Además de inesperadas acciones que da la experiencia, la tercera edad puede también ser el momento de revitalizar escenarios habituales. A los 74 años, Woody Allen continúa haciendo gala de una energía creativa incandescente, escribiendo libros y guiones, filmando, actuando y haciendo música con su banda de jazz (él toca el clarinete). Para sus últimas películas se ha alejado de la ciudad donde realizó sus obras más populares y elogiadas. Woody tampoco se somete a las exigencias de gustos populares y como buen autor cinematográfico sus influencias vienen a veces de otros realizadores o novelistas.
El sueño de Casandra (2007) se ha exhibido recientemente en nuestras pantallas y la sorpresa es mayúscula. Es un drama familiar realizado en Londres, donde dos hermanos (Colin Farrell y Ewan McGregor) enfrentan una crisis financiera de la manera más brutal: se comprometen a deshacerse (entiéndase: asesinato) del enemigo de un tío rico que promete ayudarlos en sus negocios futuros. Ellos acaban de endeudarse con un pequeño velero bautizado como Sueño de Casandra, nombre del perro al cual Terry (Farrell) apostó en las carreras.
Ian (McGregor) es otra figura patética: el ejecutivo con sueños de riquezas que nunca se materializan, enamorado de una joven actriz que exige un estilo de vida inalcanzable. Allen crea una atmósfera londinense opresiva, donde el vacío moral de estos dos seres los lleva a una encrucijada mortal. Su madre les grita: “Al final, con lo único que pueden contar es con la familia". Pero la película nos está diciendo precisamente lo contrario: el barquito encarna la trágica fragilidad de empeños frustrados, acentuados en la música de Philip Glass que rodea las tristes vidas.
El clima del Mediterráneo trae otras ventiscas en Vicky Cristina Barcelona (2008), donde el drama se confunde con la comedia, el lado fuerte de Woody Allen. Vicky y Cristina (Rebecca Hall y Scarlett Johansson) llegan de EE.UU. a Barcelona para recalentar unas existencias rutinarias, especialmente cuando conocen a Juan Antonio (Javier Bardem), depredador sexual que se recupera de una cataclísmica relación con su ex esposa María Elena (Penélope Cruz). Woody recrea sarcásticamente lo que parece un romance en tripleta que después se convierte en otro triángulo, para finalmente volver a lo que el director persigue en casi todas sus películas. El destino es ingobernable, especialmente cuando se trata de los avatares del corazón.
Por eso nadie debió escaparse de ir a ver Riverside Drive al Teatro Experimental del Centro de Arte hace unos días. Esta divertida inspiración de Allen era parte de un trío de obras exhibidas en los escenarios de Broadway hace algunos años, que ahora dirige aquí Monserrat Serra. El encuentro de dos extraños (los actores Guillermo Boschetti y Jaime Roca) en un parque neoyorquino al pie del río Hudson sirve a Allen para desmantelar otras impurezas de las relaciones humanas, donde lo que hay detrás de cada uno puede ser revelado en las situaciones más dislocadas.
La Serra actúa como la amante de un escritor bloqueado (Boschetti), que de repente ve la luz en las divagaciones de un publicista esquizofrénico (Roca), que ha abandonado su carrera y se ha convertido en un estrafalario mendigo que recibe “mensajes extraterrestres irradiados del Empire State”. Recordemos que esta tragicomedia sucede en un malecón más o menos como el nuestro. Con Woody Allen, el azar es crucial en nuestras vidas y el que no lo acepta... que salte al río.