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Edición del DOMINGO 15 de Marzo del 2009 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Réquiem de ‘Harry el Sucio’
El viejo Clint retoma las armas
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Pesadillas urbanas: Clint Eastwood, protagonista-director de Gran Torino, y sus vecinos.
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Carlos A. Ycaza | cicaza@eluniverso.com

Fantasmagórica sombra de tiempos idos del cine norteamericano, el protagonista-director de Gran Torino recarga baterías para un tiroteo final.

Pocas figuras son tan trágicas como las de Clint Eastwood en su más reciente película. Cerca de sus ochenta años, él es Walt, un veterano de la guerra de Corea que acaba de perder a su esposa y en la soledad de su terraza solo lo acompañan su perra y la bandera de su país.

Adentro están algunos souvenirs de esa época traumática, incluyendo el rifle y su clásica Magnum 44. Sabemos que serán activados porque el viejo sobrevive en un suburbio decrépito inundado por vecinos asiáticos, mexicanos y negros. A Walt (de Disney no tiene nada, pero sí de Harry el Sucio) solo le queda emitir gruñidos balbucientes  –literalmente– en ese turbio escenario.

Estamos en los mismos terrenos de muchas de sus películas anteriores, donde Clint asumía las armas con la misma devoción de legendarios westerns, donde John Wayne reparaba entuertos, defendía a los blancos de los pieles rojas y se convertía en el ícono de un género cinematográfico directamente vinculado a la cultura de su país, que después se exportaba hasta   las islas Fiji, sin olvidar las banana republics.

Gran Torino restaura una mirada que ahora luce agobiada, vetusta, exhausta. El mundo de este director-actor parece no haber avanzado mucho, porque en la visión de Eastwood los males de siempre resucitan en cada esquina, ahora a ritmo de rap, con pandilleros de todos los colores.

El Ford Gran Torino, que reposa en el garaje de Walt, es el trofeo codiciado por un grupo de delincuentes coreanos que atemorizan el vecindario en carros camuflados. Ellos persiguen también a Thao (Bee Vang), tímido adolescente que se refunde en un planeta particular para olvidar sus inadecuaciones. Su familia vive al lado de Walt, y su hermana Sue (Ahney Her) va acercándose al viejo vecino poco a poco, porque Walt no tiene ninguna simpatía para sus propios hijos ausentes y sus familias.

Gran Torino es la historia de esa integración, que si bien es obvia por la proximidad de todos, es tratada líricamente por Eastwood-director, que no vacila en sumergirnos en un espeso melodrama, donde lo único que se evita es la mórbida violencia que caracterizó otras de sus películas, a pesar de que  sí vemos los tiroteos de rigor.

Clint todavía tiene sus seguidores. Yo me desvinculé del tren después de su clásico Por un puñado de dólares y sus secuelas, con su inolvidable Hombre sin nombre. Allí el director de esos espaguetis westerns era Sergio Leone y los filmes eran ejercicios estilísticos que después fueron adoptados por Hollywood para restaurar un género que agonizaba. Cuando Clint regresó a su alma máter hollywoodense en Los Ángeles, su espíritu de “afuereño” buscó las historias donde él se mantenía como el héroe taciturno y solitario, obligado a tomarse la ley por circunstancias siempre justificadas.

Ahora llega al final del túnel en Gran Torino. La película posee la marca del director de principio a fin, especialmente por la actuación de este Harry el Sucio en su tercera edad.

Lo grotesco de su caracterización también da paso a un humor forzado y cansón, donde siempre sabemos que Walt nos dará una predecible lección de valentía y fortaleza ante los villanos. El fatídico desenfoque de Eastwood es que los verdaderos malos ahora están por otro lado y su país entró a la crisis actual por otras fuerzas internas. Gran Torino es su propio réquiem.


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