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Edición del DOMINGO 3 de Mayo del 2009 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Sensualidad y cocolón
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El delicioso llapingacho ‘Monstruo de los Andes’ en el restaurante Cocolón de Samborondón.
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Texto: Epicuro | epicuro@eluniverso.com

Estamos hablando de cosas serias. Visité, obviamente,  aquel restaurante Cocolón, ubicado en la avenida principal de la ciudadela Entre Ríos.

Me topé con un llapingacho superlativo bautizado como Monstruo de los Andes, hecho con tortillas de tamaño familiar saltadas en manteca de chancho, rellenas con queso fresco, cubiertas con huevo frito, salsa de maní, lechuga, servido con arroz amarillo, chorizo ambateño.

Visiten este sitio si ya no lo han hecho. Reina allí la informalidad, pero la decoración ha sido pensada con intuición, buen gusto. Tiene que haber una mano femenina  en aquel arreglo. Olvidé preguntar, pero las cucharas rústicas, las ollas superestrenadas, las cacerolas nos transportan al mundo de la novela Como agua para chocolate o donde Afrodita, de Isabel Allende.

Porque la cocina ecuatoriana es sensual, atrevida, gráfica, lo que nos vale un lomo pícaro (con pimienta). El locro de papas está en su punto, el maduro con cuatro quesos luce tentador, desde luego los chicharrones no faltan. Muchines, empanadas de viento, humitas, ¿qué más podrían desear? Quizás se dejen seducir por el chupe de pescado. Aun cuando puedan “chupar” una cerveza bien fría, la palabra chupe viene del quechua, recuerdo del imperio Inca.

En todo caso, desde la edad en que nos chupamos el dedo  hasta llegar a  la época de las connotaciones sensuales, estamos hablando de palabras de alto poder sensual. La cocina ecuatoriana es bastante erótica,  piensa Epicuro mientras saborea canastitas de maduro rellenas con pollo, camarones, queso, un lomo “cara de tuco”. El caldo de bagre y el de criadillas han creado leyendas pintorescas, pero no están en el menú.

El sango es un  poema gastronómico. En mi casa preparan el de camarones con choclo tierno, algo de comino. En Cocolón podrían alternar el sango con un seco de chivo. De viernes a domingo es la fiesta para quienes buscan el caldo de  manguera o de patas. Si se atreven a   pedir un bolondrón, lleven a alguien que tenga  buen apetito porque de lo contrario se quedarán a media talla. Me parece que semejante bolón (palabra ya aumentativa) alcanza para cuatro personas.

Cocolón es un sitio simpático con sonrisa de Juliana incluida en la bienvenida. Nos atendió Javier. Reconozco a estos chicos que pasan de un restaurante a otro. Lo conocí, si no mal recuerdo, en El Chalán. Sé que me preguntarán acerca de la guatita, la fritada, la carne apanada, el arroz con menestra de lentejas: todo eso está allí. De una vez pidan el moro que llega con carne, pollo, chuleta o  pescado.

Cocolón, pensando en los vegetarianos, propone arroz con menestra (carne de soya), lomo de soya a la pimienta, moro, cebiche de palmitos. Rescatar la cocina local es obra que requiere amor y dedicación. Rosa Falconi Johnson insiste en que el secreto de muchos platos nuestros estriba en la calidad del refrito. Jenny Estrada añora especialidades que desaparecieron mientras abundan los perros calientes y las hamburguesas. Que vuelvan la resbaladera, la chicha de jora (el pintor Jaime Villa sabe dónde las elaboran).

Nuestra cocina combina mejor con la cerveza que con el vino aun cuando aquellas botellas de Paradoja Malbec-Cabernet Sauvignon, de Bruma, de Chardonnay, podrían encontrar ahí buena ubicación. Estos vinos  no se hallan por lo pronto en ningún lugar, mas entrará a la venta en octubre la cosecha del 2007. Epicuro se solaza con el 2006 que atesoró amorosamente en su bodega. Recibí un tremendo correo de quienes ansían probarlo. David Samaniego  no vaciló en ir hasta San Miguel del Morro por inciertos caminos: disfrutó el viaje, se volvió fanático de aquel Malbec, pero no encontró allá las apetecidas botellas.


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