A mi juicio, la peor parte de las calamitosas situaciones que vivimos y de la recesión económica en que estamos entrando no son los problemas que nos acarrearán, sino la negatividad y el fatalismo con que estamos asumiéndolos.
El panorama que nos están presentando los medios, si bien es una realidad, no es la única realidad. Vivir alarmados por todas las desgracias que enfrenta nuestro país y por las penurias que afectan a nuestros semejantes no sólo es agobiante para nosotros sino terrible para nuestros hijos, quienes crecerán llenos de angustia temiéndole al negro futuro que les espera.
Desde luego que no se trata de mirar la vida con lentes color de rosa para presentarles una falsa realidad, pero sí de ver los malos tiempos como lo que son: experiencias que al igual que los buenos tiempos también pasarán, y de los que podemos sacar buen provecho.
Nuestra familia puede ser la primera beneficiada por las limitaciones que nos imponen las circunstancias adversas. Como gracias a la recesión ya no podemos seguir embelezados con miles de trivialidades, planes y actividades, es el momento para dedicarnos a gozar de las cosas simples y valiosas de la vida.
Pasar los domingos en casa conversando, cocinando, o jugando en familia; reunirnos a organizar las fotos de los eventos inolvidables, a degustar alegrías pasadas y a compartir sueños para el futuro, pueden ser una forma exquisita de disfrutar un día de descanso que nos deje valiosos recuerdos e implique pocos gastos.
Si evaluamos la vida en términos de lo que nos falta y no de lo que tenemos, nuestra existencia estará gobernada por el terror a lo que nos puede ocurrir en lugar de por lo que podemos hacer para que nuestro pesimismo no de lugar a una “recesión afectiva” en nuestra familia.
Podemos convertir estos momentos en una oportunidad para acrecentar los temores de nuestros hijos a base de lamentarnos por las calamidades que viviremos o podemos hacerles ver la importancia de prepararse para ayudar a remediar las de aquellos que son menos favorecidos.
Nuestro destino no depende de lo que nos ocurra, sino de las actitudes que asumamos frente lo que nos sucede. Y será nuestra la que hará que nuestros hijos se llenen de desesperanza ante a las dificultades y se den por vencidos antes de iniciar la lucha, o que comprendan que las nubes son pasajeras y que detrás de éstas siempre brillará el sol.
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