De tal padre, tal hijo. Cuando oímos esta sentencia, usualmente en el contexto de que un hijo refleja algunas características significativas de su padre, por lo general lo tomamos como algo natural, como lo que deberíamos esperar, lo que debería suceder. Pero, ¿es verdad esto? Puede resumirse en cinco cortas palabras la historia de la configuración de una persona? ¿Basta conocer al padre para conocer al hijo? ¿Está el hijo obligado (condenado) a seguir las huellas de su padre y terminar llenando ese molde? ¿Qué sucede si el “molde” no es recomendable? ¿O si la “astilla” no quiere parecerse al “palo”? La vida debe ser (y afortunadamente es) más interesante y compleja que solo una lista de rasgos.
Para empezar, mucho de lo que somos no lo hemos heredado, lo hemos aprendido en nuestra interacción con la vida. Tampoco todos los hijos heredamos lo mismo de nuestros padres, excepto los gemelos (y aun estos se diferenciarán de acuerdo a sus experiencias). Por esto es que es tan injusto cuando un padre recrimina a un hijo (descuidado en sus estudios, por ejemplo) por no “ser como su hermano” que es aplicado, habiendo ambos recibido la misma crianza.
No existe “la misma crianza”, cada hijo recibe e interpreta la influencia de sus padres de una manera particular única, producto de la combinación de su estructura de personalidad, experiencias previas relacionadas con ese tema, la clase de relación que tiene con el padre, incluso de su estado emocional al momento de recibirlo. Además, la edad y el orden de nacimiento hacen que el mismo mensaje signifique algo distinto para dos hermanos.
La situación es tanto peor si el padre muestra preferencia por un hijo en particular, ya que el hijo que se siente perjudicado desarrollará frustraciones y resentimientos que entorpecerán la identificación con su padre, y dificultarán aún más la recepción de los mensajes que su progenitor cree que está recibiendo y adoptando como propios. Es grande la frustración cuando un padre se da cuenta de que su hijo conservó poco de lo que le transmitió. El hijo preferido puede sentirse obligado a ser una copia del padre y frustrarse al pensar que lo defraudará al no lograrlo.
Muchos padres quieren que sus hijos sean como ellos, o como ellos quisieron y no pudieron ser, y están en pleno derecho de intentar conseguirlo. Pero no a costa de la individualidad, espontaneidad y natural inclinación del hijo, que, por satisfacer (o no poder enfrentar) a su padre pueden terminar siendo incompetentes en algo que no estaban naturalmente inclinados para hacer, y frustrados por no haber llegado a ser lo que sí tenían aptitudes y natural vocación para realizar (y esto solo hablando de carreras).
Es más perjudicial cuando el padre quiere forzar al hijo a actuar en la vida de determinada forma que este no comparte, pudiendo llegar al extremo de que el hijo tome una dirección totalmente contraria, aun a costa de su felicidad, como una forma de castigo hacia el padre.
El padre debe darse cuenta y aceptar que el mundo y el futuro son de los hijos, y que el mayor logro en su vida será ayudarlos para que desarrollen sus potencialidades, cualesquiera que estas sean, y mientras más alternativas les ayude a explorar, tanto mejor.
Los padres no les estamos dejando a nuestros hijos el mejor de los mundos, pero tal vez ellos puedan cambiarlo. Debemos ser la mayor influencia para que ellos sean una versión mejorada de nosotros: Que sean la mejor astilla que pudo salir de ese palo.