“Pez, yo te amo y respeto mucho. Pero debo matarte antes de que el día termine… No comprendo estas cosas. Pero es bueno que no tengamos que tratar de matar el sol o la luna o las estrellas. Basta con vivir del mar y matar a nuestros verdaderos hermanos (los peces)”.
Ernest Hemingway, El Viejo y el Mar (1954)
La realidad en el mar abierto del Ecuador compite con la ficción del estadounidense Ernest Hemingway, gran aficionado por la pesca que en 1954, mientras estuvo radicado en Cuba, publicó su libro más reconocido: El viejo y el mar.
Se trata de la historia de Santiago, un pescador anciano que llevaba 84 días sin capturar nada: estaba “salado”, como anota el escritor en español dentro de su relato en inglés. Pero aquel día se le quitaría lo “salado” para capturar un picudo enorme que debido a que su gran tamaño le impedía subirlo a su bote a remos, debió arrastrarlo hacia la costa durante cien páginas de prosa impactante.
Mejor que la ficción
A inicios de los años cincuenta, el empresario guayaquileño Francisco Solá Franco capturó un picudo negro de 1.440 libras en Salinas, tras cinco horas y 40 minutos de lucha. El animal era tan grande que no pudo subirlo a la embarcación, por lo que con su tripulación tuvieron que atarlo al bote para llevarlo a la costa, en donde muchos amigos y curiosos lo esperaban con entusiasmo ya que en la población se había esparcido el comentario de que estaba por arribar el picudo más grande capturado en el país.
“Era tan enorme que no había balanza para pesarlo. Tuvieron que trasladarlo de población en población buscando un lugar para certificar su peso, hasta que finalmente lo hicieron en la balanza de una planta automotriz. Ya había pasado más de un día, el pez se estaba descomponiendo y había perdido sangre y agua. Si lo hubieran pesado a tiempo posiblemente habría batido la marca mundial de entonces”, narra Francisco Solá Medina, hijo de aquel pescador aficionado y que también tiene su propia historia.
En 1997, Solá Medina y su tripulación pescaban a 20 millas de la costa de San Cristóbal (Galápagos) con la metodología de “atrapar y devolver” (catch and release), con lo cual se evita sacrificar al animal.
“Es la actual tendencia mundial para procurar una pesca sostenible que evite la depredación de las especies; los pescadores deportivos solo van a destinos donde se aplica esta técnica”, explica Solá. Sin embargo, atraparon un picudo que al parecer estaba en muy malas condiciones para regresar al agua (parecía muerto).
Después de casi treinta minutos de trabajo para reanimarlo, principalmente haciéndole pasar agua por las agallas, volvió a la vida y fue devuelto al mar en medio del regocijo de los pescadores, entonces convertidos en improvisados veterinarios.
Así lo narró el periodista estadounidense David Ritchie, editor de la revista Marlin (Picudo), en la edición de septiembre de 1997 de esa reconocida publicación especializada en pesca, ya que fue testigo de esa acción al estar como invitado de los ecuatorianos para conocer la extraordinaria pesca en Galápagos.
“Pero mi éxtasis tras haber resucitado exitosamente nuestro pez luego desapareció de manera instantánea, y fue reemplazado por una total frustración”, indica el periodista en su texto, porque después vio la pesca descontrolada que ocurre en el Archipiélago. “Alrededor del mundo, Galápagos es reconocido por su increíble biodiversidad y sus esfuerzos incansables por protegerla… Sin embargo, observé cómo cientos de picudos fueron pescados cerca de la costa”.
Riqueza que se pierde
El mar ecuatoriano ha sido bendecido por una extraordinaria biodiversidad. Sin embargo, la depredación que ha sufrido ha sido desastrosa. Galápagos es un ejemplo dramático de ello, señala Solá.
