jueves 26 marzo Columnistas

Emilio Palacio epalacio@eluniverso.com

Flor del suburbio

Acabo de manejar 25 kilómetros para llegar a la parroquia San José Obrero en Flor de Bastión. A ambos lados de la “calle” (¿el camino de piedra y lodo?, ¿la zanja?) por la que vine, he visto cerros y cerros de casitas desvencijadas. Jóvenes desocupados matan el tiempo en cada esquina. Aquí y allá, los “guardianes” del pastor evangélico Balerio Estacio, con uniforme negro, recorren las calles y vigilan, asegurándose de que todos los vecinos cumplan las disposiciones de su jefe. Son la ley en este lugar de tristeza y abandono y nadie les falta el respeto porque el asambleísta de Alianza PAIS es hoy más poderoso que nunca. Ni siquiera cuando fue hombre de confianza de Jaime Nebot tuvo tanta influencia.

Me vine a meter acá solo porque quiero saber cómo va el problema del padre Colin MacInnes, un escocés que lleva tres años trabajando, comiendo y durmiendo en Flor de Bastión. El otro día envió una carta a EL UNIVERSO para denunciar que la Aduana le impide retirar un contenedor que llegó en julio pasado con ropa donada por sus compatriotas.

El padre reconoce que alguien cometió un error. La parroquia José Obrero no tiene personería jurídica, así que alguno de sus amigos anotó mal el nombre en las solicitudes. Fue suficiente, los burócratas se cruzaron de brazos. Para eso han venido al mundo, como todos saben.

El padre ha construido cinco centros infantiles en este sitio y está por concluir una clínica. Las donaciones de sus amigos escoceses son para apoyar su trabajo. Pero a los burócratas eso no los conmueve.

Subo las escaleras. El padre, que ha abierto ya la puerta y me espera, me pide que lo disculpe por no poder incorporarse de su silla de ruedas; ya no es un jovencito y últimamente lo operaron varias veces. Quiere darme la buena noticia. Una señorita lo llamó a nombre del Presidente de la República, que acababa de leer su queja en EL UNIVERSO y le ofrecía su ayuda. Casi enseguida recibió otra llamada de la Aduana en Guayaquil, que finalmente le prometió una solución.

-¿Cuál?
- Mis amigos enviarán otro papel corrigiendo el error del nombre de la parroquia.

- ¿Pero por qué no le entregan la ropa y después completan los documentos?

- Lo que ocurre es que no quiero que abran el contenedor sin estar yo presente, y para eso debo reunir todos los papeles.

- ¿Desconfía?
- No, pero a fines del 2007 me ocurrió lo mismo y casi toda la donación desapareció.
 
Me distraigo para ver una lagartija que baja por la pared de la salita donde conversamos.  La casa del padre es rústica pero acogedora, yo diría incluso bonita. Al otro lado de la calle, por la ventana, puedo ver su clínica inconclusa. Antes le ofrecieron también que el Estado ayudaría para poder inaugurarla en Navidad, pero puedo ver que faltan paredes. Es una pena, porque en Flor de Bastión hay muchísimos crímenes. La otra mañana vinieron a avisarle al padre que no saliera porque en cada esquina de su calle había un cadáver.

- ¿Y los “guardianes”? -pregunto.

El padre me mira y sonríe.

Recién entonces me doy cuenta de que acabo de hacer una pregunta imbécil.

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