Escuelas rurales del cantón buscan forma de sobrevivir

Unas están en el centro de las comunidades, otras escondidas en recintos a los que se llega por caminos lodosos y estrechos. La mayoría, con dibujos de Blanca Nieves o Pinocho, resalta en medio de bosques y casitas de caña alejadas de la carretera principal.  

Aunque son parte del cantón más poblado del país, las escuelas de las parroquias rurales de Guayaquil lucen, en algunos casos, décadas de abandono.

En Chongón, Progreso, El Morro, Posorja y Tenguel faltan maestros, mobiliario, aulas, equipos, instalaciones de seguridad y hasta juegos. Los directores hablan de necesidades  difíciles de cumplir antes del inicio de clases, el  1 de abril.

A menos de diez días de la apertura del periodo lectivo, ni siquiera la matriculación se cumple con normalidad.  En la escuela Aquiles Rodríguez, del recinto Bajada de Progreso, de la parroquia del mismo nombre, los padres esperaron en vano el martes pasado la inscripción de sus hijos. La directora Victoria Franco faltó al plantel porque había ido a rogarles a las autoridades del instituto pedagógico Leonidas García, que forma docentes, que les envíe alumnas que dicten las clases.

Acudió después de insistirle al subdirector provincial, Ángel Nieto, que le asigne profesores, y el arreglo de dos baños y la cisterna. También le pidió computadoras para los estudiantes.

“Ya tenemos cinco años sin profesores. Cada padre da 3,50 dólares mensuales para la comida de una alumna maestra”, dice Haydeé Muñoz, representante de una niña de 5º año básico. El año pasado los libros y uniformes llegaron en noviembre, “y esto debido a la gestión del presidente de la Junta Parroquial, Luis Loor”, cuenta Mariana Quimí, madre.

En la escuela  Isaac Cabezas Villalba, en el recinto Consuelo de la parroquia Chongón, un aula se cae a pedazos. Algunos restos de techo cubren las bancas y hasta la maleza crece cerca del pizarrón. Ahí hay cinco salones y se necesitan dos más para los 135 matriculados. Mario Martínez enseña en el mismo espacio a 6º y 7º año.

“Desde hace tres años informamos las necesidades, pero no hay acogida”, expresa el docente, mientras la directora Lidia Mite reclama obras como el cerramiento de los linderos.

En El Morro, otra parroquia rural de Guayaquil, el déficit de docentes es mayor. Por ejemplo, la escuela Rosendo Vega de la Torre tiene seis maestros, tres titulares  y tres contratados, como Francisco Lindao,  a quien una camaronera del sector le paga $ 160 de sueldo.

“Desde el 2005 he participado en los concursos docentes, pero todavía no logro un cupo”, señala Lindao, un educador con parálisis en la pierna derecha que se moviliza con muletas para llegar a la escuela, a unas tres cuadras de su vivienda, donde  funciona una sede del movimiento PAIS, “para ver si así le dan su nombramiento”.

Además de docentes, a la escuela de Lindao le faltan 50 pupitres, mobiliario educativo que constituye otro déficit en las escuelas rurales porteñas.

En la Víctor Tomalá, de la parroquia Posorja, son los mismos padres quienes elaboran los pupitres para sus hijos. Cada mueble tiene el correspondiente nombre del alumno: Marcia, Johanna, Xavier, o las iniciales de sus nombres y apellidos se observan en ellos.

En Tenguel, a menos de dos horas de Guayaquil, dos de las tres escuelas principales tienen problemas para iniciar las clases el próximo 1 de abril. Una de ellas, la Saraguro, fue parte de los programas de mejoramiento que realizó la Dirección Nacional de Servicios Educativos (Dinse), pero la obra se encuentra inconclusa. Hace tres semanas la contratista abandonó los trabajos sin dar razones, dice la directora, Victoria Romero Aguilar.

“Vinieron dizque a remodelar, pero hicieron un trabajo completamente negativo”, afirma Romero al referirse al deterioro que tienen las cerámicas en menos de un año de entregada la obra. Un complejo de cinco aulas aún no tiene puertas, piso o rejas.

Algo parecido vive la escuela María Montesori, en esa parroquia. El director, Luis Avilés, se queja por el abandono de tres semanas de la Dinse. “Para este poquito que han hecho tienen más de seis meses y dos semanas sin aparecer”, reclama.

La Dinse remodeló la fachada del plantel, que tiene 380 alumnos, pero Avilés cree que se necesita más que eso: la construcción de tres aulas, 150 pupitres individuales, tres docentes más y un salón de actos.

“He rechazado cualquier cantidad de alumnos porque nos falta infraestructura. El 1 de abril no estaremos en óptimas condiciones para empezar las clases”, advierte Avilés.

En Chongón, en cambio, la escuela Nueva Esperanza recibe ayuda de la empresa privada. La cementera Holcim les construye nuevos baños con seis baterías sanitarias. “Calmosa nos hizo el 1er y 2do básico y El Sabor nos hizo el cerramiento”, manifiesta la directora Herla Tumbaco.