mind) y megadesatinos más comerciales todavía (Código DaVinci).

La segunda es la singular adaptación de lo que fue una obra teatral a la compleja terminología cinematográfica, atributos encomiables. La ayuda de Howard en este aspecto se llama Peter Morgan, dramaturgo de Frost/Nixon.

Creo que Morgan es la auténtica revelación de la película. Sin ceñirse estrictamente al dato histórico, este escritor inglés se apega más a los tiempos en que se realizó el encuentro televisado (en cuatro partes) de David Frost (Michael Sheen), un popular y muy ‘pilas’ conductor-animador de programas de televisión en Australia e Inglaterra que busca su entrada a las grandes ligas con una primicia sin precedentes: la entrevista con el ex presidente Richard Nixon (Frank Langella).

Alrededor del encuentro de estas dos figuras está todo un circo de periodistas, asesores políticos, ejecutivos de televisión y relacionistas públicos que revolotean histéricamente, como si descubrieran en el evento las minas del rey Salomón o un repelente aborto financiero.

La destitución de Nixon en 1972 por su abuso de poder en el escándalo de Watergate y el hermetismo del personaje con la prensa se mantenían años después, hasta que Frost se arriesga y obtiene lo que ningún periodista de EE.UU. había conseguido: una transacción comercial (más de medio millón de dólares) por sentarse frente a frente con sus cámaras y grabar una entrevista exclusiva, sin siquiera tener una cadena de televisión asegurada para la transmisión. Eso venía después. Ninguna cadena había pagado por entrevistas periodísticas de personajes de la política, hasta ese momento.

El resultado es una historia tremendamente polémica y astutamente dramática. El rigor histórico es secundario, porque importan más sus fieras protagónicas: la narcisista y agresiva estrella de televisión y el engendro político. En Frost/Nixon ambos son recreados con una sensibilidad humana y realista, especialmente por sus dos extraordinarios actores, que iluminan facetas de ambos personajes con la profundidad requerida.

Este match de boxeo psicológico en el cuadrilátero de la historia adquiere una actualidad muy necesaria. La cultura mediática y la politiquería dominan el escenario mundial y hacen falta aportes creativos sobre las tristes verdades detrás de hechos aparentemente valederos que muy pocas veces llegamos a dilucidar –o a cuestionar– debidamente.


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