jueves 02 abril Columnistas

Emilio Palacio epalacio@eluniverso.com

Mi candidato, el urbanismo

Casi todos los candidatos a alcaldes de Guayaquil prometen construir miles de casuchas para los pobres. Cierto es que a algunas candidatas se les vuelan los techos y a otros no, pero en el fondo todos comparten la demagogia, así que concluyo que así debe ser bajo esta dictadura del lumpenproletariado, tan generosa a la hora de repartir migajas.

Yo aspiraba a menos; me hubiera contentado con un plan urbanístico para la ciudad. Sí, ya sé que a los expertos en maquillar candidatos les suena a tontería, pero estoy convencido de que el futuro de Guayaquil se juega en que diseñemos un plan urbanístico, y que lo hagamos pronto.

Guayaquil son dos ciudades, sur y norte. Las dos carecen de servicios esenciales. En las dos hay pobreza, desempleo e inseguridad. Pero al menos el sur se benefició, de siglos atrás, con ingeniosos planificadores que fueron trazando sus calles con la idea de que existan siempre suficientes vías despejadas para el tránsito en diversos sentidos. El suburbio supo acoplarse a ese diseño intuitivo. Más complicado fue con los Guasmos, que introdujeron muchísimo desorden vial. Aun así, el sur hoy dispone de varias alternativas para ir derecho desde el estero Salado hasta la calle Julián Coronel.

El norte, en cambio, creció y sigue creciendo en completo desorden. Ciudadelas y barrios de toda condición social se bloquean unas a otras, de tal manera que solo es posible avanzar zigzagueando constantemente, incluso si uno toma las pocas avenidas que existen.

El paso entre estos dos Guayaquil tradicionalmente fue la estrecha garganta entre el cerro San Eduardo y sus hermanos menores, el Santa Ana y El Carmen. Pero hoy ese punto está al borde del colapso, semibloqueado por el cementerio, la universidad estatal, el estadio, el coliseo y un par de edificaciones más recientes.

Mejoró la situación cuando el Municipio obligó a los vehículos pesados, hace un par de años, a que utilizaran la Perimetral. Luego el Cabildo construyó dos túneles, ampliamente criticados por el arquitecto urbanista Rafael Correa Delgado. En cambio la Metrovía, que atendió otra necesidad, la del transporte público, nos cobró el precio de no facilitar el tránsito fluido.

Paralelamente, sin que nadie lo note, se está produciendo al noroeste una explosión de barrios marginales. Son cuadras y cuadras de tierra de nadie, de covachas hacinadas y pequeñas mafias. En cambio, una porción de la clase media quiere huir hacia ciudadelas alejadas que brotan en las vías a Samborondón y la Península. Nuevos problemas de circulación emergen con eso, que todavía nadie estudia, y menos aún alguien ofrece una solución.

La única respuesta de los candidatos a todo esto es revestir con cemento las covachas y ofrecerlas como “soluciones habitacionales”. Aun si tuviesen éxito, en menos de diez años todas sus “soluciones” se estarán cayendo a pedazos y hacinadas; y la ciudad se habrá dividido social y geográficamente como nunca antes.

El crecimiento de una ciudad puede ser un caballo desbocado. Ocurre sobre todo en los países del Tercer Mundo. Pero siempre hubo gente que entendió que era mejor planificar. Así hicieron en Washington, Brasilia, Barcelona o Curitiba. Hoy nadie discute que así debería ser, pero pocos quieren darse el trabajo. Es más cómodo ofrecer “casuchas”, y rinde más.

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