Además, el solo hecho de estar sobre este planeta es de por sí algo espectacular. No hay sitio de nuestro mundo que no sea fantástico, desde los desiertos más áridos hasta las nieves más blancas e inhabitables. Pero yo he escogido las islas encantadas como mi hogar, mi lugar de trabajo, y un distanciamiento saludable me ha hecho recordar que en efecto, este es un rincón maravilloso.
Desde el aire contemplo Seymour norte y Baltra, ambas islas planas, levantamientos del fondo del mar, con cabezas de corales inmensas en su interior, prueba de un pasado marino y profundo. El canal de Itabaca brilla con su turquesa intenso de siempre. El joven que maneja la gabarra para cruzarme a la isla Santa Cruz piensa que no soy de acá y detiene amablemente la barcaza para que yo pueda tomar la foto de un lobo de mar. ¡Y qué precioso lobo! Interrumpimos su sueño sobre una boya en pleno canal. No se inmuta con nuestra presencia, y parece complacido de posar ante mi cámara mientras el joven me proporciona toda una explicación sobre la historia natural de estas criaturas. ¡Qué simpáticos son los lobos! ¡Cómo los he extrañado!, ahora me doy cuenta que vengo de ver focas en Antártica, y tucanes en Centroamérica, pero no hay como los lobos marinos de Galápagos, al menos para mí.
Llego con los dedos cruzados a ver si alcanzo la erupción de Fernandina. Escucho mil descripciones. Dice el capitán Ernesto Toala que al principio se veía un río de 80 metros de ancho, que ahora son apenas cinco metros de un canal de roca fundida que fluye lentamente. Que se escucha el crujir de la lava al enfriarse con el mar. Que a tres millas de la costa se ve el cono enviando piroclastos al aire, que han llegado hasta los 200 metros de altura en erupciones furiosas. Yo escucho y aspiro a que Fernandina me espere. Que me faltan varios días hasta llegar al oeste. Sin embargo, aquí en Puerto Ayora la gente me cuenta que aunque no puede ver la erupción se ha maravillado con los atardeceres más hermosos, gracias a la ceniza volcánica en el ambiente. Dice Cindy Manning que desde su casa ha observado cómo el sol se llena de anillos, tal como si fuera el planeta Saturno, de colores rosa, rojo, naranja. Yo escucho, me transporto con sus palabras, me alegro de estar aquí, otra vez, en mis islas y sobre todo con la gente que quiero, mis amigos.
Y no solamente Fernandina que erupciona, hay mil cosas efervesciendo en el ambiente. Hoy cantan Los Ángeles Negros en el Parque del pueblo, y hace unos días se reunieron representantes de los cuatro países que han creado el corredor marino intertropical: Colombia, Costa Rica, Ecuador y Panamá. Se realizó un programa de capacitación para el manejo de esta inmensa área protegida de más de 800.000 hectáreas de mar que conectan la isla del Coco (Costa Rica), la isla Coiba (Panamá), Malpelo (Colombia) y las Galápagos, por donde migran y circulan cientos de especies pelágicas, tiburones, tortugas, cetáceos. Y estoy atenta, a que me cuenten todo, para compartirlo pronto. Además, en este momento se lleva a cabo aquí mismo, en Puerto Ayora, un taller de expertos para el análisis de la vulnerabilidad de la biodiversidad y bienestar humano ante el cambio climático. Se han reunido más de setenta representantes de varios países y el Ecuador, organizado por el Ministerio del Medio Ambiente, el Servicio Parque Nacional Galápagos, la Fundación Charles Darwin, WWF y Conservación Internacional.
He retornado a mi archipiélago con un volcán en erupción y una sociedad en búsqueda de respuestas y mejores caminos. Todavía hace calor y yo me derrito andando por las calles de Puerto Ayora, donde todo parece ocurrir al mismo tiempo. ¡Qué maravilloso ha sido volver a mi archipiélago en plena erupción!