Si leer es un placer, este placer es mayor cuando no se invierte un centavo. Mi padre, quien falleció hace más de cuatro años, pero que me acompaña siempre, con humor solía decir: “Ese es el precio que me gusta”. Era la frase que pronunciaba cuando algo le salía gratis o a menor costo.
Una de las canciones del cantautor argentino Alberto Cortez dice: “A mis amigos les adeudo la ternura y las palabras de aliento y el abrazo”. Yo agrego que les adeudo las lecturas y los nombres de escritores que, conversación tras conversación, a lo largo del tiempo, me han ido revelando. Antes, el uso de internet entre nosotros no era tan frecuente, y enterarse de lecturas y conseguirlas no era tarea fácil. Ahora casi todo está al alcance de una tecla, pero aun así, el “radio bemba” literario no pasa de moda.
A las Margaritas de Francia (la Yourcenar y la Duras) llegué a mediados de los años noventa, por la pasión con que hablaba de ellas un amigo que me prestó varios de sus libros, los que luego comentamos entre cafés y bromas. Veo ahora esa época como una etapa fundamental de iniciación y aprendizaje. Él falleció el año pasado y aún echo de menos su entusiasmo, sus conversaciones sobre autores, su erudición y su amistad.
Otro amigo, que con frecuencia viaja al exterior, siempre trae en su maleta uno o varios libros para mí. En su último viaje a México me trajo tres obras de Rosario Castellanos. A Antonio Tabucchi me lo presentó una amiga periodista. Me enganché con dos de sus obras que tienen como protagonistas a periodistas. Llegaron a mis manos vía préstamo. Se titulan Sostiene Pereira y La cabeza perdida de Damasceno Monteiro.
Ambas novelas se desarrollan, al igual que algunas otras de este escritor, en Portugal. Están cercanas a la trama policial y tienen como telón de fondo la historia política, los problemas sociales y la corrupción.
La primera (Sostiene Pereira) está escrita como un parte. Pereira es un viudo solitario de mediana edad, redactor de la página cultural del periódico Lisboa, quien entabla amistad con Monteiro Rossi, un joven revolucionario que es asesinado. Pereira es llevado a los tribunales y sometido a una larga investigación, con la cual se elabora un expediente. La obra tiene como escenario el Portugal de finales de la década de 1930, en plena dictadura y totalitarismo.
En La cabeza perdida de Damasceno Monteiro el escenario es Oporto y el protagonista, un joven periodista a quien le asignan la cobertura de un hecho de crónica policial: el hallazgo de la cabeza de un hombre en un barrio habitado por gitanos.
Recuerdo bien estas novelas, como si recién las hubiera terminado de leer, aunque en realidad ha pasado algún tiempo. De Tabucchi leí luego un pequeño relato que se titula Los tres últimos días de Fernando Pessoa. Y de ahí lo perdí de vista.
Hace poco visité la casa de mi amiga y revisé su biblioteca. Allí estaban, ordenados, en fila, esos dos libros que recuerdo tanto. Y, además, nuevos ejemplares de Tabucchi que yo no había leído. Le pedí prestado uno: Tristano muere, que he empezado a leer. Noto que tiene un tono distinto a las obras que conocía de este autor. Es una obra hondamente reflexiva. El protagonista hace una especie de balance final, en el ocaso de una vida. En primera instancia me ha recordado a Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar. Tendré que terminarlo para tener una visión íntegra. Y retornar el libro a su propietaria. En esa biblioteca, seguramente, me esperan nuevos títulos. Y un café.