CAMDEN, Indiana, EE. UU. |
El difunto Tom Anderson, médico familiar en este pequeño poblado agrícola en el noroeste de Indiana, se mostró intrigado al principio, y después estaba aterrado.
Empezó a ver sarpullidos extraños en sus pacientes, desde hace ya más de un año. Comenzaron como pequeñas protuberancias –barritos del demonio, dijo él– y rápidamente se convirtieron en lesiones del tamaño de platos, de tono rojo encendido, al tiempo que el dolor al tacto era una agonía.
Podían estar en cualquier parte, pero eran más comunes en la cara, axilas, rodillas y nalgas. Anderson tomó cultivos y los envió a un laboratorio para ser analizados, el cual informó más tarde que se trataba de MRSA (por sus siglas en inglés), o infecciones por estafilococos resistentes a los antibióticos.
El MRSA (estafilococo aureus resistente a la meticilina) a veces suscita aterradores titulares en diarios como un “superbicho” o una “bacteria carnívora”. La variedad más conocida se encuentra en hospitales, donde se ha visto de manera regular desde los años noventa, pero algunas variedades diferentes también se han transmitido entre atletas bachilleres y universitarios en últimas fechas. Los Centros Federales para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos informaron que para el 2005, el MRSA estaba matando a más de 18.000 estadounidenses cada año, lo cual equivale a más que los fallecimientos por sida.
Al principio, Anderson no podía entender por qué estaba viendo paciente tras paciente con MRSA en un pueblito de Indiana. Y entonces, empezó a preguntarse qué ocurría con todas las granjas de cerdos en las afueras del pueblo. ¿Podría ser que los cerdos estuvieran incubando y propagando la enfermedad?
“A Tom realmente le preocupaba lo que estaba viendo”, recuerda su viuda, Cindi Anderson. “Tom dijo sentir que el MRSA estaba en niveles fenomenales”.
Para el otoño pasado, Anderson ya estaba listo para convertirse en un soplón, y accedió a darme la bienvenida en una visita como reportero para que él expresara sus sospechas oficialmente. Esa fue una acción audaz, ya que cualquier insinuación en el sentido que la industria porcícola le hace daño a la salud pública seguramente indignaría a muchos vecinos.
Así que hice planes para venir a este lugar y visitar a Anderson en su consultorio. Y entonces, en verdad repentinamente, Anderson murió; tenía 54 años.
No hubo autopsia, pero una prueba de sangre dejó entrever un paro cardiaco o una aneurisma. El mismo Anderson había sufrido tres episodios de MRSA, al tiempo que una publicación holandesa vinculó el MRSA que portan gansos con una peligrosa inflamación cardiaca en seres humanos.
El mayor interrogante radica en saber si nosotros, como nación, hemos avanzado a un modelo de agricultura que produce tocino barato pero pone en riesgo la salud de todo el pueblo. Y la evidencia, si bien está lejos de ser concluyente, está creciendo en el sentido que la respuesta es afirmativa.
Unas cuantas notas de cautela: las incertidumbres son enormes, en parte debido a que nuestro sistema de vigilancia está en un estado deplorable (los casos aquí, en Camden, nunca fueron reportados a las autoridades de salud). La amplia mayoría del puerco es seguro (para el consumo humano), y no existe un solo caso demostrado de transmisión de MRSA por haber comido cerdo. Yo seguiré dándoles emparedados de tocino, lechuga y jitomate a mis hijos, pero me tallaré cuidadosamente las manos después de haber manipulado cerdo crudo.
Además, permítanme dejar muy en claro que no estoy en contra de los porcicultores. Yo crecí en una granja en las afueras de Yamhill, en Oregón, y fui oficial estatal de los Futuros Agricultores de Estados Unidos; criamos cerdos por cierto tiempo, incluso una hembra de nombre Brunilda, la cual tenía una personalidad tan fuerte que la recuerdo mejor que algunas de las jóvenes con quienes salí en la preparatoria.
Una de las primeras indicaciones de que los cerdos podrían infectar a la gente con la bacteria MRSA se dio en Países Bajos en el 2004, cuando una joven mujer dio positivo en una nueva variedad de MRSA, conocida como ST398. La familia de la joven vivía en una granja, así que las autoridades públicas intervinieron. Encontraron que tres integrantes de la familia, tres trabajadores y ocho de diez cerdos sometidos a pruebas eran portadores de la bacteria MRSA.
Desde ese día, esa variedad de MRSA se ha extendido rápidamente a lo largo de Holanda, particularmente en áreas de producción porcícola. Un pequeño estudio holandés encontró que los porcicultores enfrentaban probabilidades 760 veces mayores que la población general de ser portadores de la bacteria MRSA (sin mostrar necesariamente síntomas), al tiempo que Scientific American informa que esta variedad de MRSA ha aparecido en el 12% de las muestras de cerdo vendido al menudeo en Holanda.
Ahora, esta misma variedad de MRSA también se ha encontrado en Estados Unidos. Un nuevo estudio por parte de Tara Smith, epidemióloga en la Universidad de Iowa, encontró que el 45% de los porcicultores que presentaron muestras eran portadores del MRSA, al igual que el 49% de los cerdos que ella sometió a pruebas.
El estudio fue pequeño, y aún hace falta mucha más investigación. Pero, de cualquier forma, esto pudiera arrojar luz sobre un marcado aumento en casos de sarpullido en lo que ahora es el consultorio médico vacío aquí en Camden. Linda Barnard, la asistente de Anderson, piensa que quizá el 10% de la población del pueblo, de poco más de 500, acudió a que la atendieran contra el MRSA. De hecho, durante mi visita, la hija de Anderson, Lily, de 13 años, me mostró un sarpullido de MRSA que inflamaba su rodilla.
“La he tenido muchas veces”, comentó.
¿Entonces, qué está pasando aquí y de dónde vinieron estas infecciones resistentes a los antibióticos? Probablemente del uso rutinario –entiéndase, el insano uso excesivo– de antibióticos en alimento del ganado. Estamos hablando de un sistema que pudiera haber contribuido a la creación de virulentos “superbichos” que presenten una amenaza de salud pública para todos nosotros.
© The New York Times News Service