Tema sensible pero esencial para la convivencia armónica y el bienestar social: el perdón.
Me ha impresionado la afirmación de un diplomático y místico sueco (1960) en su diario personal: “el perdón rompe la cadena causal” porque toca un punto vital para acabar con el círculo vicioso de la ofensa que produce rencor, resentimiento u odio; el odio que genera violencia y esta a su vez más odio y venganza: el pan nuestro de cada día en la sociedad violenta que vivimos.
Ocurre en todo tipo de relaciones interpersonales, porque nos olvidamos completamente de esa cualidad del corazón humano que es el perdón; porque anteponemos el orgullo que nos impide reconocer nuestros errores y autoperdonarnos; o porque nos hundimos en la culpa y a veces en el miedo de aparecer como débiles si perdonamos o de ser humillados o rechazados si solicitamos el perdón.
Existen muchos prejuicios respecto de perdonar y ser perdonado. De ningún modo consiste en reprimir las emociones y sentimientos que despierta una ofensa o error como si este no hubiera existido. Pero, cuando nos aferramos tercamente al resentimiento perdemos la capacidad de ver algo positivo o bueno en la persona que nos ofendió y solo lo medimos bajo el lente del agravio cometido.
El agraviado se confunde y ofende también al reducir a las personas a sus errores, porque, sin duda, todos los seres somos más que nuestras equivocaciones, tenemos también muchísimos aciertos.
Aprender a perdonar libremente y no cargar pesos inútiles que nos esclavizan e impiden amar y ser felices es aprender a pasar las páginas y dejar atrás el rencor que solo sirve para crear abismos y envenenar la vida.
Perdonar no significa dejar a un lado la defensa de nuestros puntos de vista y derechos… eso tampoco es saludable. Es un proceso personal y de diálogo, a veces largo, porque mientras mayor es la ofensa, más tiempo necesita la herida para cicatrizar y sanarse…
Una ofensa no sale de la memoria por arte de magia. Habrá circunstancias que nos la recuerden hasta que deje de constituir un tormento… y sintamos en nuestro corazón que hemos perdonado completamente.
Para librarnos de los rencores no es imprescindible que el ofensor pida perdón. Tal vez jamás lo haga, incluso porque ya no vive, está lejos o no es consciente de su culpa…
Sin embargo, en el ámbito familiar el arrepentimiento es necesario para recuperar las buenas relaciones y la confianza, restaurando la paz y la concordia.
Dice un autor católico que nuestro mundo necesita urgentemente de perdón, es la manera como puede reencontrar su rostro humano y armonizarse con la creación entera.
¿Después de esta campaña política tan agresiva, los elegidos y perdedores podrán perdonarse y aceptar sus diferencias con el fin de propiciar gestiones de conciliación y consenso que nos beneficien a todos?