Spielberg debe estar preocupado. Lo mismo que los hermanos Wachowski. Son realizadores emblemáticos en una industria de proyectos descomunales, donde siempre hay algo de vanidad autoral para no meterse en nada que no bordee los 200 millones de dólares y mande a altos ejecutivos de los estudios a sus cardiólogos. Indianajonesados y matrixados, ellos se han quedado atrás. Es un director alemán con una sensibilidad muy especial hacia las experiencias enriquecedoras de los movimientos cinematográficos europeos el que toma la batuta y refuerza vigorosamente un género en franco declive.
A los 44 años, Tom Tykwer tiene detrás una de las películas de culto más influyentes del cine actual: Corre, Lola, corre (1998). Esa energética fusión de adrenalina artística en un ritmo cinematográfico ligado a thrillers de los grandes maestros perfiló las inquietantes visiones posteriores. En el cielo (2002) se filmó con un guión póstumo del polaco Kristofer Kieslowski y El perfume (2006) adaptó la célebre novela de Patrick Süskind. En The International, Tykwer vuelve a sus raíces primarias: un hipercinema donde el acelere de la trama nos empuja con la fuerza de trepidantes imágenes creadas por el director de fotografía Frank Griebe.
En la investigación que hace un agente de Interpol (Clive Owen) sobre las maquiavélicas maniobras de un gran banco multinacional, involucrado en millonarios negociados de armas a países del tercer mundo, los escenarios también son parte de la acción. Berlín, Milán, Nueva York, Lyon, Estambul, son mostradas en perspectivas arquitectónicas que parecen hacernos reflexionar sobre las resbalosas y ambiguas personalidades vinculadas a hechos criminales, donde “cada conflicto mundial es una deuda financiera”", dice Calvini (el actor Luca Giorgio Barbareschi), político amenazado por sus revelaciones sobre el banco.
Cuando Salinger (Owen) da con la pista de uno de los asesinos, hay una escena antológica en el Museo Guggenheim de Nueva York. Entre instalaciones de video proyectadas en sus laberínticas paredes circulares, el resultado es un remolino frenético y mortífero donde los implicados y su tiroteo se mezclan con la blancura del escenario y la desaforada recreación de repente parece ser parte de la vitrina artística. No recuerdo algo igual en ninguna de las demostraciones hollywoodenses de la última década.
Tykwer tiene una obsesión con el poco tiempo que vivimos en el mundo y el destino de los seres humanos, en un planeta sin brújula. Dentro de inmensas edificaciones de vidrio en grandes metrópolis, toda realidad es aparente y el mal parece infiltrarse con la luz natural. “Se crea una sensación de inseguridad, a pesar de lo visible”, dice. “Nunca sabemos si lo que vamos a conocer es algo bueno o dañino”. Y que nadie respire.