“Los aficionados a la pesca deportiva hemos sido los primeros en denunciar el abuso de los grandes barcos pesqueros y los pescadores con sus grandes redes y palangres que operan en las islas, e irónicamente lo que decidió el Parque Nacional Galápagos fue prohibir la pesca deportiva en esas aguas”, expresa el empresario de la agencia de publicidad Norlop JWT, quien agrega que tal ha sido la libertad para la pesca masiva en las islas, que en los años noventa las autoridades de Galápagos concedieron permisos para que se instale una fábrica procesadora de pescado en San Cristóbal.
“Con la fábrica allí (en la isla), lógicamente debían surtirla de pescado. Los pescadores se dieron cuenta de que los peces grandes comen carne de lobo marino, así que muchos comenzaron a matar a los lobos marinos para despedazarlos y hacer carnada. ¡Fue algo desastroso!”, comenta Solá sobre ese problema agravado por la tradicional presencia en esas aguas de flotas navieras de otros países, como Japón y Estados Unidos.
Esperanza que respira
Con las regulaciones adecuadas, Galápagos podría convertirse en un paraíso para la pesca deportiva. Es más, la costa continental del país podría estar salpicada de pequeños puertos especializados en pesca deportiva, específicamente con el método de “pescar y devolver”, con lo cual se crearían innumerables fuentes de trabajo de las personas que atiendan a los pescadores nacionales y extranjeros que llegarían, destaca José Antón, director para América del Sur de la International Game Fish Association (IGFA), entidad que regula y controla la pesca deportiva a nivel mundial.
Antón agrega que en la pesca deportiva un pez vivo vale diez o quince veces más que uno muerto. “Es una realidad mostrada por estudios de impacto económico realizados en el extranjero. Pero para lograrlo en nuestro país es obligatorio proteger. Necesitamos un plan. Parece mentira, pero Ecuador es el único país de esta zona que no tiene reglas claras para proteger a especies como el picudo o el pez vela (este último casi extinguido en nuestras aguas). Perú, Colombia, Panamá, Costa Rica y Venezuela tienen sus regulaciones. Nosotros no”, señala Antón, y añade que el método más común de protección apunta a capturar al pez para incorporarle una especie de etiqueta (tag, la llaman en inglés los pescadores) que, tras liberar al animal, hace posible rastrearlo.
Pero el Ministerio del Ambiente nunca ha mostrado gran interés en proteger la vida marina. “Solo les interesa lo que ocurre en Galápagos”, señala Antón, quien agrega que la explotación del mar ecuatoriano ha sido tan inmensa, que ahora el país posee la flota atunera más grande del mundo.
Las regulaciones adecuadas provocarían que nuestro país recupere su fama de destino de pesca de clase mundial, la cual ganó a mediados del siglo pasado, gracias al entusiasmo por este deporte de un grupo de empresarios ecuatorianos, entre ellos Emilio Estrada Ycaza, Santiago Maspons, Manuel Ignacio Gómez Lince, Luis Flores, Francisco Solá Franco, Jorge Francisco Jurado, Alberto Wright, Jorge de Ycaza Plaza, Juan Cueto, Enrique Maulme, Harry Graham, Luis Orrantia González y Atahualpa Chávez, entre otros.
Además, “Emilio Estrada invitaba a pescadores de talla mundial que comenzaron a llegar a nuestras aguas para asombrarse de nuestra vida marina. Entre ellos estaba el norteamericano Alfred Glassell, quien puso a Cabo Blanco (Perú) en el mapa mundial de la pesca deportiva al haber capturado un picudo de 1.560 libras”, señala Francisco Solá Medina.
Salinas (Santa Elena) y la Isla de la Plata (Manabí) eran los sitios más reconocidos a nivel mundial. Salinas es aún el sitio favorito de una veintena de pescadores deportivos (muchos de los cuales tienen sus propias embarcaciones) y lugar de operación de Pescatours, empresa fundada en 1968 por Knud Holst Dunn, danés quien bajo el impulso de sus amigos transformó su hobby favorito en un negocio. Tal empresa logró tener hasta doce embarcaciones de diferentes tamaños al servicio de sus clientes, pero hoy posee solo dos que operan tours especialmente los fines de semana.
