Don Walt también lo hizo cuando vivía. Como para hacernos profundizar más realísticamente sobre las verdaderas vidas de algunos de sus héroes animados –ratones, patos, venados, elefantes y mil etcéteras–, el genial mentalizador de Disneylandia se lanzó a la producción de The true life adventures (Aventuras de la vida real), documentales producidos a partir de 1948, una gestión que décadas después fue olvidada por sus marketerísmos sucesores, porque los resultados comerciales eran desastrosos y el fundador dejó de exigirles sus responsabilidades ecológicas visionarias cuando falleció en 1966.
El acto de contrición por esa ausencia se llama La Tierra, un largometraje documental estrenado en plena crisis de calentamiento global, donde nuestro planeta está más amenazado que nunca por la irresponsabilidad de sus propios habitantes. Producido durante cinco años en 26 países, reclutando lo que parece una tropa ilimitada de documentalistas británicos alrededor del mundo, el filme sigue el patrón de la recordada serie Planeta Tierra de la BBC. Digo que “sigue” pero más bien debería decir se inspira, porque la parte didáctica –que en la televisión británica es lo más preponderante– ahora cede el paso al flash Disney, donde lo que domina es el espectáculo visual.
En esto La Tierra es extraordinaria, por el detallismo de una tecnología moderna que permite procesos que antes eran imposibles. Así, el lapso del tiempo se rompe y nunca es un impedimento para dramatizar la narrativa central. El enfoque es a grupos familiares de varias especies: la osa polar y sus dos retoños, la elefanta y su pequeño elefante, la ballena jorobada y su recién nacido ballenato. El ciclo de vida que estos seres ilustran es impresionante: para sobrevivir al calentamiento global que altera diametralmente sus vidas ellos deben adelantar sus procesos migratorios en busca de los escenarios donde puedan continuar su vida.
Estos largos peregrinajes se alternan con la vida de la naturaleza a su alrededor, junto a las amenazas más terribles. En una increíble filmación nocturna, una manada de hambrientos leones ataca a los elefantes pequeños, que son resguardados por sus padres y madres, amurallados para protegerlos. En el mar, la amenaza mayor de las ballenas es el inmenso tiburón blanco, que en cámara lenta se traga a las focas. Pero ojo: La Tierra va especialmente a los niños y el realismo de estas secuencias nunca es mórbido. Esas filmaciones merecen al final un divertido homenaje durante los créditos, donde vemos muchos de los procesos en la producción y sus problemas.
“Cuando uno reencuentra la vida salvaje, cuando se vuelve a la naturaleza, resulta siempre tan estimulante como lo fue la primera vez”, dice Alastair Fothergill, director del documental. Por eso es necesario respirar en familia estos aires cinematográficos. Lo que vemos en La Tierra se liga directamente al futuro de la humanidad y sus protagonistas solo nos enseñan que el núcleo familiar no somos solamente los que vivimos en el hogar sino todos los seres en nuestro entorno.