Las gaviotas parecen alborotarse dentro de los tonos rojizos de un amanecer brillante que asalta el balcón de la habitación 203 del hotel Sol y Mar, en la bahía Pelícano, en Puerto Ayora. La población principal de Santa Cruz, sembrada en la costa sudeste de la isla, se despierta cada día con este singular espectáculo que no se presenta en las playas del Ecuador continental. ¿Por qué? La costa continental del país apunta hacia el oeste, donde el sol se oculta, lo cual diariamente nos permite contemplar el astro rey esconderse en el océano en los más pintorescos ocasos “acuáticos”. Pero solo desde Galápagos resulta posible verlo asomar desde el mar llenando de colores rojizos el amanecer.
Galápagos es océano, sol y naturaleza extraordinaria. Pero pocos conocen que también posee un escenario montañoso muy atractivo para los turistas que, al penetrar allí, se enteran del profundo significado que esta zona tiene en el desarrollo del Archipiélago.
Con los noruegos
Los tours de un día en la “parte alta”, según los locales llaman a esa zona, comienzan desde Puerto Ayora hacia los escenarios en el sector de Media Luna, a unos 40 minutos en vehículo, donde este mirador natural permite al viajero disfrutar de una fantástica vista de Santa Cruz y sus alrededores.
Este es el punto de partida hacia una caminata que puede durar tres o cuatro horas a los cerros Crocker y El Puntado, las elevaciones más altas de la isla, donde la experiencia puede durar un día si el viajero está dispuesto a aventurarse por los senderos que conectan los diversos picos que se asoman.
Contemplar el lejano océano desde tales alturas resultaba común para los antiguos pobladores de Santa Cruz, isla que atrajo a sus primeros colonos no por sus recursos costeros, sino por su potencial agrícola. Así lo aprendimos en la segunda visita del recorrido, en una casa-museo llamada la Hacienda de los Noruegos.
Esta fue la casa de Thorvald Kastdalen, inmigrante noruego nativo del pueblo de Rjukan, quien llegó a la isla el 12 de agosto de 1935 para convertirse en agricultor. Así nos lo cuenta su nieto Thorvaldo Kastdalen (39 años), quien nos recibe en esta antigua vivienda: “Era una época de depresión. Mi abuelo era carpintero y no encontraba trabajo. Al enterarse de que unos compatriotas viajarían a Galápagos a radicarse, él también se decidió a venir junto con mi abuela (Martha María), mi papá (Alf, quien era un niño) y una amiga de la familia (Amanda Emilia Kristoferson)”.
En esos tiempos, la isla estaba habitada por unas 30 personas radicadas en este sector montañoso, porque era el más adecuado para conseguir alimentos a través de la agricultura y agua dulce debido a las lluvias que mayormente caen en esta zona. Nadie habría pensado irse a vivir cerca de la playa en esos tiempos de desarrollo campesino, indica Thorvaldo, cuya madre es ambateña, y agrega que la mejor época para los agricultores de la zona fue cuando Estados Unidos montó una base en Baltra durante la II Guerra Mundial (1939-1945). “Ellos compraban toda la producción de naranjas, guineos, coles, papas, lechugas, yuca… en fin, todo lo que se sembraba”, agrega este descendiente de noruegos que ahora está dedicado a la ganadería y la agricultura.
Puro de caña
Santa Cruz ha sido poblada por la decisión de los migrantes de encontrar un hogar en las islas. Adriano Cabrera (68 años) llegó de la provincia del Cañar hace 35 años. “Trabajé dos años como jornalero y con mis ahorros pude comprar mi terreno de 35 hectáreas a 3.600 sucres”, señala este ecuatoriano que atiende a los viajeros en su finca de café y caña de azúcar, tercera parada de este recorrido.
Hace dos años una empresa turística lo convenció de que reciba a los visitantes en su propiedad para enseñarles el carácter agrícola de la zona. “A ellos les muestro el proceso del café. Los llevo por los sembríos para que vean las plantas, para luego mostrarles cómo se procesa el grano y se muele. También los llevo a coger caña de azúcar, molerla en el trapiche, hacer fermentar el jugo de la caña para luego obtener el alcohol”, expresa este cañarejo mientras pone a funcionar la caldera que vaporiza el jugo de caña fermentado, para luego condensarlo y convertirlo en alcohol de 65 grados.
Un trago de puro de caña suele ser la despedida de los viajeros que luego se dirigen a algún restaurante de la zona. Aquelarre, el restaurante más visitado, es manejado por la lojana Ruth Herrera y su esposo, el chileno Osvaldo Donoso, quienes llevan 22 años viviendo en Santa Cruz. “Queríamos vivir en un sitio tranquilo y lleno de naturaleza. Llegamos acá por recomendación de un amigo y nos encantó”, dice esta chef que preside el gremio de esos profesionales en la isla, que ganaron premios en la Copa Culinaria de las Américas el año anterior.
Ruth y sus especialidades ayudan a los turistas a recuperar fuerzas para luego seguir en la ruta montañosa, que posteriormente los lleva al sector de los túneles de lava, un paisaje subterráneo al parecer sacado de las aventuras del Señor de los Anillos, o la zona de El Chato, donde las tortugas gigantes viven en estado silvestre.
Todos esos atractivos son parte de las experiencias en el Galápagos montañoso, que bien pueden terminar a las 18:30 para regresar a tiempo a la playa y así cerrar la tarde contemplando el rojizo ocaso en la zona costera de la isla.
Informes: hoteles Sol y Mar (05) 252-7015, Royal Palm 252-7409; operadoras Academy Bay 252-4164, Ninfa Tour 252-7512, Galápagos Voyage 256-6833.