Ponga las fotos de su matrimonio o de esa reunión con sus amigos del colegio a los que no veía hace tantos años y en la que recordaron quién era el malo del grupo y quién el sabido que ahora ya no es tan sabido en la vida real, la que se comienza a vivir luego de los 18.
Sí, muestre su felicidad, que así ayudará a otros a ser feliz, porque esa sensación tan ansiada por los seres humanos es como un virus: se contagia. Así lo asegura un reciente estudio de la Escuela de Medicina de Harvard y de la Universidad de San Diego, California, publicado en el British Medical Journal (1 y 2).
La investigación demostró que una persona puede ser influenciada positivamente con cuotas de felicidad por gente que ni siquiera conoce y que forman parte de una cadena de integrantes de su red social que llega a proporciones extensas por la multiplicación de conocidos de los conocidos.
Y como es el tiempo del imperio del Facebook (en Ecuador más de 170 mil personas tienen cuenta), el análisis también se desarrolló en ese campo (3). Es un contagio emocional, se dice. Es una cadena de sensaciones positivas que se dispersa hasta en tres grados de separación. Es una ecuación simple: la felicidad puede ser esparcida no solo a los amigos, sino a los amigos de los amigos de los amigos. ¿Y la tristeza? Sé que tendemos a pensar en lo malo, por eso enseguida les respondo que los investigadores concluyeron que la tristeza no se esparce con tanto vigor como la felicidad. Es más bien solitaria, se condena a la individualidad.
El estudio en Facebook se hizo con 1.700 estudiantes, a los que se les analizó sus perfiles, sus redes (con un promedio de 110 amigos cada uno), y sus fotos, que dieron dos indicios claves en la metodología aplicada: las etiquetas (tags) que se hacen en ellas y la sonrisa de las personas analizadas en la foto de su perfil.
Vivimos una época virtual voyeur. Nos mostramos. Nos abrimos al mundo. Contamos las penas, podemos saber quién está triste, quién sufre, quién maldice o quién está increíblemente feliz, a veces hasta por la cantidad de signos de admiración que se añaden a las palabras. Esa ventanita al mundo en la que se convierte ese pequeño espacio que pregunta “¿qué estás pensando?” puede ser crucial. ¿Será tanto así? Cuesta creerlo, pero lo dicen investigadores que tienen atrás suyo gran experiencia en lo que hacen.
Así que piense bien la próxima vez que quiera ponerse medio depresivo o medio trágico en su cuenta de Facebook. Esa línea, ese pequeño espejo en que se convierten sus palabras, puede ser un espejo que riegue, sin usted saberlo, algo de felicidad.
(1) www.bmj.com/
(2) http://web.med.harvard.edu/
(3) www.edge.org/
www.periodismoenmetamorfosis.blogspot.com