Según lo que todos cuentan, mi abuelo Nathan tenía ambiciones cómicas que no le resultaban. Sin desanimarse, siempre llevaba unas cuantas tarjetitas en blanco en su bolsillo, para que cuando oyera un buen chiste, tuviera dónde anotarlo.
Cómo deseo haber sabido dónde guardó Nathan el montón de tarjetas.
Como muchas personas, no puedo recordar un chiste. Escucho o leo algo jocoso, me río lo bastante fuerte para avergonzar a todos los demás en la biblioteca y luego instantáneamente olvido todo al respecto, excepto el hecho, siempre popular en torno a la mesa del comedor, de que “escuché un chiste grandioso hoy, pero ahora no recuerdo cómo iba”.
Para los investigadores que estudian la memoria, la facilidad con la cual las personas olvidan los chistes es una de esas peculiaridades, esos pequeños patinazos sobre la corteza neuronal, que terminan revelando una cantidad sorprendente sobre la arquitectura subyacente de la memoria.
Y hay muchos otros ejemplos similarmente reveladores de la banalidad y mal gusto de la memoria, como por qué uno olvida el cumpleaños de su cónyuge pero llega al lecho de muerte recordando cada palabra de la canción de una mala serie de televisión. Y por qué uno debe partir una serie de datos como un número telefónico en trozos manejables y predecibles para recordarlo y se desmorona si está en Gran Bretaña y oye leer los números como “doble cuatro, doble tres”. Y por qué nuestros esfuerzos para cubrir una repentina falla de memoria preguntando a los compañeros “hey, ¿cómo se llama ese actor que protagonizó la película que vimos el viernes?”. Bien podrían fallar, porque (¡qué amigos tan inútiles!) ahora también lo han olvidado.
Bienvenido al cerebro humano
Al explicar la memoria humana y sus tics, Scott A. Small, un neurólogo e investigador de la memoria en Columbia, sugiere la familiar analogía con una memoria de computadora.
Tenemos nuestra versión de un buffer (memoria intermedia), dijo, una memoria funcional a corto plazo de alcance limitado y rápido índice de rotación. Tenemos nuestro equivalente de un botón guardar: el hipocampo, en lo profundo del prosencéfalo, es esencial para traducir los recuerdos de corto plazo en una forma más permanente.
Nuestros lóbulos frontales realizan la función de encontrar, recuperar los archivos guardados para adornarlos como sea necesario. Y aun cuando los científicos creían que los recuerdos a corto y largo plazo se almacenaban en partes diferentes del cerebro, han descubierto que lo que realmente distingue el duradero del pasajero es cuán fuertemente se grabe el recuerdo en el cerebro, y el grosor y complejidad de las conexiones que vinculan a grandes poblaciones de células cerebrales. Entre más profundo el recuerdo, más pronta y vigorosamente se disparará un conjunto de neuronas similares.
Este proceso, de la formación del recuerdo por la incorporación neuronal, ayuda a explicar por qué algunos aconteceres de la vida se escabullen fácilmente al interior y luego se niegan a ser recuperados. La música, por ejemplo.
“El cerebro tiene una fuerte inclinación a organizar la información y la percepción en patrones, y la música favorece esa inclinación”, dijo Michael Thaut, profesor de música y neurociencia en la Universidad Estatal de Colorado. Desde una perspectiva acústica, la música es un lenguaje sobreestructurado, el cual el cerebro inventó y el cual al cerebro le encanta escuchar, agregó.
Una melodía simple con un ritmo simple y repetición puede ser un tremendo dispositivo mnemónico. “Sería una tarea virtualmente imposible que sus hijos memorizaran una secuencia de 29 letras separadas si se les diera como una serie de información”, dijo Thaut. Pero cuando el alfabeto se adapta a la melodía de la canción del ABC con sus cuatro frases melódicas, los preescolares lo pueden aprender fácilmente.
¿Y qué son los más insidiosos jingles o temas de televisión sino variaciones ingeniosas de esos temas simplistas?
Realmente los chistes grandiosos, por otra parte, funcionan no adaptándose al patrón de las rutinas de reconocimiento sino subvirtiéndolas.
“Los chistes funcionan porque abordan lo inesperado, empezando en una dirección y luego desviándose a otra”, dijo Robert Provine, profesor de psicología de la Universidad de Maryland, condado de Baltimore, y autor de Laughter: A Scientific Investigation (La risa: una investigación científica). “Lo que hace exitoso un chiste son las mismas prioridades que pueden hacer que sea difícil de recordar”.
Esto quizá también explique por qué los chistes que tendemos a recordar a menudo son los más estereotipados. ¿Un chiste de suegras? Sí, lo tengo listo y etiquetado.
Los investigadores de la memoria sugieren razones adicionales de que los chistes grandiosos eludan la captación común. Daniel L. Schacter, profesor de psicología de Harvard y autor de The Seven Sins of Memory (Los siete pecados de la memoria), dijo que hay una gran diferencia entre el recuerdo al pie de la letra y todos los detalles de un acontecimiento y el recuerdo esencial de su significado general.
“Los humanos somos bastante buenos con el recuerdo esencial, pero tenemos dificultad para ser exactos”, indicó. “Aunque las anécdotas pueden contarse en líneas generales, los chistes viven o mueren por los matices, la precisión y la oportunidad. Y aunque la excitación emocional normalmente mejora la memoria, termina erosionando más la atención de uno que una floritura sensacional. “Emocionalmente el material excitante llama la atención hacia un objeto central”, dijo Schacter, “pero puede dificultar recordar los detalles periféricos”.
Aunque puede ser frustrante olvidar algo nuevo, es peor olvidar algo que uno ya sabía. Los científicos se refieren a esto como el fenómeno de la punta de la lengua, cuando uno sabe algo pero no puede decirlo, y entre más se intente, menos acatadores se vuelven los archivos.
Es un desorden tan virulento que cuando se pide ayuda a los amigos, uno puede desencadenar la llamada amnesia infecciosa. Detrás de la atadura de las lenguas están los nervios demasiado delicados de los lóbulos frontales de nuestro cerebro y su sensibilidad a la ansiedad y las hormonas de combate o fuga. Los lóbulos frontales que revisan los recuerdos almacenados y desempeñan otras tareas cognoscitivas más elevadas tienden a cerrarse cuando el cerebro inferior percibe peligro y demanda que la energía cambie de dirección.
Por esa razón, la ansiedad puede ser el peor enemigo de quien presente un examen. Esa es también la razón de que uno recuerde el frustrante hecho olvidado más tarde esa noche, en la tranquilidad de la cama.
Los recuerdos pueden fortalecerse con el tiempo y la práctica, práctica, práctica, pero si hay una parte del sistema que se resista al mejoramiento, son nuestros buffers, el tamaño de nuestra memoria funcional en la cual pueden ser almacenados temporalmente algunas cosas. Mucha investigación sugiere que podemos conservar en la memoria a corto plazo solo entre cinco y nueve tramos de datos a la vez.