La novela que acabo de leer se llama Divisadero, título que, en principio, no me decía mucho, aunque lo asocié con un lugar desde el que se mira algo. Desde el cual se contemplan los acontecimientos. Y de eso se trata esta obra de Michael Ondaatje. De mirar vidas: la propia y la ajena, desde la distancia y, tal vez, desde la ilusoria o real serenidad que otorgan el tiempo y los años transcurridos.
Aunque a lo largo de las páginas se intercalan voces y personajes, el núcleo de la historia es Anna. Ella es la protagonista de esta novela de amor y separación. De hallazgos y pérdidas. De soledades físicas y emocionales. De vidas rotas.
Su madre murió al momento que la alumbró en un hospital del pueblo remoto de Estados Unidos donde vivía. En ese centro también otra mujer perdió la vida al dar a luz. Era solitaria. No tenía familia. Por ese motivo los médicos regalaron la recién nacida al padre de Anna. Así, el viudo regresó a casa con dos niñas: Anna y Claire.
Los vecinos asumieron que eran gemelas y él crió a sus hijas solo, con devoción, sin la presencia de una figura materna. La única compañía que tenían las gemelas era la de Coop, un chico cuatro o cinco años mayor que ellas, huérfano, y a quien el padre de Anna y Claire, que entonces no era viudo, acogió en su hogar.
La parte más conmovedora de la historia es cómo Anna narra la relación con su padre, un hombre de silencios, de trabajo rudo, que tal vez amaba profundamente a sus hijas, pero que no se permitía un gesto afectivo: un abrazo, un beso, porque lo creía quizá una debilidad, o porque a lo mejor no le parecía necesario. Solo en el instante en que él estaba en duermevela, ellas se le arrimaban. Percibían su olor de campo y sentían que ahí, a su lado, estaban protegidas, seguras. Ese era su paraíso. El instante de mayor cercanía y ternura.
Anna con el tiempo se convirtió en historiadora y realiza ahora una investigación sobre un escritor llamado Lucien Segura. Dejó Estados Unidos, se instaló en Francia y rompió con su familia. Adulta, evoca a su padre ya anciano, a quien no volvió a ver desde cuando ella tenía 16 años y huyó de casa. Recuerda a Claire, su gemela, a la que adora, y a Coop, el joven con el cual se asomó a un mundo que le era aún desconocido.
Su padre descubrió un día que ella y Coop eran amantes. En ese instante él casi asesina a Coop y Anna, por defender a su amado, agredió a su progenitor. El viudo, dolido, tomó a su hija adolescente y pretendió llevársela lejos, pero en el trayecto Anna escapó. Nunca más supo de ella.
La familia se desintegró. El tiempo avanzó y todos (el padre, Anna, Claire, Coop) tocados de alguna manera por este acontecimiento, continuaron con sus vidas; pero el pasado, ese instante en el que algo se quebró, nunca se fue. Aún está prendido a ellos como la cola de una cometa. Eso lo sabe con certeza sobre todo Anna, quien reconstruye la trayectoria de Lucien Segura, a la par que busca reconciliarse consigo misma, con sus recuerdos y el amor, que asocia con el dolor.
Divisadero se desplaza por diversos años, escenarios y estados emocionales. Desde Estados Unidos hasta Francia. Desde el pueblo a la ciudad. Desde la juventud a la adultez. Desde la ingenuidad hasta la pérdida de la inocencia.
Cuando tomé este libro la única referencia que tenía de Michael Ondaatje, autor nacido en Sri Lanka y radicado en Canadá, es que escribió El paciente inglés, novela en la cual se basó el premiadísimo filme del mismo nombre. Pero ese dato equivalía a nada, porque no he visto la película. Cuando suceden cosas como estas, mi hermana echa mano de un refrán: “Eso es como tener abuelita, pero muerta”. De modo que me adentré en este autor casi en cero, solo con las referencias que una chapucea luego de revisar internet.
Salgo de él pensando en los afectos familiares. En las raíces. En los modos de querer. En la figura del padre. En la ausencia materna.
¿Habrían sido distintas las existencias de Anna y Claire si hubieran tenido una madre? Pienso en el pasado que siempre nos marca. Y en la infancia y los primeros años de juventud, que aunque no lo sepamos, se agazapan en nosotros durante el resto de nuestras vidas.