A fines de diciembre, Marissa Mayer estaba vacacionando en África cuando su jefe, Jonathan Rosenberg, le envió un correo electrónico preguntándole si dejaría Google. No era una pregunta de rutina. Como guardiana de la página de inicio de Google, y uno de los rostros públicos más ubicuos y estrechamente observados de la compañía, Mayer controla la apariencia, sensación y funcionalidad del motor de búsqueda de tráfico más pesado en internet. Los rumores de su posible partida habían cundido en la blogosfera y en oficinas de todo el Valle del Silicio.
Nada de ello era cierto, le aseguró a Rosenberg. Y Mayer, que es la empleada Nº 20 de Google y la primera ingeniera de la compañía, sigue diciendo que no se irá; dice que se ha apartado de su costumbre para informar a los fundadores de Google, Larry Page y Sergey Brin, así como al director ejecutivo, Eric E. Schmidt, que permanecerá en su puesto.
“No podía haber nada más alejado de la verdad”, señala del chisme sobre su partida. “Me hizo darme cuenta de que la gente no me comprende”.
La gente quizá no comprenda a Mayer, pero como la ‘chica’ en una de las compañías más candentes del mundo es muy difícil pasarla por alto. Invitada popular en programas televisivos noticiosos y de entrevistas, fanática de Google a menudo citada en la prensa, y una presencia frecuente en el escenario social de San Francisco, es el raro caso de un ejecutivo que se ha convertido, al menos en el mundo en ocasiones enclaustrado de los expertos en computación, en una celebridad.
Como tal, ha atraído la atención y, en algunos casos, provocado irrisión en el último año por acciones como crear hojas de cálculo para encontrar la receta perfecta para los panquecitos, asistiendo a fastuosas galas de ballet, arte y moda, pagando 60.000 dólares en una subasta de caridad por almorzar con Oscar de la Renta y siendo anfitriona de fiestas a las que todos se mueren por acudir en su penthouse de 5 millones de dólares encima del hotel Four Seasons, en San Francisco.
Su estilo de vida a plenitud parece muy poco característico del Valle del Silicio, pero al mismo tiempo perfectamente en sincronía con lo que representa Google. “Me niego a ser estereotipada. Pienso que es muy cómodo para la gente ponerme en una categoría. ¡Oh!, es una chiquilla tierna a la que le gustan la ropa y los panqueques. ¡Oh!, pero espera, está pasando sus fines de semana dedicada a la electrónica”.
Sin embargo, pese a la frivolidad que pudiera adjudicársele, Mayer, de 33 años, desempeña un papel clave y serio en Google. Casi todas las nuevas características o diseño, desde el lenguaje en una página de Google hasta el color de una barra de herramientas de Google, debe pasar por su aprobación, o legiones de usuarios de Google nunca lo verán. Es uno de los pocos empleados de Google con acceso libre e influencia sobre Brin y Page.
Cuando Mayer se unió a Google después de graduarse con un título de maestría en ciencias computacionales de Stanford en 1999, la compañía era una nueva empresa donde nadie esperaba enriquecerse rápidamente, ya no digamos volverse multimillonario.
Empezó escribiendo códigos y supervisando a pequeños equipos de ingenieros, labrándose un nicho, desarrollando y diseñando los ofrecimientos de búsqueda de Google.
Ingeniera de corazón, también tenía algo que muchos de sus colegas no tenían durante los primeros días de Google: un agudo sentido del estilo y el diseño. Adoraba los bloques audaces de color contra el fondo blanco, muy similares a los estampados de Marimekko que alguna vez colgaron en su casa familiar en Wisconsin. Su penthouse de San Francisco tiene una estética similar, pero más costosa. Está pintado de tonos neutros y decorado con obras de arte en cristal imaginativas y de tonalidades múltiples de Dale Chihuly.
La página de inicio de Google –blanco austero bordado de salpicaduras de azul, rojo, amarillo y verde– refleja su casa en Wausau y su penthouse. “Me acostumbré a que la gente llegue a mi departamento y diga: ¿Tu departamento luce como Google o Google luce como tu departamento?”, dice con una fuerte carcajada que le ha hecho tener sus propios seguidores en el Valle del Silicio. “No puedo explicarlo. Realmente me encanta el color. No soy muy dada a las chucherías ni al desorden. Mi espacio tiene líneas muy limpias y simples. Hay algunos elementos de diversión y banalidad. Eso siempre me han atraído”.
Como vicepresidenta de productos de búsqueda y experiencia del usuario, Mayer ha enlazado sus gustos personales con la habilidad para manejar a sus jefes, incluyendo la capacidad para comunicarse fácilmente y defender ideas ante Brin y Page, quienes también son sus amigos.
Desde que se unió a Google ha introducido más de 100 productos y características, muchos de los cuales han prosperado: Google News, Gmail e Image Search, por ejemplo. Otros, como Orkut, han tenido más dificultad para hallar un público en Estados Unidos.
“Ella es un catalizador de ideas ganadoras”, dice Rosenberg. “Marissa ha estado durante la evolución del manual de Google. Es parte de la autoría. Eso es muy importante porque comprende la estética de diseño de Google”.
En reuniones con subordinados, Mayer se muestra como un celoso editor o un meticuloso maestro de arte que corrige a estudiantes de primer semestre. Con tantos nuevos reclutas, razona, alguien tiene que enseñarles cómo Google hace las cosas.
Los lineamientos se sacan, dice, de una veintena de experimentos internos para medir las preferencias de los usuarios. Evitar los pronombres en primera y segunda persona. Siempre escribir “Google” en vez de “nosotros”. Si se quiere simplificar el diseño de la página, quitar uno de estos: una tipografía, un color o una imagen. No cambiar de tiempos. Y evitar las cursivas porque son difíciles de leer en una pantalla de computadora.
Mayer supervisa a 200 gerentes de producto que a su vez controlan a 3.000 ingenieros, o más del 10% de la fuerza laboral de Google. Dada su larga relación con los fundadores de Google y Schmidt, se ha convertido en una especie de caja de resonancia para otros gerentes, algunos de ellos rutinariamente acuden a su oficina.
Los estudiosos de la cultura de Google se preguntan si Mayer y su estilo de administración florecería fuera del mundo aislado donde su tenacidad y curiosidad reflejan a la compañía misma. “Evidentemente ella tiene lo que se necesita para ser una gerenta grandiosa en Google, pero no sé si eso se traduzca en ser una grandiosa gerenta en Hasbro”, indica John Battelle, autor de The Search: How Google and Its Rivals Rewrote the Rules of Business and Transformed Our Culture (La búsqueda: Cómo Google y sus rivales reescribieron las reglas de los negocios y transformaron nuestra cultura).
Cualquier transición también pudiera ser particularmente desafiante, ya que las reputaciones de Mayer y otros contratados al principio están muy estrechamente entrelazadas con la compañía. “Uno se siente cómodo siendo rico, atrayendo la atención y viviendo en la burbuja”, señala Battelle. “Será interesante ver en qué momento declaran ¿quién soy?, según su definición, no la de Google”.