“Él nos demostró que la música es tan importante como las imágenes para lograr la belleza y el éxito de una película”. Lo dijo el lunes pasado Nicolas Sarkozy, presidente de Francia, en una declaración oficial al enterarse de la muerte de Maurice Jarre a los 84 años en Los Ángeles.
Las cintas que se infiltran en el espíritu y permanecen con nosotros siempre estarán ligadas a sus sonidos y allí el trabajo de grandes compositores es tan vital como la imaginación de los directores cinematográficos.
Nacido en París, Jarre –su nombre se pronuncia Zhar en francés– dejó una obra extremadamente voluminosa con música para más de 150 películas. Sus inicios fueron en el cine de su país, donde el productor Sam Spiegel lo contactó para una cita con el director británico David Lean, mientras preparaba la interminable producción de Lawrence de Arabia (1962), un clásico del cine que casi acaba con la sanidad mental de algunos de los involucrados, por las extenuantes y costosas exigencias de un realizador que no escatimaba esfuerzos para el obsesivo perfeccionismo de sus trabajos, en una época en que los efectos digitales se desconocían.
Al igual que Federico Fellini y el compositor Nino Rota, la fusión creativa de Lean –Jarre es un legado imborrable–. Los arreglos sinfónicos del músico francés eran parte vital de las enormes vistas del desierto para las aventuras de T.E. Lawrence, el escritor y héroe británico de los movimientos independentistas en las naciones árabes. Las epopeyas fílmicas de Lean siempre conseguían un perfecto balance entre la enormidad de sus escenarios y las espectaculares recreaciones históricas con el desarrollo psicológico de sus protagonistas. “Lograr esa intimidad es crucial, algo que se ha perdido demasiadas veces en el cine de ahora”, decía Lean.
Y para escuchar esos “sonidos de las almas” estaba Maurice Jarre, que nos trajo algunas de las melodías más bellas escuchadas en el cine en la película que vino después: Doctor Zhivago (1965). Adaptada de la novela de Boris Pasternak, que fue equiparada en EE.UU. a Lo que el viento se llevó por el dramático trasfondo político y social vinculado a la historia de Rusia. En Zhivago se encarna el espíritu de una nación sumergida en el sangriento vendaval revolucionario antes y después de los zares, que la película captura con un desbordante humanismo. Está también la relación amorosa entre Zhivago (Omar Sharif) y Lara (Julie Christie), unidos musicalmente por el tema de Lara que lanzó a Jarre a un formidable éxito mundial.
Lean y Jarre volvieron a juntarse en La hija de Ryan (1970) y después en la que fue la obra final de David Lean antes de su muerte: Pasaje a la India (1985). En una India oprimida por el represivo colonialismo inglés, la película plasma el misticismo que inspiró la célebre novela de E.M. Forster. Siempre seremos diferentes porque estamos separados por culturas y religiones dispares.
Al final, “el resultado de esas crisis siempre es el mismo y poco podemos hacer para arreglarlas”, decía allí imperturbablemente Godbole (Alec Guinness), el extraño personaje hindú que conoce a una vieja dama británica (Peggy Ashcroft). Para ellos lo importante es estar juntos, aceptarse exactamente como son, nada más y nada menos. El pasaje a mundos que parecían inalcanzables nos dejaron David Lean y Maurice Jarre.