Erick Holst (50), hijo del fundador y actual gerente general de Pescatour, lamenta que la pesca en Ecuador esté desapareciendo a causa de la falta de regulaciones. “Antes lo común era pescar picudos de más de 300 libras, pero ahora se tiene suerte cuando se atrapa uno de 40 libras. Los picudos normales eran de 700 libras, pero hoy se los ve de 200”, indica Holst, miembro de la tercera generación de pescadores en su familia.
“Resulta urgente imponer regulaciones. Hay miles de lanchas y barcos en faena de pesca todos los días, así que si en el día atrapo un picudo y lo aflojo (aplicando la técnica del catch and release), casi seguro que cualquier pescador artesanal atrapará ese picudo en la noche”, indica Holst, que alquila sus dos lanchas a 400 y 450 dólares diarios, respectivamente, con todos los equipos para cinco personas cuya jornada podría premiarlos con, quizás, wahoos o picudos.
“Pero no podemos engañar al pescador, así me lo enseñó mi padre. No podemos decirle a alguien que viene, incluso de otro país, que logrará pescar algo y que luego no atrape nada. Hay muy pocos peces ahora. Por eso incluso he pensado en cerrar Pescatour”, indica.
La Isla de la Plata ha tenido peor suerte que Salinas. El Club House, donde se asentaron los aficionados de los años sesenta, fue abandonado y ya nadie habla de las grandes faenas cumplidas en esa zona. Por eso también lucen distantes las gráficas captadas en el folleto Club de Pesca Salinas La Plata (1962), de la Sociedad Deportiva Isla de la Plata, que recoge las hazañas en alta mar de los ecuatorianos que se embarcaban hacia sus encuentros con sus “hermanos”, según Hemingway llamaba a los peces.
Lamentablemente, la pesca industrializada, la irresponsabilidad y la falta de regulaciones han provocado que se rompa la relación entre el hombre y el pez, aquel vínculo quizá basado en la admiración y el respeto, según lo deja entrever el escritor en otra de sus citas del libro: “El hombre no es gran cosa junto a las grandes aves y las fieras. Con todo, preferiría ser esa bestia que está allá abajo en las tinieblas del mar”.
Industria mundial
El Salinas Yacht Club ha sido una de las entidades que buscan impulsar la pesca deportiva con responsabilidad, por eso organiza anualmente torneos que convocan la atención mundial. En el último campeonato de pesca, celebrado en enero anterior, la entidad recibió la visita del comodoro José Miguel Díaz-Escrich, cubano que preside el Club Náutico Hemingway, de La Habana, uno de los más famosos del mundo.
Díaz invitó a los ecuatorianos a hacer pesca deportiva en las aguas de Cuba, destino caribeño famoso por realizar esta actividad con responsabilidad, por lo que pescadores de diversas partes lo visitan dejando en la isla un gasto promedio entre 1.000 y 1.500 dólares diarios.
La pesca deportiva es una actividad rentable que en otros países es apoyada, pero que en el Ecuador está salpicada de trabas, según José Antón, director para América del Sur de la International Game Fish Association (IGFA), quien, además, tiene un récord mundial con un wahoo de 42 libras. “Cuando llega un barco de pesca deportiva al Ecuador tiene 48 horas para marcharse. Para quedarse debe pedir un permiso para 15 días, extensibles hasta 30. He conocido pescadores de otros países que se han marchado a los pocos días cansados de las trabas burocráticas del Ecuador”, indica Antón, quien agrega que el actual Gobierno le dio un duro golpe a esta actividad cuando triplicó el precio del diésel que utilizan los barcos destinados para la pesca deportiva.
En Cuba, para atraer a los pescadores extranjeros, los funcionarios permiten que el deportista adelante sus trámites migratorios por internet para luego visitarlo en el puerto donde llega y gestionar sus permisos.
Australia, Nueva Zelanda, Canadá, Estados Unidos, Panamá, México, Chile, Puerto Rico y Perú impulsan una industria turística responsable con la pesca deportiva.
Ecuador tiene 27 récords mundiales en la IGFA, de los casi 1.000 que existen en el mundo. Estados Unidos posee la mitad y Japón unos cien.