La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) escogió el 23 de abril de cada año como el día para celebrar a los libros y sus autores. El día fue escogido para honrar el fallecimiento de Cervantes y Shakespeare, aunque hay ciertas dudas sobre la fecha.
En todo caso, si bien los libros –como muchos otros productos de nuestra cultura– merecen celebrarse no en una fecha determinada sino todos los días, el que haya uno en especial para hacerlo probablemente sirva para recordar que ellos mismos, los libros, en ocasiones son los protagonistas y ejes centrales de otros libros, especialmente de novelas.
En el El nombre de la rosa, de Umberto Eco, por ejemplo, la biblioteca de la abadía se transforma en el espacio principal de la trama, pues en ella hay un libro que puede corromper el espíritu humano y hasta llegar a matar a quien lo lee. En La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón, los libros también están presentes.
El héroe del relato encuentra en el Cementerio de los Libros Olvidados uno que le cambiará la vida para siempre. El narrador del cuento Biblioteca de Babel, de Jorge Luis Borges, es un anciano dedicado a buscar, en el laberinto de una biblioteca infinita y caótica, un libro que, según él, contiene el secreto del mundo. Y si queremos irnos bastante más atrás, el propio Cervantes construyó su Don Quijote sobre una reflexión del potencial que tienen los libros para volvernos locos.
Los libros también aparecen en otros libros como contrapunto del poder. Lo vemos en Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. El protagonista trabaja en una brigada encargada de quemar todos los libros de un país, pues el gobierno ha prohibido terminantemente la lectura. Y es que ella incita a pensar, lo que a su vez puede provocar tristeza. Algo que no está permitido. Un grupo de rebeldes decide resistir aprendiéndose de memoria todos los libros, desde La divina comedia hasta La isla del tesoro.
Otro caso es el de Leer Lolita en Teherán, un estupendo libro de Azart Nafisi (1955), cuya primera edición en español salió en 2002 y una reedición en 2008, en ambas ocasiones por la editorial El Aleph. Basado en hechos reales, la autora del libro narra su decisión de renunciar en 1995 a la cátedra de literatura en la Universidad de Teherán, para no someterse a los “guardias de la moral” que le exigían el uso del velo.
La protagonista optó, entonces, por reunir a seis de sus alumnas en su casa, todos los jueves por las mañana, para leer y comentar algunas de las novelas occidentales que el régimen teocrático de los ayatolás había prohibido.
Lo interesante del libro es observar la evolución que va ocurriendo en las chicas a medida que avanzan las sesiones de lectura. En un inicio, prácticamente ningunas de ellas hablaba, sino que se limitaba a escuchar temerosamente a Nafisi.
Pero luego, poco a poco, las estudiantes comenzaron a expresarse con más y más libertad. Primero lo hicieron con respecto a las obras que leían y sus autores, como las de Henry James, Jane Austen, Francis Scott Fitzgerald o Nabokov. Estas discusiones, a su vez, las llevaron a comenzar a expresar ellas mismas sobre sus sueños, frustraciones y promesas.
En libros como Lolita, de Vladimir Nabokov, las chicas iraníes encuentran una fuente de liberación en ese mar de tiranía social que el poder político había implantado en su país. Algo para tenerlo presente en estos días.