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Edición del DOMINGO 15 de Marzo del 2009 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Texto: Gabriela Jiménez

Para ser un maestro de vanguardia se necesita también ser titiritero, cantante, teatrero, creativo y sobre todo ágil y dinámico.


Pupilas enfocadas en el tumbado, en la puerta, en el compañero de al lado o en cualquier otro sitio del aula de clases, pero menos en el pizarrón. Niños, niñas o adolescentes que no pueden permanecer más de veinte minutos realizando la misma actividad, aquellos que no pueden quedarse quietos o que no quieren moverse por nada ni por nadie son el reto diario de los profesores escolares.

A estos menores se los suele denominar hiperactivos o ADD, siglas en inglés de Trastorno de Déficit de Atención, y que en ocasiones se unen para formar el llamado Trastorno de Hiperactividad de Déficit de Atención. Entonces, ¿cómo se consigue que ellos se queden quietos en sus sillas con la mirada atenta al profesor?

Como dirían algunas abuelitas estrictas: “En mis tiempos eso ni siquiera existía y no había excusas para travesuras”. No todos los niños inquietos tienen en realidad estos trastornos, muchas veces es cuestión de colocar límites y estar  conectados con una realidad que avanza más de prisa.

Gina Portaluppi, psicopedagoga y directora de Crese (Centro de Recursos y Servicios Educativos), expresa que es cierto que los niños están sobreestimulados a nivel  sensorial por su exposición continua y constante a juegos electrónicos, pero que también están ansiosos por tener mayor contacto personal y atención, pues el ritmo de vida acelerado de la mayoría de padres y madres da como resultado infantes faltos de relaciones sociales.

“Se debe entender que la labor del maestro no es trasmitir, porque los niños no son un depósito. Hay  que tener claro que el conocimiento solo se da cuando se entiende algo y los maestros tienen que interactuar con los niños, ayudarlos a construir conceptos y despertar su interés para lograrlo”, opina esta directora que también atiende a niños con necesidades educativas especiales.

“A los pequeños hay que colocarles reglas. A veces llegan aquí y se sorprenden cuando la profesora les dice que no pueden salir de clases a cada momento o que no deben pararse en las mesas ni comer dentro del aula. Porque la casa es tierra de nadie y entonces la escuela se convierte en un lugar horrible  porque no pueden hacer lo que ellos quieren. Ahí entra el maestro que debe ganarse su confianza y explicarle que están en ese lugar para aprender y hacer amigos,  dos funciones básicas en la educación escolar”, añade Portaluppi.

Raquel Ordóñez,  maestra parvularia de la institución,  cuenta desde su experiencia diaria con niños menores de 4 años que lo fundamental es crear un vínculo afectivo con el estudiante y realizar muchas actividades de periodos cortos para que no se aburran. “Los niños pequeños o con déficit de atención se fastidian con más facilidad que un estudiante regular. Se debe, primero que todo, captar su atención con canciones, bailes, títeres, para motivarlos y entretenerlos, todo por conseguir que terminen, así aprenderán que las tareas no se pueden dejar incompletas ni mal hechas”.

Cuestión de ingenio
Malena Bonilla de Crespo, directora de la Unidad Básica Educativa de Fasinarm y catedrática de la Universidad Casa Grande, explica que mantener la atención de los estudiantes es un reto en todos los niveles educativos, pues no todos aprenden de la misma manera ni al mismo ritmo.

Sus más de 20 años de experiencia, primero como profesora y luego como directora, le permiten expresar que en el país la principal causa de déficit  de atención es porque  los profesores creen que los niños solo son cabeza  y olvidan el  cuerpo. “La relación adecuada debe ser:  mientras menos edad, más cortos los tiempos de acción frente al mismo estímulo”, aconseja.

Ella afirma que el maestro que se para firme al lado del pizarrón y dicta la clase con el mismo tono de voz todo el tiempo y   no se mueve de su sitio, no conseguirá la atención de los estudiantes por interesantes que sean los conceptos que intenta impartir.

Ana María Vargas, del Centro Cultural del mismo nombre, coincide con la idea. “Los niños menores de cinco años deben variar de actividad cada 15 minutos para que mantengan el interés”, asegura. Ella dirige cursos de artes plásticas y aunque tiene a su favor que los pequeños se acercan con mayor predisposición  su labor es mantener el entusiasmo con el que  llegan.

“Los niños siempre van a ser inquietos, el profesor tiene que gesticular, ser muy expresivo y corregir las equivocaciones con cariño y paciencia”, dice Vargas.

Para la directora de la Unidad Básica Educativa de Fasinarm, lo primordial es conocer al menor; primero al niño y después al alumno, pues al saber sus gustos, molestias, su relación familiar, sus inquietudes, tendrá más elementos para educarlo.

Así como para brindarles apoyos específicos a cada uno.  Por ejemplo, si  confunden la izquierda de la derecha, se puede colocar en el borde de la página un color o marca  que les avise que ese es el lado derecho hasta que ellos lo reconozcan solos.

Como el aprendizaje no es igual en todas las personas, la maestra o maestro puede realizar varios grupos de ejercicio sobre el mismo tema. Unos pueden dibujar, otros escribir, crear una canción o dramatizarlo, el éxito está en hacer que apliquen los conocimientos.

Los materiales de diferentes texturas, colores y juegos didácticos también ayudan. Así como la inclusión de la narrativa dentro del aula.

Los profesionales coinciden en que el transformarse en el centro de atención por varias horas no es sencillo, pero que con amor, con mucha observación y planificación se lo consigue.


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