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Edición del DOMINGO 19 de Abril del 2009 EL UNIVERSO inicio e-mail
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La novela final de Philip Roth, el destino de la inocencia
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Hernán Pérez Loose | hperez@ecua.net.ec

Philip Roth, escritor estadounidense autor de Indignación.

En el cuento Las Grosellas, del gran escritor ruso Antón Chéjov, uno de sus personajes hace una terrible observación: “Es necesario que en la puerta de cada hombre satisfecho, feliz, esté parado alguien con un martillo, y le recuerde con un martillazo de modo constante que hay hombres infelices, que, por muy feliz que él sea, la vida tarde o temprano le enseñará sus garras, llegará la desgracia, la enfermedad, la pobreza, la pérdida, y nadie lo verá ni lo oirá a él, como él no ve ni oye ahora a los otros”.

Así como, según la leyenda, los emperadores romanos tenían a alguien que les debía recordar a menudo que eran humanos, así mismo, Chéjov cree que las personas felices deberían tener a alguien cerca que les advierta que el dolor y la miseria existen. Tengan o no a ese alguien a su lado lo cierto es que el sueño de los poderosos y la ilusión de los felices tienen finales similares en el dolor pero diferentes en sus lecciones.

En su última novela Indignación (Editorial Mondadori. Barcelona, 2009), la número veintinueve para ser exactos, Philip Roth aborda de forma sorprendente, con ese estilo directo, rápido pero, a su vez, lleno de detalles, que lo caracteriza, el absurdo destino que a veces encuentran seres que siendo felices por los cuatro costados terminan cayendo en abismos que nunca imaginaron que siquiera existían.

Corría el año 1951. Por tercera vez en lo que iba en el siglo XX los Estados Unidos se encontraban en guerra. Esta vez era en Corea. Una guerra cruenta, que cobraba vida de jóvenes por miles, librada para frenar al “peligro amarillo” y a todo lo antiamericano que la Guerra Fría fue capaz de crear en el imaginario de esa nación.

Pero al otro lado del mundo, el joven Marcus Messner parece ir por otro camino. Marcus, hijo único, vive en casa de sus padres en Newark, Nueva Jersey. Es lo que se dice un chico A. En los estudios es el primero de su clase, ayuda a su padre –un carnicero judío– en su negocio, pasa sus horas libres en la biblioteca estudiando literatura y filosofía.

Sin embargo, al avanzar el primer año de sus estudios superiores la relación con su padre se va tornando difícil. Lleno de temor por los peligros que, según él,  acechan a su hijo –se acerca la edad en que puede ser llamado a la conscripción y enviado al frente–, su padre comienza a bordear la locura por su obsesión de sobreprotección.

Un buen día, Marcus confiesa a su desesperada madre que si no se va lejos de casa terminará matando a su padre. Y así lo hace. Marcus ha escogido para su transferencia la bucólica y conservadora Universidad de Winesburg, en Ohio. Pero él no sabía que en tan idílico lugar le esperaban los peores sufrimientos, errores y penas, que terminarán en su expulsión por desafiar a la autoridad, y en su posterior envío al frente coreano.

El lector pronto descubre que la historia que está leyendo es narrada por el propio Marcus segundos antes de un trágico final.

¿Cuántos Marcus han terminado como él? Seres felices que ignoran el volcán de desdichas que llevan adentro y que de repente estalla dejando sus esperanzas en añicos. ¿No sentimos acaso esa sensación de perplejidad al ver las fotos de tantos jóvenes muertos en guerras absurdas y matanzas irresponsables, fotos tomadas cuando sonreían llenos de felicidad en alguna fiesta de colegio sin presentir el fatal destino que les depara? El personaje en el cuento de Chéjov concluye la observación citada al inicio de este artículo diciendo: “Pero no hay el hombre con el martillo, el feliz vive a su gusto, y las pequeñas preocupaciones mundanas lo inquietan levemente, como el viento al roble, y todo está favorable”. Es decir, los seres felices se sienten felices porque los infelices llevan toda la carga de la infelicidad a cuestas y en silencio, y sin ese silencio de los infelices la felicidad no sería posible.

Probablemente lo que un escritor debe hacer es de vez en cuando darles a los lectores un martillazo en la cabeza para recordarles cuán grande es la infelicidad. Si eso es así, Philip Roth lo ha hecho magistralmente en esta inquietante novela.


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