Que los humanos fueran siempre una especie inmutable y favorecida, fue algo que el naturalista Charles Darwin (1809-1882) cuestionó, y contradiciendo las ideas de naturalistas anteriores a él –como la de Rafinesque– asegura que todo ser viviente en esta tierra encuentra su origen en otras especies antecedentes. Y en nuestro caso, digámoslo así: gracias a Darwin fuimos de repente parientes de los monos.
“Y si Darwin tiene razón” –expresa Thomas Junker, autor del popular ensayo investigativo El código de Darwin– “entonces debería existir también para la destreza artística y el interés por el arte, una explicación evolucionista”.
No significa que para el siglo XIX el arte se haya dedicado a predicar ciencias naturales, pero fueron muchos los artistas los que tomaron como un deber, divulgar, cuestionar y hasta deformar –con fantasías propias– el darwinismo, y así encontrar un origen, quizás uno nuevo, para la historia del arte.
El hombre primitivo
Competencia, pugna y la supervivencia de los más fuertes son aspectos centrales en Sobre el origen de las especies. Estos condicionarían la “seleccion natural”, con la que Darwin sugiere la ausencia de un orden superior (llámeselo “divino”) y la de un orden armónico descrito por Alexander von Humboldt.
La obra de Leon-Maxime Faivre, Deux Meres (Dos madres), de 1888, representa en un primer plano a una corpulenta mujer que protege a sus dos pequeños hijos de una pantera escondida en las sombras del fondo, la que seguramente busca una presa para alimentar sus crías.
Faivre hace una clara interpretación de la lucha de las especies por sobrevivir entre ellas, y a su vez, contextualiza a las figuras con cuerpos musculosos pero estilizados, tanto como el de los niños como el de la mujer, quien tambien lleva recogido el cabello, como cualquier dama correcta al pasear por las calles.
El dilema de identidad y autenticidad del hombre ya no estaría disponible en el pasado; luego de Darwin, las calurosas discusiones sobre el origen humano ocasionarían un pensamiento trágico como el de Schopenhauer, seguido por Nietzche, quien aboca al hombre como aquel condenado que se atreve a soportar la verdad de vivir sin un Dios, amparándose en la belleza.
Conociendo ya la obra de Darwin, sería entonces difícil seguir con los ideales que movieron a los griegos y a sus herederos los humanistas en el Renacimiento italiano, a los devotos de un medioevo cristiano o a los rebeldes de la ilustración. En el siglo XIX, los que tomaron en cuenta la longitud de la historia entendieron que el arte existe solo en función de las posibilidades y necesidades de un determinado momento (sea una década, medio siglo o siglo entero).
El pintor alemán Gabriel C. von Max (1840-1915), se toma muy en serio el parentesco sugerido por el naturalista, que toma a los monos para protagonizar sus obras. En Los jueces del arte, Von Max presenta a un grupo de primates de diferentes características, sentados en una caja de carga de madera. La mayoría de ellos miran fascinados un cuadro, el cual nosotros no vemos, sino que deducimos gracias al marco dorado que lo rodea, prominente hacia un lado.
En el centro, nos mira un único primate con aires de prepotencia, como si no supiéramos de qué se trata. Por sus expresiones tan humanas, vemos que no se trata de los monos, sino de los funcionarios llamados “jueces”, representados de manera irónica y peluda.
De lo orgánico en el arte
La producción y distribución de arte en diversos salones de exposición, principalmente en París y Berlín de la época, serían encargadas a “críticos” entendidos que influirían en posteriores corrientes artísticas. Desde el impresionismo, el expresionismo, hasta la total abstracción (como la de Kandisnky, Max Ernst, Paul Klee o Miró), los artistas trabajaban fascinados por las múltiples relaciónes entre la naturaleza y el arte.
La simplificación formal de las figuras en el trabajo de Vasíli Kandinsky, resumió todos los cuerpos que impregnan la tradición pictórica a células primarias. Esta metáfora visual de la reproducción y concepción biológica significó para el artista un puesto como genio moderno, por crear un reemplazo para el objeto y la representación, a partir de entonces carente de valor. Si tomamos en cuenta el efecto Darwin en el arte de las primeras décadas del siglo XX, la producción de formas “nuevas” e irrepetibles, se debería a la emancipación del artista de un orden común para encontrar un renovado sentido a su oficio.
Biología de la creatividad
Esto, sin embargo, no es una inquietud única de los vanguardistas. Gabriel von Max reconstruye un par de años luego de la muerte de Darwin, una amalgama entre la curiosidad de los cientificos y la melancolía del artista con su obra El anatomista.
En su lúgubre despacho, entre sus escritos y un cráneo antropoide sobre la mesa, observa con nostalgia el cuerpo inerte de una jovencita de piel tan blanca como la tela que descubre sus cabellos de medusa y un pecho que alumbra la escena. El anatomista, en su nostálgica postura, comprime una atracción hacia el cuerpo de ninfa que desataría una locura incontrolable, tratando de mantener la solemnidad que la razón le alcanza a brindar en el momento de cometer su trabajo.
Mitos y cuentos están infestados de figuras como los faunos o las sirenas, mitad humanas mitad animales. Ambos son ejemplares personajes de la paradójica relación del mundo salvaje y el civilizado; son criaturas que dominan la música, la belleza, los secretos del erotismo; son sin embargo, presas de su propia condición, incapaces de vivir si no es en las tormentosas aguas del mar o espesos bosques.
Los mitos griegos se mordernizan con la teoría de Darwin para representar, no al hombre superior a todo, sino más bien al mismo como parte de la extensa selva. Arnold Blöcklin pinta en 1873 a Tritón y Nereida, a ninfas y faunos jugando entre las olas, una pareja de sirenos con dos niños en un idilio marino; fantasías que posteriores ciencias como la psicología y antropología se encargarían de trabajar. Hasta hoy, sin embargo, Darwin ha dejado en deuda una pregunta: ¿es la evolución verdaderamente sinónimo de avance y desarrollo o es que nuestra humanidad se está extinguiendo?