Por correo electrónico llegan unas palabras llenas de alegría. “Nosotros ya estamos de vuelta en Fort Lauderdale (Florida). Nos recibieron en el club con pitos, banderas, gritos, aplausos... Los chicos me dijeron: Juan, ¡nunca nos vamos a olvidar de este logro y de este recibimiento! Todos estábamos supercontentos. Como siempre, les dije a mis chicos que lo más importante no es enfocarse solo en los resultados, sino dar siempre lo mejor de uno, porque con el tiempo se verán los logros y tendrán lo mejor de todo, que es la satisfacción y la tranquilidad de haber hecho su mejor esfuerzo. Esto también lo aplico en mi vida personal”.
Así explica Juan Carlos Romero la satisfacción de su equipo al haber ganado la Copa de Naciones en el reciente 37º Torneo Sudamericano de Optimist, especialidad velerismo, para niños de 8 a 15 años. Esa Copa fue disputada por los equipos invitados fuera de Sudamérica. Bermudas y Antillas Holandesas quedaron en segundo y tercer lugar, respectivamente.
SATISFACCIÓN Y TRANQUILIDAD
“Siempre hay que dar lo mejor de uno, porque con el tiempo se verán los logros y tendrán lo mejor de todo, que es la satisfacción y la tranquilidad de haber hecho su mejor esfuerzo”. Esa filosofía de vida ha llevado a este guayaquileño de 33 años a destacarse internacionalmente como entrenador de veleristas.
El escenario de este reciente logro, el Salinas Yacht Club, es el mismo que lo vio iniciarse en esta actividad cuando tenía 12 años, entusiasmado porque la practicaba su primo Daniel Romero.
“Este deporte no es muy físico, pero sí de resistencia. Es muy cerebral también, requiere tomar decisiones, saber anticiparse a las condiciones del viento, predecir qué sucederá. Si el agua está glass (vidrio, en inglés), como un espejo, significa que no hay viento, pero si la superficie luce oscura, quiere decir que el viento está agitando el agua. Uno se la juega buscando el viento. Allí se aplica la estrategia”, indicó cuando lo conocimos en el muelle del Salinas Yacht Club en medio de la agitación, porque sus dirigidos iniciaban su participación en la competencia.
Los quince chicos de la selección de Estados Unidos se preparaban para ingresar con sus pequeñas embarcaciones al agua, mientras Juan Carlos hacía un recuento de cómo pasó de ser un adolescente velerista para convertirse luego en competidor, posteriormente en entrenador de deportistas ecuatorianos y, desde el 2005, del equipo norteamericano.
DE SALINAS A FORT LAUDERDALE
Su afición y habilidad como velerista optimist lo transformó en el entrenador de los equipos de los colegios Balandra y Alemán Humboldt, en Guayaquil, además del Salinas Yacht Club y del Puerto Lucía Yacht Club, entre otras entidades nacionales.
Desde los 19 años se volvió entrenador del equipo de Ecuador, con el que obtuvo en el 2004 su mayor logro al alcanzar el tercer lugar del mundo, además de que uno de sus miembros, Édgar Diminich, quien entrenaba directamente con Juan Carlos, fue coronado campeón sudamericano.
En uno de los viajes con el equipo de Ecuador a un Sudamericano en Perú hizo contactos para realizar clínicas en Estados Unidos, las cuales son cursos de entrenamiento intensivo. “Me contrataron para dar algunas clínicas en Manchester, Massachusetts, Sarasota, St. Petersburg y Virginia. En este último club también asistían chicos de otras ciudades, es así que David Houck, capitán de la flota Sub 15 del Annapolis Yacht Club, me ofreció trabajar en ese club, lo cual me pareció un reto muy interesante ya que Annapolis (Maryland) es reconocida como la Capital de la Vela en Estados Unidos”, explica Juan Carlos, quien en el 2005, gracias a los resultados obtenidos durante un año en regatas por todo el país, fue seleccionado de entre todos los entrenadores de Estados Unidos para hacerse cargo de la selección nacional.
Luego de tres años trabajando para el Annapolis Yacht Club, recibió una propuesta para ingresar al Lauderdale Yacht Club, en donde labora actualmente como entrenador. Sin embargo, comparte su tiempo y esfuerzos con los chicos de la selección de Estados Unidos, con quienes participará en junio en un torneo internacional en República Dominicana y en agosto estarán en el Mundial de Optimist en Brasil.
Su esposa, la guayaquileña Viviana Vega, y sus padres son la mayor inspiración que tiene para seguir “navegando” en esta profesión que respira profundo el viento costero, acepta con humildad el ritmo del oleaje y premia con alegrías a quienes dan su mejor esfuerzo buscando aquel brillo mágico que regala el océano. (M.P.)