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Edición del DOMINGO 15 de Marzo del 2009 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Los avatares de Emilia Dupuy
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Tomás Eloy Martínez
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Clara Medina | claramedina5@gmail.com

No dejo de pensar en Emilia Dupuy. Es una mujer madura, de 60 años, y mi imaginación la construye como Julie Andrews. Pero Emilia no es actriz ni cantante.

Es cartógrafa. Y lo que me conmueve de ella no es su brillante carrera, ni sus éxitos, porque no va por ahí su vida, sino sus convicciones. La mitad de su existencia se la ha pasado buscando a su marido, que desapareció hace 30 años.

Emilia es argentina y no tiene hijos. Se casó con  un cartógrafo llamado Simón Cardoso. Un día, él fue detenido y nunca más apareció. Le dijeron que lo torturaron y asesinaron, por rojo, en la época de la dictadura. Ella no encontró su cadáver, por eso nunca lo creyó. O prefirió no creerlo. No volvió a casarse. Ni siquiera a enamorarse, porque eso equivalía, según ella, a traicionarlo. Y llegó a la madurez en soledad, lejos de su país, del que se marchó. Lejos de su mamá, a quien cuidó devotamente  cuando enfermó y luego tuvo que enterrar sin la compañía de nadie. Lejos, y eso sí por voluntad propia, de un padre poderoso y cínico.

A Emilia la conocí en las páginas de un libro. Un lugar en el que con frecuencia se dan esos encuentros maravillosos. Allí donde nacen esas admiraciones perdurables. La noche que supe de su existencia, ya vivía en Estados Unidos y se ganaba la vida dibujando mapas. Había entrado a un restaurante y allí, en ese lugar inesperado, halló a su marido, que conversaba animadamente con un grupo de personas.

Treinta años  buscándolo en cárceles y hospitales de Argentina, o por los países donde a veces le decían que lo habían visto, de pronto se esfumaron. Simón estaba allí y llevaba la misma ropa con la que desapareció: los pantalones pata de elefante tipo John Travolta en Fiebre del sábado por la noche; el peinado y la figura de entonces. Era como si el tiempo se hubiera  congelado para él. Ella, en cambio, era ya casi una mujer de la tercera edad. Para Emilia fue una conmoción. Para Simón, lo más natural del mundo, como si solo se hubieran separado un par de horas. Se marcharon juntos y esa noche se amaron intensamente.

Más tarde me enteré de la existencia de un escritor, que, como Emilia, era argentino y vivió la dictadura. Residía en Estados Unidos   y escribía una novela, en la que contaba esa delirante etapa de la historia de su país, donde todo desaparecía como por arte de magia, o donde todo se inventaba y esas invenciones constituían la  verdad inapelable. Emilia era la protagonista de su obra. Era un personaje de papel que podía, por tanto, reencontrarse con ese marido que desapareció, y recuperarlo como hace 30 años, en ese instante glorioso y fugaz que es la juventud.

Lo que yo leía era una novela dentro de una novela, una obra hecha de fragmentos, de retazos. Me alegró la estructura de esta pieza, pero me entristeció que la Emilia a la que le había tomado cariño no fuera real en ese mundo irreal que es la literatura, sino una invención de un autor, que a la vez era inventado por otro autor, este sí verdadero, que se llama Tomás Eloy Martínez y también es argentino.

Pero tal vez eso que me apenaba era lo más interesante: la capacidad de  Martínez de crear un mundo donde caben pasado y presente, verdades y mentiras, realidades y ficciones. Personajes inventados que conviven con  personas que existieron.

En esta obra, por ejemplo, Emilia toma por confusión una capa de la reina Sofía de España, con quien  coincide en una fiesta en Buenos Aires, y ese pequeño equívoco casi provoca una catástrofe diplomática. Y su padre, un hombre millonario cercano a la dictadura, que lo manipula  y controla   todo, conversa con Orson Welles para que filme un documental en el que muestre la cara feliz y próspera de esta Argentina setentera y ochentera, donde ya no caben más muertos y desaparecidos y que se ufana de su Mundial de Fútbol o que se desborda en su faceta patriotera frente a las Malvinas, mientras lo demás se derrumba.

La novela que leo es un delirio y se llama Purgatorio, como ese lugar de limpieza y expiación concebido por la religión. La que escribe el autor dentro de esta novela no tiene título. Nunca lo dice. Pero si el purgatorio está en algún lado, quizá sea en esta trama que se expone  en la obra. Al personaje escritor me lo imagino igual que al propio Martínez. Es una especie de álter ego. Y a Emilia, la Julie Andrews, la  evoco como la mujer que supo conservar, para siempre, en su memoria, esa etapa feliz de su existencia con Simón, al que ni la tortura, ni la muerte, le quitaron la vida. Es como si ella se hubiera fugado de sí misma hacia el pasado. Encarna a todos los seres humanos que han vivido el horror de las dictaduras.

Ahora Emilia escucha el piano de Keith Jarrett, mientras continúa dibujando unos mapas. Yo cierro mi libro y me quedo con su recuerdo. Ella sigue cobijada por  su soledad. Aunque quizá, me digo, nadie esté solo mientras alguien lo piense.


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