viernes 27 marzo Columnistas

Fernando Balseca fbalseca59@hotmail.com

Candidatos y candidotes

En época de comicios no resulta sencillo discriminar dónde termina la persona  y dónde comienza el disfraz. A fin de cuentas, en la antigüedad latina, persona era la máscara del actor: la persona era el personaje teatral que representaba una situación para convencer y conmover a un público. En esta mismísima literalidad debe ser comprendida la promoción política: como pequeñas escenas simuladas no tanto para revelar una realidad sino, precisamente lo contrario, para enmascararla aún más. Por eso los candidatos se dejan dirigir gustosos por asesores de imagen –esos fabricantes de adornadas patrañas colectivas– para hacer pasar por buenos unos mensajes que no expresan autenticidad sino, simple y llanamente, son ofrecimientos pomposos que, fuera de la careta, serían efímeros e irrealizables.

En el año 64 antes de nuestra era el célebre orador Marco Tulio Cicerón aspiraba al consulado, la máxima autoridad civil y militar en la república romana. Su hermano menor Quinto Tulio Cicerón se convirtió en su agente electoral y de esta experiencia se conserva una epístola conocida como Breviario de campaña electoral. Debe recordarse que el sustantivo candidato deriva de la toga blanca (toga candida) que vestían los aspirantes a un cargo con el fin de ser fácilmente identificados cuando se hallaban en temporada eleccionaria. Marco Tulio debió enfrentar a otros seis competidores. ¿Qué lección nos dictó esta carta acerca de los sufragios de hace veinte siglos? La primera advertencia es la necesidad de potenciar las apariencias antes que las cualidades naturales del hombre: en política la facha es más esencial que lo genuino.

Otra recomendación, que no deja de sorprendernos por su vigencia, es que el postulante haga ostentación de contar con una gran cantidad de amigos. Los recorridos de los candidatos de hoy por parroquias, pueblos y barrios marginales por los que nunca antes han transitado son un reflejo de este añoso embuste de “ser íntimos” de los enlistados en el padrón electoral.

Afirma Quinto que la campaña también es una oportunidad para que aquellos que están en deuda con el candidato le paguen lo que le deben: las elecciones son un tiempo para cobrar algo. Vaya, los asuntos humanos no se han revolucionado mucho ni en veinte centurias. Los jóvenes y los indecisos son el objetivo del empeño propuesto por Quinto, quien, además, exige ingenio, cuidado, esfuerzo y dedicación por parte del aspirante.

El Estado ecuatoriano desperdicia millones de dólares aupando un período electoral que pretendía divulgar conceptos cívicos y educativos. Nada más lejos de esto en lo que hemos visto y oído en prensa, radio y televisión. Los candidatos (ellos y ellas) solo se han maquillado para el videoclip. Se peinan y sonríen de otra manera. Repiten frases clisé y maltratan la lengua española.

Prometen a diestro y siniestro. Están transformados con nuevos atavíos y se han puesto un antifaz. Prefieren la engañifa a negarse ante una solicitud insensata del pueblo. La difamación del rival enardece a las multitudes. El fingimiento y la simulación son la gran estrategia comicial. Quinto finaliza su prédica con la advertencia de que “el mundo está lleno de engaños, de traiciones y de perfidia”. Así los candidatos obtienen votos de nosotros, los candidotes que creemos en sus imposturas.

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