El término “novela gráfica” lo acuñó por primera vez el crítico estadounidense Richard Kyle en 1964. Lo que buscaba, a pesar de las críticas que recibió el concepto desde un inicio, era deshacerse de la carga juvenil y ligera que conllevaba la popular categoría de los cómics.
Kyle, asiduo consumidor del manga japonés y del bande dessinée francés, pensaba que los cómics podían ser algo más que una mera distracción mañanera y que tenían el potencial para constituirse en un género ambicioso y sofisticado.
No hay que olvidar que poco tiempo antes, en 1955, se había prohibido la venta de gran parte de los cómics estadounidenses en Inglaterra por considerarlos superficiales, fomentadores del vicio, la delincuencia juvenil y por distorsionar la lengua inglesa. El psiquiatra germano-estadounidense Fredric Wertham hasta llegó a compararlos con Hitler.
Kyle prestó el término novela de un campo que él concebía como artísticamente ‘prestigioso’: el literario. Su gesto no fue aislado. Hubo otros términos menos exitosos que el de Kyle que buscaron exactamente lo mismo: llamar la atención sobre la complejidad y el componente artístico que constantemente se les negaba a los cómics. Picto-ficción (Bill Gaines), Arte secuencial (Will Eisner), Historias ilustradas (Charles Biro) fueron algunos de ellos.
Para fines de los años setenta, no obstante, el nuevo término empezaba a consolidarse, sobre todo después de que este apareciera en la portada de Contrato con Dios, del mismo Will Eisner, un conjunto de historias que se presentaban como distintas del cómic tradicional.
La consolidación definitiva del nuevo género vendría a mediados de los años ochenta con la aparición de tres de sus grandes clásicos: Maus, de Art Spiegelman; El regreso del Caballero Oscuro, de Frank Miller; Watchmen, de Alan Moore y Dave Gibbons. Las obras de Miller y Moore demostraron al gran público que un relato de superhéroes podía ser elaborado y sofisticado, ahondar en las contradicciones de la sociedad contemporánea y cuestionar los estereotipos que se movían alrededor de sus propios héroes (lo que Paul Gravett ha llamado “la crítica de la ‘condición’ del superhéroe”).
Maus, por su lado, abordaba el holocausto nazi y demostraba, de paso, que la novela gráfica no se reducía únicamente a Batman o Superman, sino que podía transitar por una enorme variedad temática. La obra de Spiegelman ganó el premio Pulitzer y llamó profundamente la atención de académicos, críticos y escritores de todo el mundo. De hecho, una de las traducciones al español de Maus estuvo a cargo del conocido novelista argentino César Aira para la editorial Emecé de Buenos Aires.
El auge de las novelas gráficas comprende títulos diversos que incluyen adaptaciones modernas de obras literarias clásicas como Gemma Bovery (Posy Simmonds), críticas mordaces al poder y sus políticas armamentistas como Cuando el viento sopla (Raymond Briggs), la interesante mitología moderna de The Sandman (Neil Gaiman), el extraño virus que contraen los adolescentes de Agujero negro (Charles Burns) o la tragedia de los palestinos en la franja de Gaza representada en Palestina (Joe Sacco).
La creciente popularidad de las novelas gráficas ha producido una amplia variedad de adaptaciones cinematográficas. También ha provocado el reconocimiento crítico de muchos de sus autores. En el 2005, los novelistas gráficos Posy Simmonds y Raymond Briggs fueron aceptados para ingresar a la Real Sociedad Británica de Literatura, un honor que solo reciben los escritores más prestigiosos de Gran Bretaña.
Con el reconocimiento mundial, no obstante, han vuelto también las viejas críticas al término ‘novela gráfica’ de parte de algunos de sus más importantes exponentes. Autores como Gaiman o Moore prefieren volver sobre el viejo término del cómic. ‘Novela gráfica’, además de pomposo e inexacto, les resulta prestado del campo literario, un espacio ajeno al suyo.
Dice Gaiman: “Es como cuando a una prostituta le informan que ya no es prostituta, sino dama de compañía”. Muchas novelas gráficas, además, ni siquiera respetan el formato clásico de la novela, con su respectivo inicio, nudo y desenlace. Algunas ni siquiera usan los materiales y métodos de un libro impreso, sino que son revistas en serie que se venden en quioscos y no en librerías (aunque después puedan ser recopiladas en un solo texto).
El crítico español Manuel Barrero afirma: “La denominación es desafortunada por intentar coligar dos voces confrontadas, novela más gráfica. En realidad un cómic es más que la suma de texto e imagen, esa conjunción genera mensajes de distinta aprehensión y diferente sustancia comunicativa, y de ahí precisamente su naturaleza de medio nuevo”.
El deseo de renombrar el género es indicador de la creciente importancia y extraordinario nivel de autonomía artística que ha alcanzado este grupo de autores. También nos llama a echar una ojeada a sus obras.