La misma sensación que tuve al leer Memorias de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez, o Ella y otras mujeres, de Rubem Fonseca, experimenté con El viaje del elefante, de José Saramago: que estaba ante un libro muy bien escrito, pero que no me deparaba sorpresas ni deslumbramientos, porque su autor, quizá, ya había dado lo mejor de sí en sus anteriores libros. Que estaba ante un maestro, un gran maestro, al que ya se le hace difícil superarse a sí mismo.
De Saramago, premio Nobel de Literatura, me conmocionó Ensayo sobre la ceguera, que fue el libro por el cual ingresé a este autor portugués residente en España. Y luego vinieron, en mi recorrido lector, La caverna, Todos los nombres, El evangelio según Jesucristo, El hombre duplicado, Ensayo sobre la lucidez y Las pequeñas memorias. Todos títulos entrañables.
Un tanto saramaguiana como me siento, aunque lo que he leído no es ni la tercera parte de su obra, con ilusión quise conocer la nueva novela de este autor, que a sus ochenta y más años sigue produciendo, pese a sus quebrantos de salud. Incluso antes de publicar El viaje del elefante estuvo hospitalizado. Y en el volumen expone esta circunstancia, cuando como dedicatoria consigna: “A Pilar, que no dejó que yo muriera”. Esta escueta frase me conmovió. No solo es un agradecimiento sino una forma de entender el amor.
Al pasar la página, me sumergí en la novela. Es la historia de un elefante que se llama Salomón. Se desarrolla en el siglo XVI, pero es contada por un narrador instalado en el presente y que siempre hace notar que se está dirigiendo a un lector. Realiza acotaciones, mezcla épocas. Ese detalle dota de humor y riqueza a la trama, que no obstante tener como protagonista a un animal, es una reflexión sobre la condición humana: sobre los intereses, las apariencias y el poder.
Una de las características de la literatura saramaguiana es reflexionar siempre sobre el ser humano en sus diversas circunstancias y en torno a sus elecciones, o sobre la sociedad en la que se desenvuelve y lo aprisiona. Este libro no está exento de esos ingredientes. Posee el sello del autor, su estilo, su filosofía.
Al final del volumen, en página aparte, Saramago cuenta cuál fue el germen de la obra: una visita a la Universidad de Salzburgo y luego una cena en un restaurante llamado El Elefante. Fue en ese lugar donde la persona que era su anfitriona le contó sobre el viaje de un elefante que en el siglo XVI fue conducido desde Lisboa hasta Viena.
“Presentí que ahí podía haber una historia”, confiesa Saramago. Luego, anota, mezcló datos reales con ficción y el resultado es esta crónica de viaje. Esta especie de diario en el que nos vamos enterando también de los pormenores sociales, políticos y religiosos de la época en que se desarrolla la historia.
Es la primera de las obras de José Saramago que no he disfrutado tanto. Fue un viaje no tan placentero. De todas formas, celebro haber leído la novela y constatar que este escritor sigue tan prolífico como antes. Definitivamente, el Saramago que más aprecio es el de Ensayo sobre la ceguera o De todos los nombres.
Muchos de los saramaguianos dicen que una de sus mejores obras es El evangelio según Jesucristo. En las lecturas se imponen los gustos, los referentes individuales, las subjetividades. Cada quien tiene, por eso, su particular obra preferida. Y en esa libertad, creo, está la belleza de la literatura y de la lectura.