‘El centro es mi barrio’, asegura Marcos Gómez. Creció junto con sus padres en Luque y Seis de Marzo, jugando fútbol en las calles, haciendo amigos y reconociendo cada recoveco del sector.
Acaba de cumplir 78 años y solo se reflejan en sus cabellos blancos y pasos lentos. Está lleno de bromas, o ‘charadas’ como las llama, de palabras amables y amigos ‘de paso’ que lo reconocen por sus 50 años de vendedor de calzado o por centrocampista en el Panamá Sporting Club de los años cincuenta.
Empezó con una bodega en un antiguo edificio en Pichincha entre Luque y Nueve de Octubre. Al mismo tiempo en que se casó con Aurora Eguiguren, quien también trabajaba en uno de los almacenes del centro.
“Tenía un promedio de 30 trabajadores. Les daba algunos pares de zapatos, ellos salían a ofrecerlos y si un cliente estaba interesado lo llevaban al local”, explica Marcos.
El negocio se mantuvo por casi 40 años, hasta que los dueños del edificio decidieron venderlo. Aurora recuerda con nostalgia las noches del 24 y 30 de diciembre. “Como la gente siempre deja las cosas para última hora eran las diez de la noche y los clientes seguían llegando. Vendíamos muchísimo en esas fechas, incluso teníamos que decir ‘¡ya basta, se terminaron las ventas!’ para regresar a casa con nuestros hijos”.
Cuando salieron del edificio colocaron un almacén en otro sector, ‘pero no funcionó’, dicen ambos. Marcos dio un rotundo no a la idea de salir del centro y desde hace seis años expone los pares de zapatos en la ventana lateral de la Superintendencia de Compañías (Pichincha y Aguirre).
“Este negocio me permitió comprar y mejorar mi casa en la ciudadela Miraflores, educar a mis cuatro hijos en una universidad particular y aunque ahora las ventas son muy bajas y a veces nulas, soy un comerciante del centro y no me puedo quedar en casa”, dice este guayaquileño.
Los transeúntes lo saludan al pasar, le palmotean la espalda, le hacen bromas, se acercan a conversar, incluso algunos expresan sus deseos de verlo trabajar en un local con más comodidad.
Marcos llega al centro a las diez de la mañana. Su compañero, Vicente Castillo, que formó parte de los empleados del antiguo local, lo espera para iniciar la jornada.
El costo de los zapatos (de cuero y hechos en Ecuador) oscila entre 15 y 30 dólares. “Mucha gente se acerca a preguntar el precio, pero muy pocos compran”, expresa Vicente con cierto pesar.
A las dos de la tarde empiezan a recoger las cosas y Marcos regresa a su casa con la satisfacción de trabajar un día más. (G.J.)